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22 de noviembre de 2015

Tópicos, desarraigo y libertad

Cuando me vine a estudiar a Madrid, hace poco menos de año y medio, lo cierto es que yo no tenía mucha idea acerca del conflicto catalán. Entendía lo que era y conocía las dos posturas, porque me había tocado vivirlas muy de cerca. Crecí en una zona muy particular dentro de lo que es el territorio valenciano, que de algún modo sobrevivió al yugo anticatalanista y a la destrucción de los valores culturales que han supuesto 20 años de gobierno popular en mi comunidad. He conocido a gente que ha defendido esto de la independencia desde mucho antes de que Mas se envolviera con la estelada y también he conocido a aquellos colmados del odio –más bien fobia– a lo catalán y a todo lo que se le pareciera. Yo me mantenía un poco al margen de este debate; si surgía, asentía con la cabeza y me ponía a pensar en otras cosas. Y, no obstante, parte de mí iba arraigándose cada vez más a esa tierra que me envolvía, cultivando la pasión por una lengua y una cultura que poco a poco han ido conformando mi pensamiento y mi identidad. Entonces no daba mucha cuenta del enorme valor que la cultura propia suponía para el individuo. Es cuando llego a la capital cuando, en cierto modo, me doy cuenta de lo mucho que tengo en común con los catalanes. Y no sólo con ellos, sino también con los vascos y los gallegos, como pueblos periféricos históricamente oprimidos y despreciados en pos de unos valores elitistas y conservadores que imperaron en la construcción de nuestro Estado y concibieron el patriotismo como sinónimo inequívoco de centralismo.
En medio de mi desarraigo, que fue también fascinación por un nuevo ritmo de vida, por sendas culturales que se me fueron abriendo la mente y que fueron conformando mi proceso de aprendizaje, fui también testigo directo de aquello que considero (y aunque fuese doloroso es inevitablemente cierto), es la raíz del problema que hoy nos atañe a todos: la gente habla sin saber.
No he dejado de escuchar opiniones y debates acerca del asunto catalán y no ha dejado de dolerme como si fuesen puñaladas cada uno de los tópicos y las trivialidades lanzados gratuitamente sobre Cataluña. Es dramático que en una institución como la universidad, que debería ser un rincón ilustrado y aislado de este tipo de interpretaciones, los debates surgidos en torno al tema no sean más que una retahíla de argumentos manidos y mal contextualizados eternamente repetidos por la prensa y las televisiones. Alumnos y profesores han sido componentes de estas discusiones, con sus diferencias en cuanto al uso de la terminología pero defendiendo, en esencia, el mismo discurso. No es el de Cataluña un tema excepcional; hace tiempo que me estoy dando cuenta de la falta de lucidez de una institución cada vez más absorbida por los avatares del sistema. Ya no quedan intelectuales en el siglo XXI.




No hay peor error que atacar a quien defiende con vehemencia unos motivos. Esta estrategia no hará sino alimentar la necesidad de afianzar la defensa hacia estos mismos motivos. Queridos y bienaventurados amigos españoles,
1.      
        1. En Cataluña no hay adoctrinamiento lingüístico.
En Cataluña lo que hay es una sociedad bilingüe, donde conviven dos idiomas con absoluta naturalidad. Donde hay una lengua con más de doce siglos de historia que forma parte intrínseca de una cultura y de una forma de vida muy particular. Amar esta lengua y querer preservarla no es adoctrinamiento, no es querer renegar del castellano ni nada parecido. Eso es una gilipollez. No hay nadie que sepa catalán y no sepa castellano. Los niños tienen derecho a dar clase en la lengua que quieran, pero no todos tienen presupuesto suficiente para ofrecer una linea en catalán y otra en castellano. Si usted no sabe catalán y se quiere comunicar con alguien, se comunicarán en la lengua común que es el español, que todo el mundo conoce las funciones del lenguaje, pero no se mosquee por dar un paseo por Las Ramblas y escuchar a la gente hablando catalán en los bares. La vida es demasiado corta para estar siempre cabreado.
Donde sí hay adoctrinamiento es en la Comunidad Valenciana, donde el castellano es casi siempre el idioma utilizado en el parlamento, en los juzgados y en la televisión pública (hasta su desaparición), donde el castellano es siempre la primera opción en los rótulos indicativos cuando no es la única, donde en 2001 se creó la Academia Valenciana de la Llengua, un organismo regulador para una lengua que ya estaba regulada, y cuya creación atiende a motivos puramente políticos. Todavía hay un gran porcentaje de personas que se creen que el valenciano y el catalán son lenguas distintas, y para mi sorpresa he podido comprobar que esta es una quimera también muy extendida en el resto de España, es una cuestión que no se deja del todo clara en las escuelas. En mi comunidad ha habido un partido que ha vehiculado el odio hacia todo lo catalán como estrategia electoral y que es curiosamente el mismo partido que más ha contribuido al auge del independentismo.

2.       2. No podéis saber si Cataluña sobrevivirá económicamente o no a la independencia.
Voy a objetar el hecho de que Cataluña tiene algunos de los puertos más importantes de la Unión Europea y de que su relación entre PIB y población es asombrosamente similar a uno de esos países que están tan de moda ahora como es Dinamarca. Por muy instruido que uno sea y por muchos conocimientos económicos que uno tenga –aquí he de reconocer que yo tengo muy pocos–, siempre va a haber alguien que te va a rebatir tu exposición sobre la supervivencia de una Cataluña independiente con una serie de argumentos igual de convincentes. Así son los debates económicos, y por eso siempre trato de rehuir de ellos y tratar de encontrar otro tipo de perspectivas. Pero es que aquí el debate no es ese. No importa si Cataluña sobrevivirá o no. No importa que te gastes todos tus ahorros en alcohol y apuestas deportivas, mientras seas mayor de edad eres libre de hacerlo y nadie tiene derecho a impedírtelo. Cataluña quiere gestionar su dinero, simple y llanamente, y lo podrá hacer con mayor o menor acierto, con muchas o pocas dificultades, lo que piden es tener esa oportunidad y por tanto abrir el debate en esta dirección no sólo no ayuda a combatir el independentismo sino que es una total y absoluta pérdida de tiempo.

3.      3. El futuro del pueblo catalán lo decidirá el pueblo catalán.
Esto es algo que puede resultar más o menos frustrante, pero que es irrefutable y no admite lugar a discusión. Todo pueblo es soberano para decidir su propio futuro, así queda reflejado en la Carta de Derechos Humanos. Comprendo que haya quien pueda negar el derecho a la autodeterminación de los pueblos y sea partidario de la no celebración del referéndum y del uso del imperio de la ley como maquinaria para combatir el independentismo. Pero lo de celebrar un referéndum donde voten todos los españoles no es más que una manera de salir al paso asegurándose que no hay riesgo alguno de ver afectados los intereses propios. Pero no cuela. Nosotros somos responsables del devenir de un solo pueblo, que es el pueblo español. Si Cataluña quiere formar parte de ese pueblo, estupendo. Pero si su voluntad es la de alzar su bandera al viento y enderezar su navío hacia otros mares, nuestro deber consiste en apartarnos y dejarlos navegar en paz.


Una última cosa que creo que debo dejar clara, porque de no hacerlo sé que más de uno se ceñirá todavía más a su propio discurso tras la lectura de este artículo.
Yo no soy independentista. No lo era antes de venir a Madrid y tampoco lo soy ahora. De hecho, los que hayan seguido mis artículos tendrán más o menos claro cuál es mi idea sobre los nacionalismos. No puedo refrendar un proceso que ha sido históricamente liderado y dirigido por la burguesía catalana, a lo sumo, peor o igual que la burguesía española (sin por ello obviar que la razón de sus intereses les ha originado una mentalidad mucho más progresista). Celebro, en cambio, la presencia clave en el parlamento de ese grupo “radical antisistema” “extremista” y “pseudo-terrorista” que es la CUP que, además de todo eso, es probablemente el partido político más coherente y democrático que ha habido nunca en el parlamento catalán. Un partido capaz de desafiar al statu quo catalán y encaminar el proceso hacia una senda verdaderamente transformadora. La independencia de poco servirá si únicamente consiste en añadir otra frontera a este cada vez más globalizado mundo. En ese sentido, me preocupa la vacuidad del discurso independentista que ha movilizado a la población, un discurso carente de sentido crítico, de una simpleza (“España nos roba”) demasiado preocupante de cara a una decisión tan sumamente importante.
Creo firmemente que la independencia no puede ser un fin. Ha de ser una herramienta de cambio, es decir, una revolución democrática. Sólo en este caso yo podría apoyarla, pero no por fervor nacionalista ni por odio a España, sino por solidaridad y empatía hacia un proceso de cambio. La bandera de la independencia tiene que se la estelada vermella. La tradicional, pese a su carácter apolítico, me recuerda demasiado a la blavera. Nosotros los valencianos, pese a que ese sentimiento de emancipación permanece todavía sin aflorar, ya nos hemos liberado de la franja azul tras las últimas autonómicas y municipales. Espero que los catalanes sean capaces de seguir esa senda, decidan o no marcharse. Y que sean capaces de identificar al enemigo cuando estén solos, cuando no puedan acusar a España de todos sus males.




Un pueblo libre es un pueblo soberano. La dictadura del capital financiero mantiene a todos los países esclavos de los grandes imperios y de los intereses burgueses. Sonará romántico y trasnochado, pero sigue siendo así casi dos siglos después del nacimiento de Marx. El TTIP, La reforma del artículo 135, el fracaso del gobierno de Tsipras, día tras día nuevos ejemplos que demuestran la poca independencia económica de la que gozan los países. Podemos seguir aferrándonos a nuestras banderas, pero iluso aquel que crea abrazar a su pueblo cuando abraza a su patria. Las fronteras ya sólo sirven para crear odio y para alimentar el racismo y la xenofobia. Ya no sirven para resguardar ninguna identidad, ni histórica, ni económica, ni cultural. Sólo son mera distracción, el nuevo “opio” del pueblo, el método más sencillo que tiene hoy el poder para ejercer y legitimar sus medidas de dominación. Cataluña será independiente, pero mi mayor deseo es que algún día consiga ser libre. Mientras que ese día no llegue, seguiré diciendo cuando viaje a otros países que soy español, que en mi país siempre hace buen tiempo, que vivo en la costa, en un sitio donde la gente sabe hablar dos idiomas, donde los jóvenes escuchan música combativa y donde se hacen unes arroces exquisitos. Si el día acaba por llegar, entonces cuando sea extranjero y me pregunten de dónde soy, sonreiré de forma nostálgica y soñadora, desviaré la mirada dos segundos, cavilando, y entonces fijaré mis ojos en los de mi interlocutor y le diré, con orgullo y firmeza, que soy hermano del pueblo catalán.




11 de octubre de 2015

Vientos de pueblo

Bueno, pues aquí estoy otra vez escribiendo, debutando en el nuevo blog que continúa la aventura iniciada en la Red-Acción y en el que nuevamente, me siento enormemente agradecido por poder participar. A lo mejor no es el mejor día para estrenarme, puesto que considero un alto porcentaje de nuestros lectores afines deben estar disfrutando de esta pequeña dosis de libertad que en este puente se nos ofrece. Y es que estos días la gente se ha vuelto a sus pueblos o se han ido de vacaciones para celebrar y para aprovechar las múltiples actividades lúdico-festivas que los ciudadanos de esta nación han puesto en marcha para celebrar por todo lo alto su hispanidad. Sí, mañana es 12 de octubre. Mañana es la Fiesta Nacional. La gente se lanzará a las calles ondeando la bandera en una potente expresión de orgullo y amor por la patria. Que dices sí, bueno. Vale. Pero yo me he puesto a pensar, a divagar, cómo suelo hacer, y me he dicho ¿qué coño se conmemora exactamente el 12 de Octubre?
Según argumenta la Ley 18/1987 “la fecha elegida, el 12 de octubre, simboliza la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los reinos de España en una misma monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos”. Pues nada, sí, a celebrarlo, que estamos a punto ¿eh? Pero yo me digo ¿cuándo vamos a terminar el proceso? A no ser que se refiera a eso de “la integración de los reinos de España en una misma monarquía”, ya, sí, ese proceso si que terminó hace ya muuuucho tiempo.


No, venga, que no me lo trago, yo quiero saber qué vamos a celebrar mañana, qué es realmente la hispanidad, cómo se respira su esencia. Y para eso yo creo que nos tenemos que remontar muy atrás, hacia los tiempos en que el tatara-tatara-tataranieto del celebérrimo creador de la marca de detergentes Colón tropieza con un cacho de tierra desconocida y sus descendientes empiezan a frecuentarla para quemar bosques, construir iglesias y violar a las indígenas. Yo creo que más o menos por ahí empezó todo. Cuando la inminente nueva clase social burguesa empieza a enviar barcos vacíos al otro continente y un reducido pero suficientemente notable bultito empieza a asomarse en la entrepierna de nuestros monarcas cada vez que un nuevo territorio es consquistado. Eran tiempos felices, de carpe diem, tempestad bucólica y narices superlativas. Y eso al principio estaba guay, pero luego eso del carpe diem y el antropocentrismo se desmadró demasiado, llegó la ilustración y los gabachos empezaron a cortar las cabezas de los reyes. Y claro eso ya no molaba. De todos modos en la estepa castellana el wifi siempre ha ido un poco lento y también estaba la gente demasiado ocupada luchando contra molinos gigantes, así que para cuando llegaron esas ideas modernas ya nos daba mucha pereza ir a cortar cabezas, además que los plebeyos no tenían guillotina y la azada bastante mierda tenía que arrastrar ya todo el día como para ponerse a partir cervicales. Y como El espíritu de las leyes era demasiado largo nos leímos el Leviathan así, salteado, e ideamos una especie de despotismo ilustrado que luego derivó en un turnismo de palo en el Siglo XIX, digo de palo porque muy de acuerdo no se ponían los señores burgueses que acababan siempre utilizando el ejército y encima se les coló una república ahí por el medio. Y luego llegó 1898, los yanquis nos mearon en la cara y finalmente, en el imperio español, se puso el Sol.

Pues así fue más o menos al principio. El concepto de hispanidad como redención absoluta al monarca y a la religión, como conducta megalómana junto con un total y absoluto desconocimiento de la realidad global. ¿Y la europea? Sí bueno, a eso me refiero. Hispanidad como símbolo de pobreza de los pueblos y del retraso económico, tecnológico e industrial en relación con las otras naciones. Pero también es cierto eso que se dice de que “en este país hay de todo”. Llega el siglo XX y la cosa se empieza a caldear, tiemblan los cimientos de la Restauración, ladra un perro andaluz y Gasset publica La rebelión de las masas. Y el hombre-masa queda en evidencia tras el Jueves Negro, y se tiene que enfrentar a los ávidos lectores de Marx, Engels y Bakunin, al espejo candente de la Revolución de Octubre que llega a nuestra nación tras el escepticismo que flota en el ambiente a la muerte de Miguel Primo de Rivera. Y llega la Segunda, llega el Frente Popular, y España deja de ser católica.
Y aquí también hay algo de hispanidad. Aquí en la herencia que nos dejan cinco años de República, y tres más de Guerra Civil. En la confrontación de dos ideales opuestos incapaces de coexistir, por pura lógica y definición, igual que no pueden coexistir el odio con la solidaridad, la tradición con el progreso, la muerte con la vida. Y Picasso pinta el Guernica. Y quiero creer que en ese grito de angustia que emana de una de las obras de arte más maravillosas del siglo pasado, hay, por lo menos, una pizca de hispanidad. Que la hispanidad fue lo que movió a miles de españoles a los campos de batalla, pero también a miles de franceses, alemanes, italianos y obreros de todos los países que llegaron a Madrid a defender con los fusiles la victoria del socialismo y de la democracia. Que hispanidad llenó de caligrafía borrosa las libretas de Miguel Hernández en el frente de Jaén y lo siguió haciendo en sus últimos años, metido en un angosto calabozo, a pesar del dolor, a pesar de la derrota.
Porque hay que reivindicarlo, hispanidad también era todo aquello. Y el hecho de reivindicarlo es, más que un convencimiento, una responsabilidad. Porque no hacerlo sería robustecer el discurso dictatorial que en este país arrebató el concepto de hispanidad a unos para otorgárselo a otros, a partir de sus propios criterios, basados en el odio y la discriminación. Un discurso que todavía algunos mantienen. Un discurso fascista, conservador, autoritario. De algún modo, eso también es hispanidad, también hubo gente que murió por ello, y también mañana ondearan banderas sobre el convencimiento de estas ideas. Es lamentable, pero no debemos olvidarlo.



Llegó la dictadura y la Guerra Mundial, Berlanga se marchó a jugar con los nazis, Manuel pasó a ser el Machado bueno, Mercader mató a Trotsky de un pioletazo, Hitler se pegó un tiro, Berlanga volvió y rodó Bienvenido Mister Marshall. Nos hicimos amigos de los yanquis, les perdonamos lo de 1898 y dejamos de lado a nuestros hermanos cubanos que fraguaban la revolución por ellos mismos e hicieron de una isla de 7 millones de habitantes un ejemplo de emancipación y uno de los símbolos de la Guerra Fría. Y mientras tanto en nuestras ciudades, curas y cachetazos, leche en polvo y queso americano; en nuestras montañas guerrilleros supervivientes, nostalgia, lucha y esperanza. Y a pesar de que nuestro país se sumía en las sombras de una dictadura que parecía no tener fin, que el mundo se congelaba en medio de una guerra ideológica comandada por líderes psicópatas y codiciosos que aprovecharon la creciente tensión política para corromper e institucionalizar sus regímenes, todavía había fuego y luz en una generación que salió a la calle a hacer historia en mayo del 68. Victor Jara cantaba su Manifiesto, y con Vientos de pueblo evocaba los versos que Miguel Hernández había escrito unas décadas atrás. Y hermandad e hispanidad se fusionaron a través del vehículo cultural: lengua, arte y costumbres que nos vinculan con un continente que hoy todavía sigue buscando su identidad, y a pesar de todas las dificultades, sigue degustando con pasión el fruto de su recién lograda libertad.


Aquí, mientras tanto, l'avi siset estiraba la estaca, y con él todos hacíamos un pequeño esfuerzo, y al final, de tanto estirar, la estaca se rompió. Llegó la democracia y la Constitución del 78, e hispanidad fue por primera vez consenso, fue por primera vez entendimiento entre iguales. Y nuestra democracia creció en el contexto de la lucha por los derechos humanos, Mandela y Martin Luther King se convirtieron en los nuevos referentes y dejaron atrás la polarización causada por los viejos anhelos. Cayó el muro, triunfó el capitalismo, y el sistema que -como el comunismo- dejó llantos, muertes y decadencia en todos los rincones del mundo, se instaló y se mimetizó en nuestra democracia y se convirtió en la insignia y baluarte de la por fin lograda libertad. Y un poco de eso será también lo que celebraremos mañana. Celebraremos que el hombre, a veces, olvida con demasiada facilidad su pasado, su historia, su lucha. Que crecemos y, muy a menudo, dejamos de ser jóvenes, de ser inconformistas. De ver una injusticia donde antes podemos ver una oportunidad, un beneficio. En eso consiste madurar, al menos en este país.
El presente muy pronto se convertirá en pasado, y las lágrimas derramadas se las llevará la marea y se confundirán en la amplitud del océano. Celebraremos con orgullo nuestro día, sin saber qué es el orgullo. Hablaremos del coraje de nuestros antepasados, y olvidaremos el coraje que no tendremos. No sabremos quiénes son nuestros hermanos y, en nombre de la democracia, elegiremos como padres a los mismos que nos reprimieron y nos asesinaron unos años atrás. Pero habrá quienes, insatisfechos, alzarán su voz y pelearán. Se levantarán y expresarán su descontento, tendrán anhelos, ideales, ilusiones, lucharan por una sociedad mejor y, finalmente, serán derrotados. Vacuos, ingenuos, ignorantes. Sus ojos dejarán de brillar, morirán, y las olas seguirán pacientes su curso por el vasto mar. Pero estos pobres perdedores, serán memoria, serán generación. Escribirán un capítulo en nuestro libro que será por siempre recordado. Un capítulo que será narrado, estudiado, analizado, rememorado, debatido, mitificado y desmitificado. Serán parte de esa experiencia colectiva que conforma la auténtica e imprescindible hispanidad. Y lo mejor, es que no serán españoles, ni catalanes, ni hablarán castellano, argentino o mejicano. Hablarán todas las lenguas, tendrán infinitas nacionalidades, porque estarán en todos los rincones del mundo creando nuevas experiencias y escribiendo juntos. Mañana es 12 de Octubre, queridos lectores. Que pasen un feliz día.