Cuando me vine a estudiar a
Madrid, hace poco menos de año y medio, lo cierto es que yo no tenía mucha idea
acerca del conflicto catalán. Entendía lo que era y conocía las dos posturas,
porque me había tocado vivirlas muy de cerca. Crecí en una zona muy particular
dentro de lo que es el territorio valenciano, que de algún modo sobrevivió al
yugo anticatalanista y a la destrucción de los valores culturales que han
supuesto 20 años de gobierno popular en mi comunidad. He conocido a gente que
ha defendido esto de la independencia desde mucho antes de que Mas se
envolviera con la estelada y también he conocido a aquellos colmados del odio
–más bien fobia– a lo catalán y a todo lo que se le pareciera. Yo me mantenía
un poco al margen de este debate; si surgía, asentía con la cabeza y me ponía a
pensar en otras cosas. Y, no obstante, parte de mí iba arraigándose cada vez
más a esa tierra que me envolvía, cultivando la pasión por una lengua y una
cultura que poco a poco han ido conformando mi pensamiento y mi identidad.
Entonces no daba mucha cuenta del enorme valor que la cultura propia suponía
para el individuo. Es cuando llego a la capital cuando, en cierto modo, me doy
cuenta de lo mucho que tengo en común con los catalanes. Y no sólo con ellos,
sino también con los vascos y los gallegos, como pueblos periféricos
históricamente oprimidos y despreciados en pos de unos valores elitistas y
conservadores que imperaron en la construcción de nuestro Estado y concibieron
el patriotismo como sinónimo inequívoco de centralismo.
En medio de mi desarraigo, que
fue también fascinación por un nuevo ritmo de vida, por sendas culturales que
se me fueron abriendo la mente y que fueron conformando mi proceso de aprendizaje, fui
también testigo directo de aquello que considero (y aunque fuese doloroso es
inevitablemente cierto), es la raíz del problema que hoy nos atañe a todos: la
gente habla sin saber.
No he dejado de escuchar
opiniones y debates acerca del asunto catalán y no ha dejado de dolerme como si
fuesen puñaladas cada uno de los tópicos y las trivialidades lanzados
gratuitamente sobre Cataluña. Es dramático que en una institución como la
universidad, que debería ser un rincón ilustrado y aislado de este tipo de interpretaciones,
los debates surgidos en torno al tema no sean más que una retahíla
de argumentos manidos y mal contextualizados eternamente repetidos por la
prensa y las televisiones. Alumnos y profesores han sido componentes de estas
discusiones, con sus diferencias en cuanto al uso de la terminología pero
defendiendo, en esencia, el mismo discurso. No es el de Cataluña un tema excepcional;
hace tiempo que me estoy dando cuenta de la falta de lucidez de una institución
cada vez más absorbida por los avatares del sistema. Ya no quedan intelectuales
en el siglo XXI.
No hay peor error que atacar a
quien defiende con vehemencia unos motivos. Esta estrategia no hará sino
alimentar la necesidad de afianzar la defensa hacia estos mismos motivos.
Queridos y bienaventurados amigos españoles,
1.
1. En
Cataluña no hay adoctrinamiento lingüístico.
En Cataluña lo que hay es una
sociedad bilingüe, donde conviven dos idiomas con absoluta naturalidad. Donde
hay una lengua con más de doce siglos de historia que forma parte intrínseca de
una cultura y de una forma de vida muy particular. Amar esta lengua y querer
preservarla no es adoctrinamiento, no es querer renegar del castellano ni nada
parecido. Eso es una gilipollez. No hay nadie que sepa catalán y no sepa
castellano. Los niños tienen derecho a dar clase en la lengua que quieran, pero no todos tienen presupuesto suficiente para ofrecer una linea en catalán y otra en castellano. Si
usted no sabe catalán y se quiere comunicar con alguien, se comunicarán en la lengua común que es el español, que todo el mundo conoce las funciones del lenguaje, pero no se
mosquee por dar un paseo por Las Ramblas y escuchar a la gente hablando catalán
en los bares. La vida es demasiado corta para estar siempre cabreado.
Donde sí hay adoctrinamiento es
en la Comunidad Valenciana, donde el castellano es casi siempre el idioma
utilizado en el parlamento, en los juzgados y en la televisión pública (hasta
su desaparición), donde el castellano es siempre la primera opción en los
rótulos indicativos cuando no es la única, donde en 2001 se creó la Academia
Valenciana de la Llengua, un organismo regulador para una lengua que ya estaba regulada,
y cuya creación atiende a motivos puramente políticos. Todavía hay un gran
porcentaje de personas que se creen que el valenciano y el catalán son lenguas
distintas, y para mi sorpresa he podido comprobar que esta es una quimera
también muy extendida en el resto de España, es una cuestión que no se deja del
todo clara en las escuelas. En mi comunidad ha habido un partido que ha
vehiculado el odio hacia todo lo catalán como estrategia electoral y que es
curiosamente el mismo partido que más ha contribuido al auge del
independentismo.
2. 2. No
podéis saber si Cataluña sobrevivirá económicamente o no a la independencia.
Voy a objetar el hecho de que
Cataluña tiene algunos de los puertos más importantes de la Unión Europea y de
que su relación entre PIB y población es asombrosamente similar a uno de esos
países que están tan de moda ahora como es Dinamarca. Por muy instruido que uno
sea y por muchos conocimientos económicos que uno tenga –aquí he de reconocer
que yo tengo muy pocos–, siempre va a haber alguien que te va a rebatir tu
exposición sobre la supervivencia de una Cataluña independiente con una serie
de argumentos igual de convincentes. Así son los debates económicos, y por eso
siempre trato de rehuir de ellos y tratar de encontrar otro tipo de perspectivas.
Pero es que aquí el debate no es ese. No importa si Cataluña sobrevivirá o no.
No importa que te gastes todos tus ahorros en alcohol y apuestas deportivas,
mientras seas mayor de edad eres libre de hacerlo y nadie tiene derecho a
impedírtelo. Cataluña quiere gestionar su dinero, simple y llanamente, y lo
podrá hacer con mayor o menor acierto, con muchas o pocas dificultades, lo que
piden es tener esa oportunidad y por tanto abrir el debate en esta dirección no
sólo no ayuda a combatir el independentismo sino que es una total y absoluta
pérdida de tiempo.
3. 3. El
futuro del pueblo catalán lo decidirá el pueblo catalán.
Esto es algo que puede resultar
más o menos frustrante, pero que es irrefutable y no admite lugar a discusión.
Todo pueblo es soberano para decidir su propio futuro, así queda reflejado en
la Carta de Derechos Humanos. Comprendo que haya quien pueda negar el derecho a
la autodeterminación de los pueblos y sea partidario de la no celebración del
referéndum y del uso del imperio de la ley como maquinaria para combatir el
independentismo. Pero lo de celebrar un referéndum donde voten todos los
españoles no es más que una manera de salir al paso asegurándose que no hay riesgo
alguno de ver afectados los intereses propios. Pero no cuela. Nosotros somos
responsables del devenir de un solo pueblo, que es el pueblo español. Si
Cataluña quiere formar parte de ese pueblo, estupendo. Pero si su voluntad es
la de alzar su bandera al viento y enderezar su navío hacia otros mares,
nuestro deber consiste en apartarnos y dejarlos navegar en paz.
Una última cosa que creo que debo
dejar clara, porque de no hacerlo sé que más de uno se ceñirá todavía más a su
propio discurso tras la lectura de este artículo.
Yo no soy independentista. No lo
era antes de venir a Madrid y tampoco lo soy ahora. De hecho, los que hayan
seguido mis artículos tendrán más o menos claro cuál es mi idea sobre los
nacionalismos. No puedo refrendar un proceso que ha sido históricamente liderado
y dirigido por la burguesía catalana, a lo sumo, peor o igual que la burguesía
española (sin por ello obviar que la razón de sus intereses les ha originado
una mentalidad mucho más progresista). Celebro, en cambio, la presencia clave en
el parlamento de ese grupo “radical
antisistema” “extremista” y “pseudo-terrorista” que es la CUP que, además de
todo eso, es probablemente el partido político más coherente y democrático que
ha habido nunca en el parlamento catalán. Un partido capaz de desafiar al statu quo catalán y encaminar el proceso
hacia una senda verdaderamente transformadora. La independencia de poco servirá
si únicamente consiste en añadir otra frontera a este cada vez más globalizado
mundo. En ese sentido, me preocupa la vacuidad del discurso independentista que
ha movilizado a la población, un discurso carente de sentido crítico, de una
simpleza (“España nos roba”) demasiado preocupante de cara a una decisión tan
sumamente importante.
Creo firmemente que la
independencia no puede ser un fin. Ha de ser una herramienta de cambio, es
decir, una revolución democrática. Sólo en este caso yo podría apoyarla, pero
no por fervor nacionalista ni por odio a España, sino por solidaridad y empatía
hacia un proceso de cambio. La bandera de la independencia tiene que se la
estelada vermella. La tradicional, pese a su carácter apolítico, me recuerda
demasiado a la blavera. Nosotros los
valencianos, pese a que ese sentimiento de emancipación permanece todavía sin
aflorar, ya nos hemos liberado de la franja azul tras las últimas autonómicas y
municipales. Espero que los catalanes sean capaces de seguir esa senda, decidan
o no marcharse. Y que sean capaces de identificar al enemigo cuando estén
solos, cuando no puedan acusar a España de todos sus males.
Un pueblo libre es un pueblo
soberano. La dictadura del capital financiero mantiene a todos los países
esclavos de los grandes imperios y de los intereses burgueses. Sonará romántico
y trasnochado, pero sigue siendo así casi dos siglos después del nacimiento de
Marx. El TTIP, La reforma del artículo 135, el fracaso del gobierno de Tsipras,
día tras día nuevos ejemplos que demuestran la poca independencia económica de
la que gozan los países. Podemos seguir aferrándonos a nuestras banderas, pero
iluso aquel que crea abrazar a su pueblo cuando abraza a su patria. Las
fronteras ya sólo sirven para crear odio y para alimentar el racismo y la
xenofobia. Ya no sirven para resguardar ninguna identidad, ni histórica, ni
económica, ni cultural. Sólo son mera distracción, el nuevo “opio” del pueblo,
el método más sencillo que tiene hoy el poder para ejercer y legitimar sus
medidas de dominación. Cataluña será independiente, pero mi mayor deseo es que
algún día consiga ser libre. Mientras que ese día no llegue, seguiré diciendo
cuando viaje a otros países que soy español, que en mi país siempre hace buen
tiempo, que vivo en la costa, en un sitio donde la gente sabe hablar dos idiomas, donde los
jóvenes escuchan música combativa y donde se hacen unes arroces exquisitos. Si el día acaba por llegar, entonces cuando sea extranjero y me pregunten de
dónde soy, sonreiré de forma nostálgica y soñadora, desviaré la mirada dos
segundos, cavilando, y entonces fijaré mis ojos en los de mi interlocutor y le
diré, con orgullo y firmeza, que soy hermano del pueblo catalán.

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