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25 de octubre de 2015

Rousseau tenía razón

Alguno de ustedes ya habrá tenido el placer de leer el artículo que ayer publicó Diego Serradilla en este mismo blog, en el que hablaba de la consciencia cósmica y llegaba a una serie de conclusiones sobre la naturaleza del hombre. Dio el casual de que la lectura de mi anterior artículo, acerca del humanismo, despertó en él las mismas curiosidades que precisamente en mí habían rebrotado a raíz de su escritura. Y poca cosa hay más reconfortante que comprobar, de primera mano, que el sentido que traté darle al artículo había sido captado por otro lector y había sido desglosado y reinterpretado a partir de sus códigos y sus experiencias. Este artículo recoge la senda marcada por el anterior para versar acerca de la naturaleza del hombre. Durante mucho tiempo me ha fascinado esta cuestión, porque creo que en ella está la raíz del éxito o del fracaso de las sociedades. Hay dos posturas básicas, forjadas en la época de la Ilustración que son ampliamente conocidas y forman parte de nuestro imaginario cultural. Por un lado, el británico Hobbes, con su homo homini lupus -el hombre es malo por naturaleza-, y por otro lado la visión opuesta de Rousseau, con el mito del buen salvaje.
 
Durante un buen tiempo estuve, no convencido, pero sí acojonado de que Hobbes pudiese tener razón. Al fin y al cabo, somos animales, y sólo hay que echar un vistazo a la naturaleza para observar que los animales somos seres crueles y despiadados, capaces de cualquier cosa por garantizar nuestra propia subsistencia. No podía, sin embargo, comulgar con las tesis autoritarias de Hobbes. Si el hombre es malo por naturaleza ¿qué sentido tiene poner el devenir de una sociedad a cargo de uno solo? Ni siquiera la tecnocracia, que hubiese sido desde luego una propuesta mucho más lógica, parecía la solución más adecuada al problema. Mucho mejor tratar de encontrar, mediante el consenso, posiciones que garantizasen nuestra cómoda supervivencia y adoctrinasen nuestro instinto, conduciéndolo hacia necesidades banales. Suena mejor, pero para mí no dejaba de ser una tragedia, pues suponía que el ser humano era incapaz de cuidarse a sí mismo, que toda nuestra concepción del arte estaba equivocada -pues veíamos belleza donde sólo había caos y hostilidad- y que el consumismo enfermizo que habíamos creado en el último siglo tenía su razón de ser.


Rousseau (izquierda) y Hobbes (derecha)

 
Han sido tantos los escritores que han tratado de abordar esta cuestión a través de sus libros, que la naturaleza humana se ha convertido en todo un tópico literario. Quienes defienden la perspectiva de Hobbes no dudan en mencionar El señor de las moscas como ejemplo y estandarte del homo homini lupus. La obra de Golding no me es ajena, puesto que me he leído el libro, he visto la película -nada desdeñable, por cierto- e incluso he trabajado una versión teatral. Y he visto, por supuesto, la genial parodia de Los Simpsons. A simple vista, la interpretación parece evidente: un grupo de niños perdidos en la naturaleza, aislados de la sociedad, al margen de los convencionalismos burgueses... que son incapaces de convivir en armonía y acaban matándose entre ellos. En un momento de la obra, uno de los niños menciona a Rousseau, ¿es una alusión clara de las intenciones de la novela o una simple y cruel ironía? Será empecinamiento mío, pero para mí el ilustrado francés está mucho más presente que Hobbes en todo momento. Creo que al leer la obra muchos confunden el fondo con el contexto. Golding puso a un par de niños en una isla: eligió unos personajes y un espacio de acción. ¿Cómo, a partir de un escenario imaginado, podemos extraer conclusiones sociológicas? Lo verdaderamente importante de la novela es lo que en ella se relata, las estructuras del poder: liderazgos, jerarquías, símbolos, la cultura del miedo. Los niños no se hicieron salvajes en esa isla, sólo se hicieron adultos.

Jack y los niños rebeldes, en una escena de El señor de las moscas



¿De dónde procede, entonces, la confusión? Quizás en la interpretación literal del mito, en la confusión de la naturaleza humana con la naturaleza en su sentido espacial. Muchos sociólogos tratan de desmentir el mito del buen salvaje a través de las tribus aisladas. Efectivamente, las tribus del África o del Amazonas pueden llegar a ser terriblemente atroces con sus semejantes, pero ¿en qué se diferencian a nosotros? Las llamamos sociedades primitivas, pero no dejan de ser sociedades forjadas a base del miedo y la superstición, exactamente igual que las sociedades occidentales. Y el número de víctimas que derivan de estas dos condiciones es sensiblemente menor en el caso de las tribus. Somos naturaleza, nuestro verdadero yo aflora cuando vivimos en libertad, pero vivir en libertad no es sinónimo de vivir con taparrabos en medio de la fauna. Creo que ya hemos superado eso. Somos seres únicos, el progreso es consustancial a nosotros. Pena que algunos sigan sin darse cuenta, después de doscientos mil años de existencia (y no me refiero precisamente a los que no han mantenido contacto nunca con el mundo occidental, sino más bien a los que están al frente de él).
Entonces, ¿a quién creer? ¿Hobbes o Rousseau? ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Probablemente ninguno de los dos tenga razón, pues los seres humanos estamos compuestos de centenares o miles de naturalezas distintas. Es una cuestión muy difícil de simplificar. Pero si no están ustedes satisfechos, si quieren encontrar una prueba empírica que les resuelva la cuestión, prueben a hablar con un niño de tres, cuatro años y hacerle un par de cuestiones. ¿Odiarías a alguien por su raza? ¿Por su sexo? ¿Por su religión? ¿Darías la espalda a tu mejor amigo, lo traicionarías, dejarías de jugar con él por, no se, un millón de chucherías?
El niño elegiría las chucherías, no seas ingenuo, estará pensando alguno de ustedes. ¡Ay, pobre de mí! Todavía tengo fe en la raza humana. A lo mejor no he madurado aún lo suficiente.

Joseph Merrick, interpretado por John Hunt en la película El hombre elefante

 
 
Hace poco vi El hombre elefante, una de esas películas que fascinan y emocionan porque sabemos que está basada en un caso real. De la película de David Lynch me fascinó, más allá de la asombrosa historia que narra, la radiografía del alma humana que realiza. En cuanto Joseph Merrick se pone a hablar, lo hace directamente a través de su alma, sin filtro alguno. Como si recién acabase de nacer, sus palabras son tan sinceras y tan libres de todo atisbo de vileza o falsedad, que atraen de forma magnética a la alta sociedad británica, y ya no es su físico, sino su interior, lo que provocará asombro y estupefacción. ¿Y qué dice Joseph? Sus primeras palabras van hacia el doctor que lo ha acogido y ha cuidado de él y son de agradecimiento “Es [usted] muy amable”. Si un hijo que acaba de nacer conociese la función del lenguaje y pudiese hacer uso de él, probablemente dedicaría las mismas palabras a su madre. Cuando este mismo hijo tiene dieciséis años y se encauza en la búsqueda de sí mismo en medio de una sociedad caótica y enquistada en un mar de doctrinas, prejuicios, ideologías, competencia, segmentación ¿cuántas veces se dirigirá a sus padres en estos términos?
Pero la película dice más acerca de nosotros. Enumero: 
 
-Joseph es un ser social: sólo quiere ser aceptado y tener amigos. Los humanos somos los seres más sociales que existen y esta gran capacidad debe ayudarnos a crear lazos que nos ayuden a seguir creciendo a nivel social y a nivel cultural.

 
-Joseph ama a las mujeres. Siente una irreprimible atracción hacia ellas, es parte de su naturaleza. Pero las admira por encima de todo, siente un enorme respeto hacia ellas a pesar del rechazo al que se ha visto sometido a lo largo de su vida y su mayor anhelo es obtener algún día, más allá de la aceptación, el amor de una de ellas. 
 
-Joseph es el humano liberado de todo ego. No tiene prejuicios ni conoce el concepto, no tiene deseo o aspiración que no sea otro que el ser feliz y sentirse realizado.
 
-Joseph es humanista por naturaleza. Las pasiones que en él se despiertan a partir de su renacimiento están relacionadas con el mundo del arte, la literatura. Ama el teatro, las novelas románticas. Su mayor proyecto e ilusión es construir una maqueta de una iglesia con cartón, que al final consigue y hoy todavía se conserva en el Royal London Hospital Museum. ¿Qué ocurre cuando a un niño de unos cuantos meses le das un par de lápices de colores y un papel? A lo mejor al principio trata de comerse los lápices, pero después, se pondrá a rallar el papel como un poseso, fascinado. Antes de que aprenda a sumar y a restar, antes de saber leer y escribir, ya sabrá dibujar a su padre, a su madre y la casa en que vive.




Maqueta auténtica de la iglesia construida por Joseph Merrick




El ego es el origen de todos nuestros problemas. Necesitamos un sistema que elimine por completo la competencia y nos ayude a avanzar a través de la cooperación. Nunca había entendido eso de que “el capitalismo es un sistema corrupto por naturaleza”. Yo decía que no, que los que estamos corrompidos somos los hombres, que la teoría de Adam Smith es perfecta: libre competencia y una mano invisible que regula el mercado y que calcula con exactitud el precio perfecto de los bienes en base a la ley de la oferta y la demanda. Siempre pensé que el problema del fracaso de los sistemas eran las personas, egoístas por naturaleza, que era imposible que el ser humano pudiese vivir en paz y en civilización. Que la ética y la moral sólo eran dos concepciones mentales ideadas por el hombre sin ninguna representación lógica en el plano de la realidad. Me equivocaba. El capitalismo no puede funcionar. Su éxito es sólo una ilusión, nunca tuvo un momento de auge o apogeo, fue un sistema decadente desde sus inicios y lo sigue siendo. No se en qué momento los humanos nos conformamos con un sistema que basa su crecimiento en la creación de desigualdades, no se cómo explotar el trabajo de los otros puede considerarse un talento humano, no se cómo podemos aceptar como parte lógica del proceso económico las crisis cíclicas que dejarán hambre, muerte y situaciones dramáticas cada pocos años. Como una especie de purgación que debemos sufrir para garantizar nuestro bienestar los próximos cinco, diez años hasta la próxima bajada; todo irá bien mientras no nos afecte a nosotros. ¿Qué clase de pensamiento enfermizo es ese? ¿Cómo podemos permitir las injusticias ajenas sin sentir resquemor ninguno por ello? En el instante preciso en que esto ocurre, el sistema ha fracasado, porque ha penetrado en nuestra alma y en nuestro cerebro y se ha ido propagando como un cáncer de tal forma que ha dejado de hacernos ver la realidad como humanos que somos y nos ha convertido en autómatas programados, en piezas de ese enorme y macabro tablero que es el sistema capitalista.







 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Por cierto, fue antes el huevo. Está científicamente demostrado.


24 de octubre de 2015

La mirada cósmica

El pasado lunes no podía parar de dar vueltas a una idea. No pude dormir bien porque en mi cabeza empezaron a surgir varias preguntas. ¿Qué significado tiene el ser humano? ¿Y la vida? ¿Y el universo? En parte, la culpa de esto la tuvo Blai Peris, debido a su último artículo. Comenzaron a llegar a mi cerebro nombres de autores, recuerdos que había tenido de mi corta existencia, hasta que, al final, di con la clave de la cuestión. Una vez esa idea se hubo agarrado profundamente a mi mente, no tuve más remedio que levantarme en medio de la madrugada a apuntar todo aquello, todas aquellas palabras, nombres, conceptos. Ideas, al fin y al cabo.

Este artículo podría ir ligado perfectamente con el que hizo Blai la semana pasada, como si fuera hermano suyo, una segunda parte o incluso un refuerzo a esa idea primigenia de la que habló Blai: el humanismo. Pero creo que hay un concepto que está estrechamente unido a ese, y que resuena en mi cabeza desde hace algunos años: la consciencia cósmica; una especie de iluminación, una epifanía, un momento de paz interior con uno mismo y con el planeta, con la naturaleza, con el universo. Se trata de un estado en el que el ser humano es consciente -esa es la mejor palabra para definirlo- de la vida, de lo que esta significa. Algunas personas a lo largo de la Historia han tenido la ocasión de experimentar esos momentos de consciencia. Son como una especie de catársis: de muerte y de nacimiento a la vez. Cualquier ser humano puede experimentarlo viendo cómo cae una hoja, mirando al cielo, al mar, u observando el movimiento de las ramas de los árboles. Nunca sabes cuándo la consciencia cósmica puede llegar a ti, hasta que lo estás viviendo, claro. En ese instante eres plenamente consciente del significado de la vida, de la naturaleza, del universo, del cosmos. Es un concepto difícil de explicar, y también de entender. Pero creo que es una idea que el ser humano, más alienado, materializado, que nunca, debe conocer.




Volviendo a leer durante estos días el artículo de Blai, creo que él experimentó esa consciencia cósmica por cómo se expresó en su artículo, por cómo rehuyó de lo material y dio importancia a la naturaleza del ser humano, a la vida. Hay un momento a lo largo de la noche, sobre las doce -más o menos-, que para mí resulta casi inexplicable. A esa hora salgo a la terraza de mi habitación y me pongo a observar, embobado, atraído por no sé qué exactamente, el parque que hay frente a la residencia universitaria en la que vivo. Este momento se torna un misterio. Es el único momento del día en el que no se escucha nada. Un instante en el que el silencio lo inunda todo. Se respira una paz, una tranquilidad, que no puedo explicar con palabras, como si todo lo que veo con mis ojos pasara frente a mí a cámara lenta. No creo que yo, cada vez que salgo a la terraza, experimente la consciencia cósmica, sino, más bien, es un momento de reflexión conmigo mismo y con el mundo.

Sin embargo, el otro día volví a salir a la terraza a eso de las doce de la noche. Pero esta vez no lo hice solo. Me acompañaba una canción de fondo. En su artículo, Blai proponía al lector una canción y que leyera lo que él había escrito con esa música de fondo. Me pareció muy buen experimento y una enriquecedora experiencia. Pero yo no os voy a pedir eso, lectores. Simplemente quiero que, después de leer este artículo, escuchen esta canción. Primero, con los ojos cerrados, y después, en un lugar en el que os encontréis cómodos.

Let there be light de Mike Oldfield no es una canción cualquiera, sino una que conecta con algo más, con algo que no llegamos a comprender. La primera vez que la oí imaginé que ante mí se mostraba el universo en su plenitud. Esa fue mi primera experiencia con la canción, pero luego, escuchándola más veces, vuelvo a teletransportarme, casi por completo, a un mundo interior y desconocido que me sirve de vía de escape al mundo real, al sistema decadente y materialista. Let there be light, hágase la luz, como una chispa que recorre lo más natural y puro del ser humano, de nuestra esencia primitiva. Edgar Mitchell, uno de los doce astronautas que han pisado la Luna, pasó por un momento de consciencia cósmica estando allí, en nuestro satélite. Mitchell, antes de viajar a la Luna, era una persona escéptica. No creía en energías o fuerzas que controlaran los hilos del universo. Ni siquiera creía en un dios. Pero al ver la Tierra desde la Luna, una sensación extraña, profunda, inundó su mente. Era la consciencia cósmica. Desde ese momento, la vida de Edgar Mitchell no volvió a ser la misma. Ahora tenía una mente abierta a todo tipo de conocimiento. Ahora sabía el secreto que guardaba la existencia humana, el secreto del universo.




Siempre he reflexionado mucho sobre la sociedad en la que vivimos. Hubo un tiempo en el que creía que la sociedad, el conjunto de personas que la forman, era mala por naturaleza. Ahora sé que eso no es cierto, que estaba equivocado, que la sociedad es equitativa al progreso. El ser humano es un ser social por naturaleza, desde su origen. Un ser social que no solo se relaciona con otros seres de su misma especie, sino también con los animales, e incluso con la naturaleza. El problema surge al hablar del sistema en el que vivimos. El sistema consumista ha rebajado nuestras capacidades mentales hasta el punto de no pensar, de dar paso a una comodidad analfabeta, de ser, incluso, borregos de nuestros propios inventos e ideas. En la actualidad, el consumismo rige nuestro nivel de vida. Nos importa el trabajo, el éxito, el pasar por encima de los demás, el comprar por comprar y gastar por gastar, el poder, la imagen. Hemos olvidado por completo nuestra naturaleza, nuestra espiritualidad. El arte, la literatura, los sentimientos, la libertad de pensamiento, la capacidad de equivocarnos. Cultura. Estamos perdiendo totalmente nuestra conexión con lo natural, con nuestra esencia. Si la sociedad sigue a este paso, viviendo en un sistema así, antihumano, antinatural, creo que nuestro fin no tardará en llegar. Ya cayeron grandes civilizaciones: griegos, egipcios, romanos... La corrupción del propio ser humano las llevó a ese fin: su final. Ahora, en el siglo XXI, parece que todo gira entorno a tres factores: sexo, dinero y poder. Y eso da como resultado la vileza, la envidia, la incultura -en términos de conocimiento-, las etiquetas, lo políticamente correcto. Dice Pérez-Reverte que la cultura es el único antídoto para todo esto. Yo también lo creo. O al menos lo quiero creer. Tengo fe en ello.

El ser humano pertenece a la naturaleza por esencia. Estamos destrozando esa parte de nosotros, y todo gracias a un proceso, un sistema, que se inició hace tiempo y que, como vemos, va perdiendo estabilidad con cuenta gotas. Tampoco es que vivamos en un sistema horrible. No digo eso. Simplemente creo que debemos volver a valorar lo importante: la vida. Decía José Luis Sampedro que el sistema es muy listo, que deja que ciertas personas lo critiquen para hacer creer a los ciudadanos que son libres, que tienen libertad de pensamiento. Igual los tiros van por ahí. Nos hace falta valorar más la vida, saber disfrutarla. Quizá la consciencia cósmica nos sirva para aprender eso, para dejar atrás tanto materialismo y aprender a valorar lo que realmente importa. El hombre primitivo estaba en contacto con la naturaleza, con la vida. En sus cavernas representaba la realidad de lo que veía, su día a día. El arte rupestre expresaba sentimientos, conocimiento. Tenían rituales para conectarse con algo que ellos sentían, con algo que los rodeaba. No estoy hablando de un dios. Estoy hablando de la naturaleza, de la fuerza del universo, del cosmos. En tiempos del pintor Rafael, la pintura servía para algo más que un objeto de decoración. El arte se veía con el espíritu, se sentía, más bien. En muchos lienzos, por ejemplo, se representaba a los niños mirando fuera del cuadro, como en La Perla, obra del propio Rafael. Era arte espiritual, que buscaba algo más. El Bosco también pintaba para llegar al alma, ya que pertenecía a una orden secreta -los adamitas- que creía en la naturalidad del cuerpo humano como un sentido de conexión espiritual. Incluso, Carlos V, tras haberse saciado de poder, decidió ir a retirarse a Cuacos de Yuste, un pequeño pueblo situado al norte de Extremadura. Y quiso ir allí para estar alejado del poder, de la corrupción, para limpiar su espíritu, su consciencia. En La Gloria de Tiziano está recogido ese hecho, entre comillas. En esa obra aparece Carlos V vestido con una sábana blanca, despojado de todo poder, de todo objeto material, clamando al cielo. Esa obra representa la muerte del emperador, y fue pintada siete años antes de que eso sucediera. Carlos V sentía que ese cuadro le conectaba con Dios. Por ello, decidió vivir los últimos instantes de su vida observándolo. Eso también fue un momento de consciencia cósmica, de pura catársis. El emperador vio los lienzos del cuadro, vio su imagen retratada ahí momentos antes de expulsar su última bocanada de aire, y se sintió cerca de Dios.

La Gloria, de Tiziano

¿Y quién soy yo para decir todo esto? Parece obra de un loco. A lo mejor lo soy. Pero esa es la cuestión, que en la sociedad actual, por hablar del espíritu, de la naturaleza del hombre, no se acepta que alguien lo diga, que alguien diga algo contrario a lo ya establecido. A veces necesitamos mirar más con la mirada de niño, con esa mirada de querer aprender y sorprenderse con lo que le cuentan. Es casi como una especie de consciencia cósmica, un mantra que los niños repiten constantemente. La mirada cósmica, podríamos llamarlo. Tenemos que abrir nuestra mente y no quedarnos siempre en A o B, estancados. Creemos que lo sabemos todo, que somos mejores que los demás, pero no es así. Siempre queda camino por recorrer, siempre quedan cosas por aprender, y nunca viene mal aprender de alguien o que alguien nos muestre un nuevo horizonte. Deberíamos aprender de la Historia y de nuestra Historia presente, la que está aún por hacer, de la que estamos haciendo; esta será la que realmente marque nuestro futuro. Por eso, la consciencia cósmica nos puede ayudar a despertar del embobamiento de un sistema que se creó mal, ya que desde su inicio chocaba con la esencia del hombre. Escapemos de lo establecido, abramos más nuestra mente y disfrutemos de la vida; gastémosla siendo conscientes de que la hemos disfrutado.

18 de octubre de 2015

¿Qué es el humanismo?


Durante mucho tiempo me he preguntado qué era el humanismo, para qué servía. He llegado a pensar, incluso, que no servía para nada, que era un fracaso para el progreso el hecho de que alguien estuviese haciendo una tesis doctoral sobre la civilización mesopotámica cuando podría tratar de contribuir en la lucha contra el cáncer habiendo estudiado medicina. He seguido caracoleando mucho tiempo alrededor de este pensamiento, porque yo soy humanista por naturaleza, no soporto los números, me aburren, me parecen rutinarios -aunque no lo son en absoluto, hay algunos aspectos que encuentro fascinantes, pero nunca los he dado en la escuela-. No puedo, yo necesito tener mi pensamiento siempre a mil revoluciones, caminar constantemente al borde del delirio. Necesito cine, teatro, música, literatura, política, debate, conversación. Pero hay también otra parte de mí que necesita devolver la racionalidad al mundo, para evitar que me caiga en ese precipicio en el que estoy constantemente haciendo equilibrios. Mis dos partes batallan constantemente por llevar la iniciativa a cada instante en que vivo, una batalla cruenta y feroz, como la que en El lobo estepario mantienen la parte humana y la parte animal de Harry Haller. Me da rabia, por ejemplo, tener tanta fe y no poder creer en Dios. Me da rabia poder escribir lo que pienso con tanta facilidad y saber que nunca voy a salvar una vida apretando las teclas de un ordenador. Me da rabia, incluso, estar en medio de una discusión política, defendiendo una posición concreta, y darme cuenta mientras hablo de que en realidad no se nada. De que hay infinitas posibilidades de que esté total y absolutamente equivocado.

Pero soy humanista, por fin lo he aceptado. Cuando en cuarto de la ESO me obligaron a elegir entre ciencias o letras y yo, basándome únicamente en mi expediente y en la diferente reputación social que tenía cada uno de esos dos caminos, elegí ciencias... desde luego que entonces no tenía ni idea de lo que yo era. Y por supuesto que era humanista, ya lo era desde hacía mucho tiempo, lo que pasa es que no tenía ni idea de lo que eso significaba. Porque nadie me lo había explicado nunca. Qué cojones, yo quería hacer latín y biología, y cuando me dijeron que eso no podía ser no tenía ni pajolera idea de por qué tenía que ser así. Pero así tenía que ser.

El caso es que, una vez que he aceptado mi humilde condición, mi cabeza necesita encontrar una serie de respuestas a ciertas cuestiones que mi mente ha ido aplazando justificándose en el hecho de que todavía era demasiado joven como para encontrarme a mí mismo (de hecho, nunca dejamos de serlo) o como para articular un pensamiento concreto. Algunas preguntas siguen ondeando mi mente y por el momento no pretendo encontrar las respuestas. Otras, como la que hoy formulo, se me descifran por casualidad. Así como Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como. Y luego lo escribo pa' que os lo comáis vosotros.

Lo más sorprendente de toda esta historia, o quizás lo más previsible, es que no fue un profundo razonamiento, fruto de una lectura concienzuda, lo que me dio la respuesta, sino que ésta vino desde el propio delirio irracional, desde mi otra parte (ahora entiendo la dialéctica platónica), la que aflora al cerrar los ojos -apagar el mundo- y escuchar una canción. Ésta canción. No es una pieza de Bach ni unos versos de Víctor Jara, es la banda sonora de una peli de Tarantino. En fin, cosas que tiene la vida. Por favor, seguid leyendo mientras la escucháis de fondo. A lo mejor todo esto es una tontería, una cavilación pretenciosa y fantasiosa. Es probable, de hecho, hay una parte de mí que no deja de repetírmelo, una y otra vez. Pero no la voy a escuchar. Hoy, por lo menos, no.






La canción habla de un grupo de músicos y un anciano. El anciano -el fantástico músico Gheorghe Zamfir- toca una zampoña rumana, un instrumento que encuentra sus orígenes en los altiplanos andinos, y que los indígenas tocaban en sus rituales y en sus celebraciones. Por detrás de él toda una orquesta de músicos con instrumentos de viento y de cuerda, forman la masa de sonido que ejerce de base y fondo. Una orquesta previamente pensada y diseñada instrumento por instrumento, nota por nota, para alcanzar la exquisitez armónica. Pero, y a pesar de la complejidad de la composición, sobresale por encima de cualquier otro sonido la zampoña. Destaca porque denota individualidad propia, identidad al margen del colectivo, autoestima y personalidad. Y libertad. Sobretodo libertad. Ese instrumento se diferencia del resto porque sus notas fluyen totalmente a través del ambiente, como si fuesen un hilillo de humo ondulando, bailando con el viento. La zampoña no ha necesitado un complejo proceso para crearse. Se ha hecho a partir del tallo de las plantas, ha nacido y se ha germinado en la propia naturaleza, y sólo ha necesitado unas manos desnudas para su elaboración. No ha necesitado más, ni adornos, ni aderezos formales, ni disfraces, ni siquiera un espejo donde mirarse y donde compararse con otros instrumentos. El sonido fluye por sí solo sin la ayuda de nadie. Y fluye porque es auténtico, porque es cercano a la naturaleza, es sencillo. Y, sobretodo, porque tiene unas manos extraordinarias que lo emplean. Porque un maestro ha tallado el instrumento, lo ha domado con destreza y ha perfeccionado su técnica a través de los años. Esa zampoña es la que otorga belleza real a la composición. Es culpable de las lágrimas del público: es portadora de los sentimientos, de los arrebatos del alma, los anhelos que se desprenden de los ideales. Y es culpable, y es el sentido propio de la vida. La esencia de la vida sólo se puede captar a través de un viaje de las emociones. Un viaje que nos permita volar alto y despojarnos de todo tipo de imperativo o necesidad que no derive de nuestra propia voluntad. Un viaje que nos permita quitarnos el peso de la armadura de esta fatigosa sociedad que impide al individuo caminar y ser libre, y que lo encierra dentro de una rutina, de una apariencia que “debemos mantener”, de unos objetivos que “debemos cumplir”, pero que nosotros no tenemos la potestad de decidir, porque hemos nacido en este sistema y en él vamos a morir. No se puede encarar la vida desde una perspectiva puramente científica y racional, porque entonces nos estamos esclavizando totalmente, nos estamos programando y mecanizando dentro de unos parámetros y unas leyes fijadas, nos estamos cortando las alas, estamos poniéndonos barrotes a nosotros mismos. Una sociedad que desprecia el humanismo y lo relega a una categoría menor, lo asocia a un tipo de conocimiento “accesorio”, pero realmente “innecesario”, puesto que no se adapta a los parámetros de lo “económico”, de lo “productivo”... es una sociedad que no tiene identidad ninguna, es una sociedad llamada a morir desde el principio, es una sociedad decadente, sin esperanza, sin perspectiva, condenada al fracaso desde el mismo momento en que se ha forjado.





Todos los animales saben optimizar sus recursos. El humano no es el ser racional. Todos los animales son racionales. Ningún animal ve un hondo precipicio y siente el brutal impulso de saltarlo, porque es racional y sabe que saltar le conllevará la muerte. El humano sí siente ese impulso. El humano, cuando se encuentra en una tesitura que lo lleva al borde del irracionalidad, es capaz de saltar. Y no estoy hablando de suicidio, que es una decisión que ha sido analizada en base a parámetros racionales. Estoy hablando de ver belleza donde otros ven rocas, de ver camino donde otros ven distancia, de ver vida donde otros ven muerte. Estoy hablando de locura...

Parte de ese impulso que nos puede llevar a saltar un precipicio es el que da al pintor el coraje para dar la primera pincelada al lienzo. O lo que lleva al poeta a empuñar la pluma sobre el papiro y dar rienda suelta a su pensamiento, dejándolo fluir. Pero es también el impulso que lleva a los grandes filósofos a figurarse cuestiones acerca del origen de nuestra existencia. Impulso que recogen los científicos para tratar de resolver esas cuestiones a a través de formulaciones teóricas. Impulso por el cual nos invaden los temores en la soledad de una habitación vacía, sin ningún peligro que nos aceche, cuando entendemos y nos maravillamos de lo profundamente insignificante que es nuestra existencia a ojos del universo. Somos seres artísticos, creativos, profundamente humanistas. El homínido que se acercó a esa llamarada candente que prendía de un árbol tras una intensa tormenta y decidió tomar una rama y contagiar esa vehemencia corpórea a otro cuerpo no lo hacía preso de un pensamiento racional, porque el pensamiento racional le hubiese dictado huir, marcharse lejos del peligro. Algo inmerso dentro de lo más profundo de su consciencia le decía que tenía que acercarse al fuego, aunque no sabía todavía por qué, ni para qué, ni qué sentido tenía hacerlo. No hubo una valoración previa de la actuación, de sus posibles consecuencias, o del rédito económico que le pudiese proporcionar. Es nuestra creatividad lo que nos permite avanzar, y la creatividad no es más que dar luz a una pizca dosificada de esa locura interior que nos azota constantemente. No estoy diciendo no a la ciencia. No estoy diciendo no a la tecnología, no estoy diciendo no a la economía. La ciencia, la tecnología y la economía son mis amigas. Y son mis peores enemigas. Quienes hoy son los dueños del mundo nos imponen un sistema educativo que separa el humanismo de estas tres cosas, como si fuesen antagónicas, cuando en realidad no son sino dos partes de una misma moneda, que se necesitan la una a la otra para subsistir. Humanismo debe de ser el hilo que teje nuestro entramado económico, científico-tecnológico y cultural. Debe hacerlo, para no permitir que estos tres se alejen demasiado de nosotros. Política es el resultado de esta ecuación, aunque la política del siglo XXI tiene poco que ver con ésto que he descrito. Humanismo es el arte de ser humanos. Cuando la economía se diseña para hacernos perseguir el dinero, entonces nos está empujando a perseguir algo que no es, por definición, parte de nosotros, algo que no es naturaleza, algo que no es humano. También se aleja de nuestros propios orígenes la tecnología que se diseña para matar, o la cultura que justifica los principios ideados por los intereses de unas élites, la cultura que aplasta y limita nuestra voluntad colectiva, nuestro deseo de saltar. Nadie es dueño de nuestras propias necesidades, nadie tiene legitimidad para dictarnos qué es lo queremos y qué es lo que necesitamos, porque somos seres dotados con el hermoso regalo de la consciencia. Hay que ser humanista para entenderlo. Hay que atreverse a pensar, para empezar a vivir.