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29 de noviembre de 2015

De cómo me convertí en el líder de dos repúblicas


La política es una cosa complicada, amigos. Nada es nunca como parece, siempre detrás de los hechos hay intereses ocultos y una serie de relación de causas y consecuencias que se van dando a lo largo de la línea temporal hasta perpetrar este hecho. La lucha por el poder es una lucha donde no existe la honradez ni la moral, es una lucha para nada elegante, plagada de traiciones, enredos, promesas incumplidas, injusticia, castigo y muerte. Se nos dice que la lucha por el poder es la lucha entre los demócratas y los enemigos de la democracia, pero a veces esta batalla poco tiene que ver con lo que debería ser e históricamente ha sido, que es el enfrentamiento entre el pueblo oprimido y la clase opresora.

La política es algo que nos incumbe a todos y por tanto debería ser responsabilidad de todos tomar consciencia de en qué medida ésta nos afecta y qué podemos hacer nosotros por mejorarla. La política se organiza en diversos niveles y cada uno de ellos tiene también una importancia directa en nosotros mismos. Yo hasta hace poco era un apolítico del Whatsapp. Vivía tranquilo en mis grupos de Whatsapp, ajeno a lo que en ellos pasara, aferrado a mi posición de comodidad y echando la vista a otro lado frente a las injusticias que en estos se acometían. En uno de esos grupos, llamado Copichuelas, había un solo administrador, llamemosle Señor G, que gobernaba de la forma más feroz y autoritaria que os podáis imaginar. Son tales las atrocidades que cometió en el ejercicio de su cargo que todavía me cuesta retener las lágrimas de rabia cada vez que recuerdo alguno de los episodios acaecidos en aquella oscura etapa. Un día, por tanto, el pueblo se levantó en contra del opresor y yo lideré la insurrección con la creación de un nuevo grupo, con los mismos componentes, que iba a sustituir al antiguo. El grupo pasó a llamarse República Copichueliana, y lo administré junto con dos personas de mi confianza. La idea era crear un nuevo grupo que creciera bajo los valores socialistas y democráticos. No obstante, el anterior administrador no estuvo lógicamente conforme con la revolución, e inició un proceso de boikot: la guerra había empezado.



Si en algo debo coincidir plenamente con el revolucionario ruso León Trotski, tristemente asesinado por las fuerzas de seguridad soviéticas, es en su concepción de la revolución permanente, término de origen marxista. En un mundo históricamente dominado por los intereses imperialistas y donde todos los países tienen una altísima dependencia del capital financiero, es muy complicado que una revolución aislada pueda sobrevivir. Es por ello que sentí la imperiosa necesidad de llevar a cabo la revolución en otros grupos de Whatsapp, y vi en este ambiente caldeado la oportunidad para expandirla. Toda gran revolución comienza con un detonante, y los demás pueblos deben aprovechar el efecto de la onda expansiva para fraguar su propio proceso de emancipación. De no hacerlo, este efecto se irá reduciendo progresivamente hasta llegar a un punto en que el proletariado se mimetizará de nuevo con el sistema vigente y abandonará sus ideas de cambio. Así que inicié la estrategia para hacerme con otro grupo que también estaba administrado por el Señor G: La Cantina.
Muy pronto me puse a negociar con él. El que antes fue opresor ahora se tenía que sentar a hablar con un antiguo proletario, en una posición claramente de inferioridad. Fue como la visita de Castro a Eisenhower en 1959; no podía haber sensación más gratificante.

El pacto al que se llegó fue el siguiente: él me cedía la administración de La Cantina y yo a cambio le cedía la República Copichueliana, ambos seríamos coadministradores de ambos grupos. Firmamos, además, un pacto de no agresión para asegurar que ninguno de los dos expulsaba al otro del grupo para quedarse con el poder absoluto. Un acuerdo con el enemigo, pensarán algunos, pero también Hitler y Stalin tuvieron su luna de miel en agosto de 1939, con la firma del Pacto Ribbentrop-Mólotov. Una traición al pueblo en favor de las élites, al más puro estilo Tsipras, pensarán otros, pero a veces los defensores de los derechos del pueblo deben ceder en ciertos aspectos para asegurar otros. Llámenme socialdemócrata, qué le vamos a hacer.
Pero el terrible Señor G rompió el pacto de no agresión echándome de La República Copichueliana a las primeras de cambio. Por suerte, los dos administradores que había puesto reaccionaron rápidamente y le quitaron la administración del grupo, volviéndo a dármela a mí. Pero yo me vi entonces legitimado para echar al Señor G de La Cantina y quedarme yo sólo al frente del poder, puesto que él había sido el primero en atacar. La estrategia del engaño acabó por tornarse en su contra. Una gran lección democrática.





Proclamé la República Cantinera, relaté una Constitución y abrí un proceso de elecciones democráticas para elegir a dos nuevos administradores del grupo. Pero el tirano Señor G, sediento de poder, no cesaba en sus intentos por recuperar el grupo, y creó un grupo alternativo que rompía con la historia y el legado del grupo original, vigente desde el año 2013. Unas malévolas intenciones de las que trató de hacer partícipes a los otros miembros del grupo mediante su sofisticada retórica. De sobra es sabido que la historia de la política es la historia de la buena retórica: los grandes oradores son los que acaban alzándose con el poder, más allá de sus intenciones políticas. Así, personajes tan infames como Adolf Hitler, Ronald Reagan o Esperanza Aguirre llegaron al poder a través de unas elecciones. A pesar de la inestabilidad, yo seguía tratando de impulsar el proyecto democrático de la República y más del 70% de los miembros del grupo presentaron su candidatura a administrador. No obstante, un terrible e inesperado hecho estaba por acontecer.
Centrado en combatir duramente a la oposición, obvié el crecimiento de otras fuerzas que en un principio me parecieron apolíticas y, por tanto, carentes de amenaza. Así, cometí el error de otorgar demasiado poder a una figura mediadora, el Señor R, que aseguró estar de mi lado, pero que acabó por echarme del grupo, anular el Proceso Constituyente y ponerse a gobernar junto con su aliado, el Señor P, utilizando el terror como herramienta. Ocurrió del mismo modo que sucedió en la Afganistan de los años 80, cuando yanquis y comunistas se peleaban por el territorio obviando un problema que se estaba germinando y que hoy representa una gran amenaza internacional: el yihadismo. Igual que los talibanes se quedaron con Afganistan, el terrorismo de extrema derecha se quedaba con la República. Yo había sido exiliado, pero se hacía absolutamente necesario un Pacto de Estado para combatir el terrorismo. Como el que firmaron Rajoy y Pedro Sánchez tras los atentados de Charlie Hebdo, pero en plan serio. En seguida me puse en contacto con el Señor G para valorar qué acuerdo podíamos alcanzar. Paralelamente había acordado una reunión con el líder de los terroristas, el Señor R. Cierto que no es muy elegante lo de negociar con terroristas, pero a veces esta es la única posibilidad de hacer política. Hay precedentes: Zapatero negoció con ETA durante su segunda legislatura y todavía hoy continúan abiertos los diálogos entre el gobierno colombiano de Juan Manuel Santos y las FARC.
Acordé a corto plazo el fin de mi exilio, pero ¿cuál fue mi sorpresa al volver? El líder terrorista había ejecutado a su aliado y ahora gobernaba junto con el Señor G. Tal y como sospechaba, el poder y el terrorismo habían mantenido conexiones desde el principio para echarme del poder. Al-Qaeda, Ansar al-Sharia, Daesh ¿Les suenan de algo los nombres? Efectivamente, lo sucedido en mi hermosa república no es un ejemplo aislado y hasta en la propia España el gobierno de Felipe González financió un grupo terrorista para combatir a ETA, como bien ustedes recordarán.
La nueva dictadura era un absoluto caos. Se había anulado la Constitución, se canceló el proceso electoral y no había libertad de expresión: me expulsaron sólo por haber tildado una medida de populista.



Pero si algo me daba fuerza en estos momentos tan duros, es saber que yo no era el único castigado por luchar por la paz, la libertad de expresión y el derecho de autodeterminación de los pueblos. Antes estuvieron en la cárcel Mahatma Gandhi, Nelson Mandela y Martin Luther King. Uno de los referentes políticos de nuestro tiempo, José Mujica, también tuvo que pasar un tiempo por la cárcel para finalmente acabar convirtiéndose en uno de los presidentes latinoamericanos que más admiración han despertado y que ha conseguido poner de acuerdo tanto a la derecha como a la izquierda mediática. Arnaldo Otegi pondrá fin a su estancia en prisión en la primavera de 2016 y podría ser lehendakari antes de terminar ese año.
Consciente de que el Pacto de Estado no se iba a poder dar, reemprendí la estrategia de la negociación. La vía que utilicé fue la de ayudar al Señor R a hacerse una cuenta en Amazon a cambio de mi retorno al poder. Una cuenta que probablemente utilizará para comprar plutonio y armamento nuclear. Algunos me acusarán de colaborar con las actividades terroristas, quizás. Pero oigan, si España vende armas al régimen saudí y no se le considera colaborador del yihadismo, uno se siente legitimado para tomar cualquier medida que entre dentro de la legalidad vigente. De este modo, volví a ser administrador y Líder Supremo de la República.

Una vez retomada mi posesión del cargo y visto el fracaso de la anterior experiencia democrática decidí cambiar totalmente la estrategia de gobierno. No he sido yo el primero en darme cuenta de que la democracia no funciona. Ya lo dijo Platón allá por el S. IV a. C. y ahora estaba yo dispuesto a gobernar siguiendo los postulados de la aristocracia platónica, o gobierno de los sabios, tal y como él la llamaba. Suspendí las elecciones que estaban pendientes y puse como administrador a una persona de mi confianza. Reimplanté la Constitución, pero declaré de inmediato el Estado de Emergencia y quedaron suspendidas las garantías constitucionales. Era consciente de que para mantener la estabilidad del grupo debía gobernar con mano de hierro, del mismo modo que empleó Otto Von Bismarck para defender el II Reich o Robespierre para salvar el ideal revolucionario.

Y hasta aquí llega la historia. Ahora reina la concordia en las dos Repúblicas y se avecinan tiempos de paz y prosperidad. He aprendido muchas cosas de esta, mi primera incursión política. Ustedes también, espero, hayan aprendido mucho de este relato. Como que la lucha por el poder es una batalla turbia y repleta de engaños, donde no existe la ética ni el honor, como que el relato que nos transmite la clase política nunca coincide con la realidad que existe detrás. Como que el pueblo que cree, convencido, tener la soberanía, no adquiere significado ninguno en esta lucha. Pero ante todo y por sobre de todas las cosas, tengan presente una lección: si alguna vez ven mi nombre impreso en una papeleta electoral…

¡¡¡¡No cometan la locura de votarme!!!!





Dedicat a tots els membres de la República Cantinera y la República Copichueliana


11 de octubre de 2015

Vientos de pueblo

Bueno, pues aquí estoy otra vez escribiendo, debutando en el nuevo blog que continúa la aventura iniciada en la Red-Acción y en el que nuevamente, me siento enormemente agradecido por poder participar. A lo mejor no es el mejor día para estrenarme, puesto que considero un alto porcentaje de nuestros lectores afines deben estar disfrutando de esta pequeña dosis de libertad que en este puente se nos ofrece. Y es que estos días la gente se ha vuelto a sus pueblos o se han ido de vacaciones para celebrar y para aprovechar las múltiples actividades lúdico-festivas que los ciudadanos de esta nación han puesto en marcha para celebrar por todo lo alto su hispanidad. Sí, mañana es 12 de octubre. Mañana es la Fiesta Nacional. La gente se lanzará a las calles ondeando la bandera en una potente expresión de orgullo y amor por la patria. Que dices sí, bueno. Vale. Pero yo me he puesto a pensar, a divagar, cómo suelo hacer, y me he dicho ¿qué coño se conmemora exactamente el 12 de Octubre?
Según argumenta la Ley 18/1987 “la fecha elegida, el 12 de octubre, simboliza la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los reinos de España en una misma monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos”. Pues nada, sí, a celebrarlo, que estamos a punto ¿eh? Pero yo me digo ¿cuándo vamos a terminar el proceso? A no ser que se refiera a eso de “la integración de los reinos de España en una misma monarquía”, ya, sí, ese proceso si que terminó hace ya muuuucho tiempo.


No, venga, que no me lo trago, yo quiero saber qué vamos a celebrar mañana, qué es realmente la hispanidad, cómo se respira su esencia. Y para eso yo creo que nos tenemos que remontar muy atrás, hacia los tiempos en que el tatara-tatara-tataranieto del celebérrimo creador de la marca de detergentes Colón tropieza con un cacho de tierra desconocida y sus descendientes empiezan a frecuentarla para quemar bosques, construir iglesias y violar a las indígenas. Yo creo que más o menos por ahí empezó todo. Cuando la inminente nueva clase social burguesa empieza a enviar barcos vacíos al otro continente y un reducido pero suficientemente notable bultito empieza a asomarse en la entrepierna de nuestros monarcas cada vez que un nuevo territorio es consquistado. Eran tiempos felices, de carpe diem, tempestad bucólica y narices superlativas. Y eso al principio estaba guay, pero luego eso del carpe diem y el antropocentrismo se desmadró demasiado, llegó la ilustración y los gabachos empezaron a cortar las cabezas de los reyes. Y claro eso ya no molaba. De todos modos en la estepa castellana el wifi siempre ha ido un poco lento y también estaba la gente demasiado ocupada luchando contra molinos gigantes, así que para cuando llegaron esas ideas modernas ya nos daba mucha pereza ir a cortar cabezas, además que los plebeyos no tenían guillotina y la azada bastante mierda tenía que arrastrar ya todo el día como para ponerse a partir cervicales. Y como El espíritu de las leyes era demasiado largo nos leímos el Leviathan así, salteado, e ideamos una especie de despotismo ilustrado que luego derivó en un turnismo de palo en el Siglo XIX, digo de palo porque muy de acuerdo no se ponían los señores burgueses que acababan siempre utilizando el ejército y encima se les coló una república ahí por el medio. Y luego llegó 1898, los yanquis nos mearon en la cara y finalmente, en el imperio español, se puso el Sol.

Pues así fue más o menos al principio. El concepto de hispanidad como redención absoluta al monarca y a la religión, como conducta megalómana junto con un total y absoluto desconocimiento de la realidad global. ¿Y la europea? Sí bueno, a eso me refiero. Hispanidad como símbolo de pobreza de los pueblos y del retraso económico, tecnológico e industrial en relación con las otras naciones. Pero también es cierto eso que se dice de que “en este país hay de todo”. Llega el siglo XX y la cosa se empieza a caldear, tiemblan los cimientos de la Restauración, ladra un perro andaluz y Gasset publica La rebelión de las masas. Y el hombre-masa queda en evidencia tras el Jueves Negro, y se tiene que enfrentar a los ávidos lectores de Marx, Engels y Bakunin, al espejo candente de la Revolución de Octubre que llega a nuestra nación tras el escepticismo que flota en el ambiente a la muerte de Miguel Primo de Rivera. Y llega la Segunda, llega el Frente Popular, y España deja de ser católica.
Y aquí también hay algo de hispanidad. Aquí en la herencia que nos dejan cinco años de República, y tres más de Guerra Civil. En la confrontación de dos ideales opuestos incapaces de coexistir, por pura lógica y definición, igual que no pueden coexistir el odio con la solidaridad, la tradición con el progreso, la muerte con la vida. Y Picasso pinta el Guernica. Y quiero creer que en ese grito de angustia que emana de una de las obras de arte más maravillosas del siglo pasado, hay, por lo menos, una pizca de hispanidad. Que la hispanidad fue lo que movió a miles de españoles a los campos de batalla, pero también a miles de franceses, alemanes, italianos y obreros de todos los países que llegaron a Madrid a defender con los fusiles la victoria del socialismo y de la democracia. Que hispanidad llenó de caligrafía borrosa las libretas de Miguel Hernández en el frente de Jaén y lo siguió haciendo en sus últimos años, metido en un angosto calabozo, a pesar del dolor, a pesar de la derrota.
Porque hay que reivindicarlo, hispanidad también era todo aquello. Y el hecho de reivindicarlo es, más que un convencimiento, una responsabilidad. Porque no hacerlo sería robustecer el discurso dictatorial que en este país arrebató el concepto de hispanidad a unos para otorgárselo a otros, a partir de sus propios criterios, basados en el odio y la discriminación. Un discurso que todavía algunos mantienen. Un discurso fascista, conservador, autoritario. De algún modo, eso también es hispanidad, también hubo gente que murió por ello, y también mañana ondearan banderas sobre el convencimiento de estas ideas. Es lamentable, pero no debemos olvidarlo.



Llegó la dictadura y la Guerra Mundial, Berlanga se marchó a jugar con los nazis, Manuel pasó a ser el Machado bueno, Mercader mató a Trotsky de un pioletazo, Hitler se pegó un tiro, Berlanga volvió y rodó Bienvenido Mister Marshall. Nos hicimos amigos de los yanquis, les perdonamos lo de 1898 y dejamos de lado a nuestros hermanos cubanos que fraguaban la revolución por ellos mismos e hicieron de una isla de 7 millones de habitantes un ejemplo de emancipación y uno de los símbolos de la Guerra Fría. Y mientras tanto en nuestras ciudades, curas y cachetazos, leche en polvo y queso americano; en nuestras montañas guerrilleros supervivientes, nostalgia, lucha y esperanza. Y a pesar de que nuestro país se sumía en las sombras de una dictadura que parecía no tener fin, que el mundo se congelaba en medio de una guerra ideológica comandada por líderes psicópatas y codiciosos que aprovecharon la creciente tensión política para corromper e institucionalizar sus regímenes, todavía había fuego y luz en una generación que salió a la calle a hacer historia en mayo del 68. Victor Jara cantaba su Manifiesto, y con Vientos de pueblo evocaba los versos que Miguel Hernández había escrito unas décadas atrás. Y hermandad e hispanidad se fusionaron a través del vehículo cultural: lengua, arte y costumbres que nos vinculan con un continente que hoy todavía sigue buscando su identidad, y a pesar de todas las dificultades, sigue degustando con pasión el fruto de su recién lograda libertad.


Aquí, mientras tanto, l'avi siset estiraba la estaca, y con él todos hacíamos un pequeño esfuerzo, y al final, de tanto estirar, la estaca se rompió. Llegó la democracia y la Constitución del 78, e hispanidad fue por primera vez consenso, fue por primera vez entendimiento entre iguales. Y nuestra democracia creció en el contexto de la lucha por los derechos humanos, Mandela y Martin Luther King se convirtieron en los nuevos referentes y dejaron atrás la polarización causada por los viejos anhelos. Cayó el muro, triunfó el capitalismo, y el sistema que -como el comunismo- dejó llantos, muertes y decadencia en todos los rincones del mundo, se instaló y se mimetizó en nuestra democracia y se convirtió en la insignia y baluarte de la por fin lograda libertad. Y un poco de eso será también lo que celebraremos mañana. Celebraremos que el hombre, a veces, olvida con demasiada facilidad su pasado, su historia, su lucha. Que crecemos y, muy a menudo, dejamos de ser jóvenes, de ser inconformistas. De ver una injusticia donde antes podemos ver una oportunidad, un beneficio. En eso consiste madurar, al menos en este país.
El presente muy pronto se convertirá en pasado, y las lágrimas derramadas se las llevará la marea y se confundirán en la amplitud del océano. Celebraremos con orgullo nuestro día, sin saber qué es el orgullo. Hablaremos del coraje de nuestros antepasados, y olvidaremos el coraje que no tendremos. No sabremos quiénes son nuestros hermanos y, en nombre de la democracia, elegiremos como padres a los mismos que nos reprimieron y nos asesinaron unos años atrás. Pero habrá quienes, insatisfechos, alzarán su voz y pelearán. Se levantarán y expresarán su descontento, tendrán anhelos, ideales, ilusiones, lucharan por una sociedad mejor y, finalmente, serán derrotados. Vacuos, ingenuos, ignorantes. Sus ojos dejarán de brillar, morirán, y las olas seguirán pacientes su curso por el vasto mar. Pero estos pobres perdedores, serán memoria, serán generación. Escribirán un capítulo en nuestro libro que será por siempre recordado. Un capítulo que será narrado, estudiado, analizado, rememorado, debatido, mitificado y desmitificado. Serán parte de esa experiencia colectiva que conforma la auténtica e imprescindible hispanidad. Y lo mejor, es que no serán españoles, ni catalanes, ni hablarán castellano, argentino o mejicano. Hablarán todas las lenguas, tendrán infinitas nacionalidades, porque estarán en todos los rincones del mundo creando nuevas experiencias y escribiendo juntos. Mañana es 12 de Octubre, queridos lectores. Que pasen un feliz día.










9 de octubre de 2015

El primer amigo

- ¡Papá, hay una serpiente en el jardín!

Su padre oyó el grito de su hija mientras estaba inclinado sobre sus planos. No tardó ni un segundo en soltar el lápiz e incorporarse, listo para el rescate.
Echó un vistazo por la ventana y vio a Sara agazapada en el jardín, inmóvil.

- ¡No te acerques, cariño!

Daniel salió despedido de su despacho, bajando a gran velocidad las escaleras. Los nervios se apoderaban de él impidiéndole elegir con rapidez si armarse o apartar a su hija. Finalmente, se decantó por coger la escoba e ir. Salió por la puerta blanca que daba al jardín y se aproximó a Sara a grandes zancadas.
Una súbita e incomprensible rabia invadió a Daniel al ver que se trataba de la manguera

- Mira, papá. Se llama Dorothy y se ha perdido. Dice que está buscan-

No la dejó terminar la frase. Tiró con fuerza la escoba al suelo y cogió a la niña del brazo y la arrastró al interior de la casa.

- ¡Esto no puede seguir así, Sara! ¿Me oyes? ¡No puede ser! Acabarás por darme un disgusto. ¿Y si el día que sea cierto no voy porque creo que es un juego tuyo? - La riñó con severidad, sentándola

- P-papá.

- ¿Qué?

- Me haces daño... - Gimió Sara

- Lo siento – Se disculpó, soltándole el brazo. La marca de la mano volvió a recuperar el riego sanguíneo y el color. - Hablaremos con tu madre cuando vuelva.

Daniel esperó a que Marta volviera de la oficina para contarle lo sucedido, tras acostar a su hija en la cama. Discutieron en voz baja hasta que Marta cedió, dándole la razón y el número del marido de una amiga suya, que estaba en paro pero tenía conocimientos de psicología.

Una semana más tarde el incidente de la manguera, Daniel fue a recoger a su hija del colegio. Pero se desvió del camino de regreso a casa y Sara al ver que tardaban más en llegar, le preguntó a su padre.

- Lo hacemos por tu bien, cielo. Tardaremos poco, lo juro.

El hogar del susodicho era sencilla a la par que bien decorada. Se presentaron brevemente pero le urgía terminar con el tema cuanto antes.

- Verá, es que Sara tiende a modificar la realidad.

- ¿Oye voces?

-No, esa clase distorsión no. Cree que, por ejemplo, las botellas que tiramos a la basura son enormes edificios y si nos descuidamos, las vuelve a recoger y crea su “ciudad”.

-Pero el caso que me explica no es excepcional. Quiero decir, todos los niños desarrollan una gran imaginación cuando expresan curiosidad por su al rededor y le dan un punto de vista. Ya sea lúdico o racional. Al igual que los filósofos. Ambos hacen tantas preguntas... -Rió ante su propio chiste pero borró la sonrisa al observar la mueca seria de Daniel- Bueno, ¿Alguna otra anomalía? Quizás insomnio, mal comportamiento, hiperactividad...

-Lo único extraño a parte de su imaginación es que no tiene amigos en el colegio. - El psicólogo asintió con seguridad.

-Lo que necesita ella es leer. Teniendo seis años, no le voy a recomendar que se lea La historia interminable, pero cuentos clásicos, por ejemplo. E importante que sea sin ilustraciones.

-Pero...¿Eso no estimularía su mente?

-Sí, pero de una manera más interiorizada. En el caso de Sara, ella no tiene a nadie con quien compartir sus fantasías, por lo tanto habla sola. La función de un libro en ella sería el de cambiar su papel en el día a día y convertirse en receptor pero no emisor, que es lo que lleva haciendo desde entonces.

-Entonces está aplicando usted el dicho de....Quien tiene un libro, tiene un amigo. ¿No?

-Exactamente.

-¿Funcionará?

-Posiblemente, pruébelo y si falla, vuelva a la semana.

Se despidieron dándose la mano y enviando saludos a sus respectivas mujeres, antes de volver a sus quehaceres. Volviendo a casa, Daniel paró en una librería y compró dos libros de cuentos y una novela juvenil muy breve, sin ilustraciones y letra fácilmente entendible.

Al día siguiente, Sara llevó orgullosa sus libros y durante el recreo se sentó en el borde del arenero y comenzó a leer, apuntando con el dedo y recitando sílaba a sílaba hasta completar una palabra. Su lenta y laboriosa atrajo a una niña rubita que le preguntó:

-¿Qué estás haciendo?

-Estoy leyendo un cuento.-Dijo levantado los ojos, entusiasmada.

-¿Puedo oírlo? - Volvió a preguntar, con timidez.

-¡Claro! Si no, no lo habrían escrito. - Y comenzaron a reír sin saber realmente por qué, pero el interior de Sara comenzaba a brotar una nueva ilusión y fantasía.