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14 de noviembre de 2015

La misma cantinela de siempre

''Antonio Machado fue elegido miembro de la Real Academia. Pasados unos años fue a Francia con su familia y allí vivió hasta su muerte''. Evidentemente, Machado fue a Francia porque no tuvo otro remedio: tras el fin de la Guerra Civil, y dada su condición de republicano, tuvo que huir, se exilió. Esas palabras sobre Machado están recogidas en un libro de texto destinado a los estudiantes. Este es un ejemplo del penoso sistema educativo que existe en nuestro país. Tras casi cuarenta años de democracia, los distintos partidos políticos que han pasado por el Gobierno no se han dignado ni una sola vez a crear un sistema educativo definitivo, cuya única finalidad fuera enseñar a los estudiantes y no destrozar sus mentes llenándolas de ideologías. Cada vez que un gobierno nuevo entra en el círculo de poder, el sistema vuelve a cambiarse, y así hasta la actualidad, donde prevalece una educación deteriorada, en la que la cultura ha pasado a ser el último mono. Es triste, y vergonzoso.

De esta indignación surge el nuevo libro de Arturo Pérez-Reverte, La Guerra Civil contada a los jóvenes, con ilustraciones de Fernando Vicente. Un libro destinado a chicos de entre 11 y 16 años. Pero un libro que los adultos pueden leer también, pues nada ni nadie se lo impide. Reverte ha concebido este libro como una pincelada de nuestra historia más reciente, como un refuerzo a los libros de Historia. Es una obra que se lee con facilidad y que explica, brevemente y con puntuales detalles, los principales hechos que ocurrieron durante la Guerra Civil, así como las consecuencias de esta. Desde que tengo uso de memoria, y desde que soy lector, sobre todo de artículos, de Pérez-Reverte, he podido observar su preocupación por la educación que se imparte en España, y por cómo se traslada la Historia a los estudiantes. Reverte es un defensor del espíritu crítico. Cree que en una sociedad en la que existan ciudadanos críticos, el progreso del hombre se conseguirá de una forma más sencilla, más eficaz. Para Reverte, esos ciudadanos críticos se forman por medio de la educación; enseñando, por ejemplo, la Historia de un país. ''No hay que dejar a los jóvenes huérfanos de memoria'', dice el escritor.



Pérez-Reverte presentando su nuevo libro (EFE)


Esa preocupación por la educación la vimos ya el año pasado, cuando Reverte publicó una edición de El Quijote adaptada a los escolares. Este año, el académico vuelve a hablarle a los más jóvenes en su libro sobre la Guerra Civil, planteando el conflicto desde los hechos, sin entrar en política. Pero claro -¿cómo no iba a pasar en nuestra España querida?-, los asiduos al sistema establecido han saltado por ello, y lo han hecho de la mejor forma que saben: echando bilis.

En un artículo reciente, un tal David Becerra zarandea a Pérez-Reverte como si fuera un objeto inerte, alegando contra él y contra su libro todo tipo de argumentos que llevan a equívocos. Becerra afirma que Reverte ''despolitiza la Guerra Civil convirtiéndola en un absurdo, como si el pueblo español, en guerra constante contra sí mismo, hubiera iniciado una guerra por su vocación sempiterna de no saber convivir en paz''. Ante estas palabras, me planteo dos cuestiones. Una, si Becerra realmente se ha leído el nuevo libro de Reverte; y dos, si es lo sobradamente tonto como para sacar unas conclusiones tan nefastas. Siento mucho decirlo, pero ante la imbecilidad de ciertos individuos solo cabe hacer dos cosas: o te callas como una rata y dejas pasar la gilipollez dicha, o rebates el hecho. Pues bien, yo al autor de ese artículo que crítica a Reverte por contar, de forma sencilla -ya que su público objetivo, en este caso, son los jóvenes-, unos hechos como los de la Guerra Civil, le recomendaría leerse el libro si no se lo ha leído -ya que, por lo que dice en su texto, parece que no lo ha hecho- o, en caso de que sí lo haya leído, que lo vuelva a hacer, pero esta vez sin dejarse llevar por su ideología.


La Guerra Civil contada a los jóvenes (Fernando Vicente)


''Este es un libro que no va a gustar a los extremos'', decía Pérez-Reverte cuando lo presentó. Qué bien lo sabía. De verdad, no entiendo cómo la imbecilidad y la idiotez de algunas personas puede llegar a extremos tan rastreros como los que acabo de comentar en el anterior párrafo. ''¿Por qué no se habla de las causas políticas, que fueron las que en verdad desencadenaron la guerra?''. Esa es la pregunta que se hace Becerra en su artículo. Pues le voy a contestar, porque parece que él, Becerra, no ha entendido nada. ''La Guerra Civil enfrenta al amigo con el amigo, al vecino con el vecino, al hermano con el hermano''. Pérez-Reverte quiere dejar atrás, de una vez por toda, el aberrante sistema del A o B, de la derecha o la izquierda. El atroz sistema de las etiquetas, que no son sino consecuencia de la Guerra Civil, y que llega hasta nuestros días. Algunos iluminados parece que aún no entienden eso y se empeñan en seguir metiendo cizalla para intentar callar a las pocas voces lúcidas que quedan en nuestro país.

¿Quién hay mejor que Arturo Pérez-Reverte para hablarnos sobre una guerra civil? Él fue durante veinticinco años corresponsal de guerra y vio y vivió desde fuera lo que era que hombres o mujeres del mismo país lucharan entre ellos por defender las absurdas ideologías que, al final, solo traen problemas. Parece que algunos, en España, siguen buscando un culpable de la Guerra Civil, siguen diferenciando entre buenos y malos, rojos y fachas. Es absurdo, pero pasa, porque las consecuencias ideológicas de la Guerra Civil continúan existiendo. Aquellos que critican a Pérez-Reverte por este nuevo libro son los que, aunque no lo crean, siguen con esa mentalidad errónea del que no quiere ver: la de diferenciar entre tu bando y el mío, entre A o B. Yo no soy nadie, pero me parece sucio que unos tipos de poca monta que quieren dárselas de intelectuales manchen la notable figura de un señor como Arturo Pérez-Reverte. Y, ni mucho menos, voy a permitir que semejantes individuos continúen con la misma cantinela de siempre: etiquetas, bandos... Pérez-Reverte no publica un libro de Historia. Publica un ensayo histórico, por así definirlo; una obra que trata de enganchar al lector de once, quince, veinte o cincuenta años para que este, una vez tenga esas pinceladas en su cabeza sobre lo que ocurrió en la Guerra Civil, se convierta en autodidacta, en investigador, e indague sobre el tema.


La Guerra Civil contada a los jóvenes (Fernando Vicente)


Parece que en este país si no te posicionas no eres nadie. Arturo Pérez-Reverte no quiere vender humo a los jóvenes con esta nueva obra, quiere mostrarles una serie de hechos históricos para que luego ellos abran su mente y averigüen, por su propio pie, qué pasó en la Guerra Civil. Reverte será un cabrón de mucho cuidado, un tipo con un par de cojones, capaz de llamarnos gilipollas, gandules o hijos de puta. Será un chulo de la hostia, un faltón o un creído. Pero ni mucho menos es un mentiroso o un falso, porque él, más que nadie en este país, será de los pocos que se preocupa de verdad por la educación y por la juventud, y La Guerra Civil contada a los jóvenes es un ejemplo más de ello.

18 de octubre de 2015

¿Qué es el humanismo?


Durante mucho tiempo me he preguntado qué era el humanismo, para qué servía. He llegado a pensar, incluso, que no servía para nada, que era un fracaso para el progreso el hecho de que alguien estuviese haciendo una tesis doctoral sobre la civilización mesopotámica cuando podría tratar de contribuir en la lucha contra el cáncer habiendo estudiado medicina. He seguido caracoleando mucho tiempo alrededor de este pensamiento, porque yo soy humanista por naturaleza, no soporto los números, me aburren, me parecen rutinarios -aunque no lo son en absoluto, hay algunos aspectos que encuentro fascinantes, pero nunca los he dado en la escuela-. No puedo, yo necesito tener mi pensamiento siempre a mil revoluciones, caminar constantemente al borde del delirio. Necesito cine, teatro, música, literatura, política, debate, conversación. Pero hay también otra parte de mí que necesita devolver la racionalidad al mundo, para evitar que me caiga en ese precipicio en el que estoy constantemente haciendo equilibrios. Mis dos partes batallan constantemente por llevar la iniciativa a cada instante en que vivo, una batalla cruenta y feroz, como la que en El lobo estepario mantienen la parte humana y la parte animal de Harry Haller. Me da rabia, por ejemplo, tener tanta fe y no poder creer en Dios. Me da rabia poder escribir lo que pienso con tanta facilidad y saber que nunca voy a salvar una vida apretando las teclas de un ordenador. Me da rabia, incluso, estar en medio de una discusión política, defendiendo una posición concreta, y darme cuenta mientras hablo de que en realidad no se nada. De que hay infinitas posibilidades de que esté total y absolutamente equivocado.

Pero soy humanista, por fin lo he aceptado. Cuando en cuarto de la ESO me obligaron a elegir entre ciencias o letras y yo, basándome únicamente en mi expediente y en la diferente reputación social que tenía cada uno de esos dos caminos, elegí ciencias... desde luego que entonces no tenía ni idea de lo que yo era. Y por supuesto que era humanista, ya lo era desde hacía mucho tiempo, lo que pasa es que no tenía ni idea de lo que eso significaba. Porque nadie me lo había explicado nunca. Qué cojones, yo quería hacer latín y biología, y cuando me dijeron que eso no podía ser no tenía ni pajolera idea de por qué tenía que ser así. Pero así tenía que ser.

El caso es que, una vez que he aceptado mi humilde condición, mi cabeza necesita encontrar una serie de respuestas a ciertas cuestiones que mi mente ha ido aplazando justificándose en el hecho de que todavía era demasiado joven como para encontrarme a mí mismo (de hecho, nunca dejamos de serlo) o como para articular un pensamiento concreto. Algunas preguntas siguen ondeando mi mente y por el momento no pretendo encontrar las respuestas. Otras, como la que hoy formulo, se me descifran por casualidad. Así como Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como. Y luego lo escribo pa' que os lo comáis vosotros.

Lo más sorprendente de toda esta historia, o quizás lo más previsible, es que no fue un profundo razonamiento, fruto de una lectura concienzuda, lo que me dio la respuesta, sino que ésta vino desde el propio delirio irracional, desde mi otra parte (ahora entiendo la dialéctica platónica), la que aflora al cerrar los ojos -apagar el mundo- y escuchar una canción. Ésta canción. No es una pieza de Bach ni unos versos de Víctor Jara, es la banda sonora de una peli de Tarantino. En fin, cosas que tiene la vida. Por favor, seguid leyendo mientras la escucháis de fondo. A lo mejor todo esto es una tontería, una cavilación pretenciosa y fantasiosa. Es probable, de hecho, hay una parte de mí que no deja de repetírmelo, una y otra vez. Pero no la voy a escuchar. Hoy, por lo menos, no.






La canción habla de un grupo de músicos y un anciano. El anciano -el fantástico músico Gheorghe Zamfir- toca una zampoña rumana, un instrumento que encuentra sus orígenes en los altiplanos andinos, y que los indígenas tocaban en sus rituales y en sus celebraciones. Por detrás de él toda una orquesta de músicos con instrumentos de viento y de cuerda, forman la masa de sonido que ejerce de base y fondo. Una orquesta previamente pensada y diseñada instrumento por instrumento, nota por nota, para alcanzar la exquisitez armónica. Pero, y a pesar de la complejidad de la composición, sobresale por encima de cualquier otro sonido la zampoña. Destaca porque denota individualidad propia, identidad al margen del colectivo, autoestima y personalidad. Y libertad. Sobretodo libertad. Ese instrumento se diferencia del resto porque sus notas fluyen totalmente a través del ambiente, como si fuesen un hilillo de humo ondulando, bailando con el viento. La zampoña no ha necesitado un complejo proceso para crearse. Se ha hecho a partir del tallo de las plantas, ha nacido y se ha germinado en la propia naturaleza, y sólo ha necesitado unas manos desnudas para su elaboración. No ha necesitado más, ni adornos, ni aderezos formales, ni disfraces, ni siquiera un espejo donde mirarse y donde compararse con otros instrumentos. El sonido fluye por sí solo sin la ayuda de nadie. Y fluye porque es auténtico, porque es cercano a la naturaleza, es sencillo. Y, sobretodo, porque tiene unas manos extraordinarias que lo emplean. Porque un maestro ha tallado el instrumento, lo ha domado con destreza y ha perfeccionado su técnica a través de los años. Esa zampoña es la que otorga belleza real a la composición. Es culpable de las lágrimas del público: es portadora de los sentimientos, de los arrebatos del alma, los anhelos que se desprenden de los ideales. Y es culpable, y es el sentido propio de la vida. La esencia de la vida sólo se puede captar a través de un viaje de las emociones. Un viaje que nos permita volar alto y despojarnos de todo tipo de imperativo o necesidad que no derive de nuestra propia voluntad. Un viaje que nos permita quitarnos el peso de la armadura de esta fatigosa sociedad que impide al individuo caminar y ser libre, y que lo encierra dentro de una rutina, de una apariencia que “debemos mantener”, de unos objetivos que “debemos cumplir”, pero que nosotros no tenemos la potestad de decidir, porque hemos nacido en este sistema y en él vamos a morir. No se puede encarar la vida desde una perspectiva puramente científica y racional, porque entonces nos estamos esclavizando totalmente, nos estamos programando y mecanizando dentro de unos parámetros y unas leyes fijadas, nos estamos cortando las alas, estamos poniéndonos barrotes a nosotros mismos. Una sociedad que desprecia el humanismo y lo relega a una categoría menor, lo asocia a un tipo de conocimiento “accesorio”, pero realmente “innecesario”, puesto que no se adapta a los parámetros de lo “económico”, de lo “productivo”... es una sociedad que no tiene identidad ninguna, es una sociedad llamada a morir desde el principio, es una sociedad decadente, sin esperanza, sin perspectiva, condenada al fracaso desde el mismo momento en que se ha forjado.





Todos los animales saben optimizar sus recursos. El humano no es el ser racional. Todos los animales son racionales. Ningún animal ve un hondo precipicio y siente el brutal impulso de saltarlo, porque es racional y sabe que saltar le conllevará la muerte. El humano sí siente ese impulso. El humano, cuando se encuentra en una tesitura que lo lleva al borde del irracionalidad, es capaz de saltar. Y no estoy hablando de suicidio, que es una decisión que ha sido analizada en base a parámetros racionales. Estoy hablando de ver belleza donde otros ven rocas, de ver camino donde otros ven distancia, de ver vida donde otros ven muerte. Estoy hablando de locura...

Parte de ese impulso que nos puede llevar a saltar un precipicio es el que da al pintor el coraje para dar la primera pincelada al lienzo. O lo que lleva al poeta a empuñar la pluma sobre el papiro y dar rienda suelta a su pensamiento, dejándolo fluir. Pero es también el impulso que lleva a los grandes filósofos a figurarse cuestiones acerca del origen de nuestra existencia. Impulso que recogen los científicos para tratar de resolver esas cuestiones a a través de formulaciones teóricas. Impulso por el cual nos invaden los temores en la soledad de una habitación vacía, sin ningún peligro que nos aceche, cuando entendemos y nos maravillamos de lo profundamente insignificante que es nuestra existencia a ojos del universo. Somos seres artísticos, creativos, profundamente humanistas. El homínido que se acercó a esa llamarada candente que prendía de un árbol tras una intensa tormenta y decidió tomar una rama y contagiar esa vehemencia corpórea a otro cuerpo no lo hacía preso de un pensamiento racional, porque el pensamiento racional le hubiese dictado huir, marcharse lejos del peligro. Algo inmerso dentro de lo más profundo de su consciencia le decía que tenía que acercarse al fuego, aunque no sabía todavía por qué, ni para qué, ni qué sentido tenía hacerlo. No hubo una valoración previa de la actuación, de sus posibles consecuencias, o del rédito económico que le pudiese proporcionar. Es nuestra creatividad lo que nos permite avanzar, y la creatividad no es más que dar luz a una pizca dosificada de esa locura interior que nos azota constantemente. No estoy diciendo no a la ciencia. No estoy diciendo no a la tecnología, no estoy diciendo no a la economía. La ciencia, la tecnología y la economía son mis amigas. Y son mis peores enemigas. Quienes hoy son los dueños del mundo nos imponen un sistema educativo que separa el humanismo de estas tres cosas, como si fuesen antagónicas, cuando en realidad no son sino dos partes de una misma moneda, que se necesitan la una a la otra para subsistir. Humanismo debe de ser el hilo que teje nuestro entramado económico, científico-tecnológico y cultural. Debe hacerlo, para no permitir que estos tres se alejen demasiado de nosotros. Política es el resultado de esta ecuación, aunque la política del siglo XXI tiene poco que ver con ésto que he descrito. Humanismo es el arte de ser humanos. Cuando la economía se diseña para hacernos perseguir el dinero, entonces nos está empujando a perseguir algo que no es, por definición, parte de nosotros, algo que no es naturaleza, algo que no es humano. También se aleja de nuestros propios orígenes la tecnología que se diseña para matar, o la cultura que justifica los principios ideados por los intereses de unas élites, la cultura que aplasta y limita nuestra voluntad colectiva, nuestro deseo de saltar. Nadie es dueño de nuestras propias necesidades, nadie tiene legitimidad para dictarnos qué es lo queremos y qué es lo que necesitamos, porque somos seres dotados con el hermoso regalo de la consciencia. Hay que ser humanista para entenderlo. Hay que atreverse a pensar, para empezar a vivir.





17 de octubre de 2015

Todo por el sistema

Suena el despertador. Me levanto y me estiro un poco. Así, para descargar tensiones. Me preparo un café y un par de tostadas. Doy los buenos días a Jorge, mi compañero de habitación, y nos sentamos el uno frente al otro para desayunar. Por un momento, me siento tentado de poner la radio y escuchar qué se cuece en las ondas. Pero es sábado, casi la una de la tarde ya, y la programación en un día así me produce un poco de tirria. Jorge y yo nos ponemos a hablar de algunas de las noticias que han tenido lugar durante la semana. Sin duda, una de las más comentadas en todas las comidillas públicas ha sido el cara a cara entre Albert Rivera y Pablo Iglesias que emitirá Salvados el próximo domingo. ''Empieza fuerte Évole'', dice mi compañero. Asiento con la cabeza. Quizá este sea el cara a cara más esperado del último año -¿he dicho quizá? Es. Es el cara a cara más esperado-, aunque ver uno entre Rajoy e Iglesias sería también para chuparse los dedos. Me parece muy bien eso de los cara a cara, de las encuestas y de los mitines de partidos, pero un cosa que quede clara: durante el verano, todos ellos, los políticos, estaban calladitos, sin decir ni mu; y ahora que las elecciones are coming, vuelven a pronunciarse, a ser mediáticos, una y otra vez, una y otra vez, como una matraca que no cesa. Estuvieron en silencio durante un tiempo y ya están aquí de nuevo, han vuelto. Es la lucha por la moqueta de despacho, por el machito, como diría uno que yo me sé. Je, je.


Iglesias, Évole y Rivera en el 'cara a cara'. (Fuente: La Sexta)


''Y a ti, ¿un debate a cuatro qué te parecería?'', me pregunta Jorge. Ya lo propuso Iglesias el otro día. Rivera aceptó, Sánchez también, pero el que no lo hizo -una vez más- fue el señor Rajoy. Parece que el presidente tiene miedo a las apariciones públicas, a debatir con otros compañeros de profesión. En fin, el PP se encierra en sí mismo. No sé cuál será su táctica para ganar las elecciones, la verdad. A lo mejor se creen que haciendo vídeos chorras todo vale, que todo está a salvo, y que la gente les votará por el mero hecho de pintar la cara a una chica con la bandera de nuestro país. ''Lo bueno sería que después del cara a cara entre Iglesias y Rivera hicieran el tan ansiado debate a cuatro'', le digo a mi compañero. Pero nada, el PP se niega a ello. ''Ojalá cunda el ejemplo y no sea el único cara a cara''. Todo esto sucede con el sonido de fondo de las encuestas situando a PP, PSOE y Ciudadanos en la cúspide de la política española. Podemos, según Metroscopia, da un bajón, o, como diría Risto Mejide, se da una hostia, una buena hostia. Y oigan, qué entrevista más cómplice le hizo el otro día Risto a Iglesias en su rincón, comparándola con la que le hizo en el Chester, claro. Pero bueno, he de decir que me gustó bastante, la verdad. Hablando de encuestas, por si no lo saben, Podemos también ha hecho una. Se ve que se sintieron ofendidos por la situación en la que les había puesto Metroscopia y decidieron hacer una ellos. Pues guay, ¿no? El problema es que Pablo Iglesias ha calificado a Metroscopia de ''retuerce sondeos''. Sin embargo, cuando hace un año a Podemos se le ponía por las nubes, bien que Iglesias les tiró besitos. Sí, como los de los emoticonos del WhatsApp. Y luego está la encuesta de El Español. O, para definirla bien, la recopilación de encuestas de El Español, que posiciona a PP (28%) y PSOE (24%) por delante de los dos nuevos partidos emergentes (ambos con un 15%). Yo también tiro más hacia esa opción. La veo más real. Pero, creyéndonos lo que dice Metroscopia, en ese caso, Ciudadanos tendría la llave para gobernar España. Me explico. Quizá el subidón del partido de Rivera se deba a las recientes elecciones catalanas, ya que Ciudadanos, dentro de los partidos no independentistas, se posiciona en Cataluña como el primero; por tanto, puede tener la tecla para rebajar los humos de la independencia catalana, y también los humos de muchos españoles que, en vez de colaborar moderadamente, solo saben echar bilis contra Cataluña.

Y es que somos un país de etiquetas, y de bandos. La dictadura de lo políticamente correctos y del A o B -algún día encontraré una palabra para definirla- marcan nuestra vida. Somos de derechas o de izquierdas, fachas o rojos, comunistas o capitalistas, del Madrid o del Barça, del PP o del PSOE, monárquicos o republicanos. No hay término medio. Aristóteles tiene que estar bastante enfadado con nosotros. Somos gente a la que le gusta el morbo y el mal rollo. Seamos sinceros. Le he contado tantas veces esta parrafada a mi compañero Jorge que él ya debe estar cansado de mí. Mientras hablo con él, se lo vuelvo a decir. Si es que no tengo remedio. Y no lo tengo porque hasta yo utilizo etiquetas. Y somos un país, un pueblo, que se vilipendia a sí mismo. No somos tan mal país, ni tan mala gente. Muchas veces, por redes sociales, es donde más se insulta, se difama, a España y a los españoles. Sentirse español no es decir aquello de viva España. Sentir algo por un país es saber apreciar su cultura, su gastronomía, su geografía. Con el tema del 12 de octubre, volvimos a ver la polaridad que sufre nuestro país: dos sentimientos se encontraron, frente a frente, malmetiendo el uno contra el otro. Lo mismo de siempre. La misma rabia acumulada durante años. La Guerra Civil, los dos bandos, siguen presentes en este país. Es triste, y doloroso.

También es triste el sistema educativo que tenemos. Y, sobre todo, es triste tratar de comer el coco a los niños con simbología, banderas o ideologías para que sigan una línea u otra. Lo peor es que si encima lo criticas parece que está mal. Un niño de tres o cuatro años no tiene que seguir una bandera. Tiene que jugar, divertirse y dejar que su cerebro se expanda para aprender. Pero el sistema educativo, infectado de profesores mediocres -no digo que todos lo sean-, se empeña en encajonar, encasillar, a los pequeños. Parece un sistema militarizado, corrupto. Parece que quieren que no pensemos. ''¿Nos privan de la filosofía para hacernos más borregos?'', pregunto a mi compañero. Él me escucha atentamente, corroborando muchas de las cosas que digo.


(Fuente: @jordievole)


El sistema. Todo está movido por un sistema que se está desmoronando poco a poco. Todo se mueve por la pasta. Un sistema donde Bruselas quiere volver a apretar las tuercas a los españoles. Pero no pasa nada, Rajoy sigue diciendo que todo está bien. Todo por el sistema. Un sistema donde el cerrojo más casposo de la Iglesia atenta contra la llegada de los refugiados sirios. Pero tampoco pasa nada, porque luego reculan y cambian sus palabras, piden por ellos, por sus almas. No sé cómo el Papa Francisco sigue en su puesto. ¿Un Papa tan progresista en un nido de cuervos...? Ojalá limpie la institución. Pero eso, como el tan ansiado debate a cuatro, parece un sueño lejano.

Llaman a la puerta. Es Blai. Viene con un plato de macarrones entre sus brazos. Lo trae acunado, como si se tratara de un bebé. ''¡¿Todavía estáis en pijama?!'', nos dice a Jorge y a mí. Los tres nos reímos. Blai deja su plato encima de la mesa y se une a nosotros. Jorge se levanta de la silla y se va a la pequeña cocina que tenemos en la habitación. ''¿Qué te vas a hacer de comer?'', le pregunto. ''Macarrones'', sonríe. Luego, cuando acabe de cocinar, me toca a mí hacerme la comida. Macarrones también. Je, je. ''¿De qué vas a hacer el artículo para el blog?'', me dice Blai. Sonrío. Mientras escucho Mike Oldfield, voy pensando unas últimas palabras para esta historia. ''¿Y tú, Blai? ¿De qué lo vas a hacer?''.