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17 de octubre de 2015

Todo por el sistema

Suena el despertador. Me levanto y me estiro un poco. Así, para descargar tensiones. Me preparo un café y un par de tostadas. Doy los buenos días a Jorge, mi compañero de habitación, y nos sentamos el uno frente al otro para desayunar. Por un momento, me siento tentado de poner la radio y escuchar qué se cuece en las ondas. Pero es sábado, casi la una de la tarde ya, y la programación en un día así me produce un poco de tirria. Jorge y yo nos ponemos a hablar de algunas de las noticias que han tenido lugar durante la semana. Sin duda, una de las más comentadas en todas las comidillas públicas ha sido el cara a cara entre Albert Rivera y Pablo Iglesias que emitirá Salvados el próximo domingo. ''Empieza fuerte Évole'', dice mi compañero. Asiento con la cabeza. Quizá este sea el cara a cara más esperado del último año -¿he dicho quizá? Es. Es el cara a cara más esperado-, aunque ver uno entre Rajoy e Iglesias sería también para chuparse los dedos. Me parece muy bien eso de los cara a cara, de las encuestas y de los mitines de partidos, pero un cosa que quede clara: durante el verano, todos ellos, los políticos, estaban calladitos, sin decir ni mu; y ahora que las elecciones are coming, vuelven a pronunciarse, a ser mediáticos, una y otra vez, una y otra vez, como una matraca que no cesa. Estuvieron en silencio durante un tiempo y ya están aquí de nuevo, han vuelto. Es la lucha por la moqueta de despacho, por el machito, como diría uno que yo me sé. Je, je.


Iglesias, Évole y Rivera en el 'cara a cara'. (Fuente: La Sexta)


''Y a ti, ¿un debate a cuatro qué te parecería?'', me pregunta Jorge. Ya lo propuso Iglesias el otro día. Rivera aceptó, Sánchez también, pero el que no lo hizo -una vez más- fue el señor Rajoy. Parece que el presidente tiene miedo a las apariciones públicas, a debatir con otros compañeros de profesión. En fin, el PP se encierra en sí mismo. No sé cuál será su táctica para ganar las elecciones, la verdad. A lo mejor se creen que haciendo vídeos chorras todo vale, que todo está a salvo, y que la gente les votará por el mero hecho de pintar la cara a una chica con la bandera de nuestro país. ''Lo bueno sería que después del cara a cara entre Iglesias y Rivera hicieran el tan ansiado debate a cuatro'', le digo a mi compañero. Pero nada, el PP se niega a ello. ''Ojalá cunda el ejemplo y no sea el único cara a cara''. Todo esto sucede con el sonido de fondo de las encuestas situando a PP, PSOE y Ciudadanos en la cúspide de la política española. Podemos, según Metroscopia, da un bajón, o, como diría Risto Mejide, se da una hostia, una buena hostia. Y oigan, qué entrevista más cómplice le hizo el otro día Risto a Iglesias en su rincón, comparándola con la que le hizo en el Chester, claro. Pero bueno, he de decir que me gustó bastante, la verdad. Hablando de encuestas, por si no lo saben, Podemos también ha hecho una. Se ve que se sintieron ofendidos por la situación en la que les había puesto Metroscopia y decidieron hacer una ellos. Pues guay, ¿no? El problema es que Pablo Iglesias ha calificado a Metroscopia de ''retuerce sondeos''. Sin embargo, cuando hace un año a Podemos se le ponía por las nubes, bien que Iglesias les tiró besitos. Sí, como los de los emoticonos del WhatsApp. Y luego está la encuesta de El Español. O, para definirla bien, la recopilación de encuestas de El Español, que posiciona a PP (28%) y PSOE (24%) por delante de los dos nuevos partidos emergentes (ambos con un 15%). Yo también tiro más hacia esa opción. La veo más real. Pero, creyéndonos lo que dice Metroscopia, en ese caso, Ciudadanos tendría la llave para gobernar España. Me explico. Quizá el subidón del partido de Rivera se deba a las recientes elecciones catalanas, ya que Ciudadanos, dentro de los partidos no independentistas, se posiciona en Cataluña como el primero; por tanto, puede tener la tecla para rebajar los humos de la independencia catalana, y también los humos de muchos españoles que, en vez de colaborar moderadamente, solo saben echar bilis contra Cataluña.

Y es que somos un país de etiquetas, y de bandos. La dictadura de lo políticamente correctos y del A o B -algún día encontraré una palabra para definirla- marcan nuestra vida. Somos de derechas o de izquierdas, fachas o rojos, comunistas o capitalistas, del Madrid o del Barça, del PP o del PSOE, monárquicos o republicanos. No hay término medio. Aristóteles tiene que estar bastante enfadado con nosotros. Somos gente a la que le gusta el morbo y el mal rollo. Seamos sinceros. Le he contado tantas veces esta parrafada a mi compañero Jorge que él ya debe estar cansado de mí. Mientras hablo con él, se lo vuelvo a decir. Si es que no tengo remedio. Y no lo tengo porque hasta yo utilizo etiquetas. Y somos un país, un pueblo, que se vilipendia a sí mismo. No somos tan mal país, ni tan mala gente. Muchas veces, por redes sociales, es donde más se insulta, se difama, a España y a los españoles. Sentirse español no es decir aquello de viva España. Sentir algo por un país es saber apreciar su cultura, su gastronomía, su geografía. Con el tema del 12 de octubre, volvimos a ver la polaridad que sufre nuestro país: dos sentimientos se encontraron, frente a frente, malmetiendo el uno contra el otro. Lo mismo de siempre. La misma rabia acumulada durante años. La Guerra Civil, los dos bandos, siguen presentes en este país. Es triste, y doloroso.

También es triste el sistema educativo que tenemos. Y, sobre todo, es triste tratar de comer el coco a los niños con simbología, banderas o ideologías para que sigan una línea u otra. Lo peor es que si encima lo criticas parece que está mal. Un niño de tres o cuatro años no tiene que seguir una bandera. Tiene que jugar, divertirse y dejar que su cerebro se expanda para aprender. Pero el sistema educativo, infectado de profesores mediocres -no digo que todos lo sean-, se empeña en encajonar, encasillar, a los pequeños. Parece un sistema militarizado, corrupto. Parece que quieren que no pensemos. ''¿Nos privan de la filosofía para hacernos más borregos?'', pregunto a mi compañero. Él me escucha atentamente, corroborando muchas de las cosas que digo.


(Fuente: @jordievole)


El sistema. Todo está movido por un sistema que se está desmoronando poco a poco. Todo se mueve por la pasta. Un sistema donde Bruselas quiere volver a apretar las tuercas a los españoles. Pero no pasa nada, Rajoy sigue diciendo que todo está bien. Todo por el sistema. Un sistema donde el cerrojo más casposo de la Iglesia atenta contra la llegada de los refugiados sirios. Pero tampoco pasa nada, porque luego reculan y cambian sus palabras, piden por ellos, por sus almas. No sé cómo el Papa Francisco sigue en su puesto. ¿Un Papa tan progresista en un nido de cuervos...? Ojalá limpie la institución. Pero eso, como el tan ansiado debate a cuatro, parece un sueño lejano.

Llaman a la puerta. Es Blai. Viene con un plato de macarrones entre sus brazos. Lo trae acunado, como si se tratara de un bebé. ''¡¿Todavía estáis en pijama?!'', nos dice a Jorge y a mí. Los tres nos reímos. Blai deja su plato encima de la mesa y se une a nosotros. Jorge se levanta de la silla y se va a la pequeña cocina que tenemos en la habitación. ''¿Qué te vas a hacer de comer?'', le pregunto. ''Macarrones'', sonríe. Luego, cuando acabe de cocinar, me toca a mí hacerme la comida. Macarrones también. Je, je. ''¿De qué vas a hacer el artículo para el blog?'', me dice Blai. Sonrío. Mientras escucho Mike Oldfield, voy pensando unas últimas palabras para esta historia. ''¿Y tú, Blai? ¿De qué lo vas a hacer?''.

11 de octubre de 2015

Vientos de pueblo

Bueno, pues aquí estoy otra vez escribiendo, debutando en el nuevo blog que continúa la aventura iniciada en la Red-Acción y en el que nuevamente, me siento enormemente agradecido por poder participar. A lo mejor no es el mejor día para estrenarme, puesto que considero un alto porcentaje de nuestros lectores afines deben estar disfrutando de esta pequeña dosis de libertad que en este puente se nos ofrece. Y es que estos días la gente se ha vuelto a sus pueblos o se han ido de vacaciones para celebrar y para aprovechar las múltiples actividades lúdico-festivas que los ciudadanos de esta nación han puesto en marcha para celebrar por todo lo alto su hispanidad. Sí, mañana es 12 de octubre. Mañana es la Fiesta Nacional. La gente se lanzará a las calles ondeando la bandera en una potente expresión de orgullo y amor por la patria. Que dices sí, bueno. Vale. Pero yo me he puesto a pensar, a divagar, cómo suelo hacer, y me he dicho ¿qué coño se conmemora exactamente el 12 de Octubre?
Según argumenta la Ley 18/1987 “la fecha elegida, el 12 de octubre, simboliza la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los reinos de España en una misma monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos”. Pues nada, sí, a celebrarlo, que estamos a punto ¿eh? Pero yo me digo ¿cuándo vamos a terminar el proceso? A no ser que se refiera a eso de “la integración de los reinos de España en una misma monarquía”, ya, sí, ese proceso si que terminó hace ya muuuucho tiempo.


No, venga, que no me lo trago, yo quiero saber qué vamos a celebrar mañana, qué es realmente la hispanidad, cómo se respira su esencia. Y para eso yo creo que nos tenemos que remontar muy atrás, hacia los tiempos en que el tatara-tatara-tataranieto del celebérrimo creador de la marca de detergentes Colón tropieza con un cacho de tierra desconocida y sus descendientes empiezan a frecuentarla para quemar bosques, construir iglesias y violar a las indígenas. Yo creo que más o menos por ahí empezó todo. Cuando la inminente nueva clase social burguesa empieza a enviar barcos vacíos al otro continente y un reducido pero suficientemente notable bultito empieza a asomarse en la entrepierna de nuestros monarcas cada vez que un nuevo territorio es consquistado. Eran tiempos felices, de carpe diem, tempestad bucólica y narices superlativas. Y eso al principio estaba guay, pero luego eso del carpe diem y el antropocentrismo se desmadró demasiado, llegó la ilustración y los gabachos empezaron a cortar las cabezas de los reyes. Y claro eso ya no molaba. De todos modos en la estepa castellana el wifi siempre ha ido un poco lento y también estaba la gente demasiado ocupada luchando contra molinos gigantes, así que para cuando llegaron esas ideas modernas ya nos daba mucha pereza ir a cortar cabezas, además que los plebeyos no tenían guillotina y la azada bastante mierda tenía que arrastrar ya todo el día como para ponerse a partir cervicales. Y como El espíritu de las leyes era demasiado largo nos leímos el Leviathan así, salteado, e ideamos una especie de despotismo ilustrado que luego derivó en un turnismo de palo en el Siglo XIX, digo de palo porque muy de acuerdo no se ponían los señores burgueses que acababan siempre utilizando el ejército y encima se les coló una república ahí por el medio. Y luego llegó 1898, los yanquis nos mearon en la cara y finalmente, en el imperio español, se puso el Sol.

Pues así fue más o menos al principio. El concepto de hispanidad como redención absoluta al monarca y a la religión, como conducta megalómana junto con un total y absoluto desconocimiento de la realidad global. ¿Y la europea? Sí bueno, a eso me refiero. Hispanidad como símbolo de pobreza de los pueblos y del retraso económico, tecnológico e industrial en relación con las otras naciones. Pero también es cierto eso que se dice de que “en este país hay de todo”. Llega el siglo XX y la cosa se empieza a caldear, tiemblan los cimientos de la Restauración, ladra un perro andaluz y Gasset publica La rebelión de las masas. Y el hombre-masa queda en evidencia tras el Jueves Negro, y se tiene que enfrentar a los ávidos lectores de Marx, Engels y Bakunin, al espejo candente de la Revolución de Octubre que llega a nuestra nación tras el escepticismo que flota en el ambiente a la muerte de Miguel Primo de Rivera. Y llega la Segunda, llega el Frente Popular, y España deja de ser católica.
Y aquí también hay algo de hispanidad. Aquí en la herencia que nos dejan cinco años de República, y tres más de Guerra Civil. En la confrontación de dos ideales opuestos incapaces de coexistir, por pura lógica y definición, igual que no pueden coexistir el odio con la solidaridad, la tradición con el progreso, la muerte con la vida. Y Picasso pinta el Guernica. Y quiero creer que en ese grito de angustia que emana de una de las obras de arte más maravillosas del siglo pasado, hay, por lo menos, una pizca de hispanidad. Que la hispanidad fue lo que movió a miles de españoles a los campos de batalla, pero también a miles de franceses, alemanes, italianos y obreros de todos los países que llegaron a Madrid a defender con los fusiles la victoria del socialismo y de la democracia. Que hispanidad llenó de caligrafía borrosa las libretas de Miguel Hernández en el frente de Jaén y lo siguió haciendo en sus últimos años, metido en un angosto calabozo, a pesar del dolor, a pesar de la derrota.
Porque hay que reivindicarlo, hispanidad también era todo aquello. Y el hecho de reivindicarlo es, más que un convencimiento, una responsabilidad. Porque no hacerlo sería robustecer el discurso dictatorial que en este país arrebató el concepto de hispanidad a unos para otorgárselo a otros, a partir de sus propios criterios, basados en el odio y la discriminación. Un discurso que todavía algunos mantienen. Un discurso fascista, conservador, autoritario. De algún modo, eso también es hispanidad, también hubo gente que murió por ello, y también mañana ondearan banderas sobre el convencimiento de estas ideas. Es lamentable, pero no debemos olvidarlo.



Llegó la dictadura y la Guerra Mundial, Berlanga se marchó a jugar con los nazis, Manuel pasó a ser el Machado bueno, Mercader mató a Trotsky de un pioletazo, Hitler se pegó un tiro, Berlanga volvió y rodó Bienvenido Mister Marshall. Nos hicimos amigos de los yanquis, les perdonamos lo de 1898 y dejamos de lado a nuestros hermanos cubanos que fraguaban la revolución por ellos mismos e hicieron de una isla de 7 millones de habitantes un ejemplo de emancipación y uno de los símbolos de la Guerra Fría. Y mientras tanto en nuestras ciudades, curas y cachetazos, leche en polvo y queso americano; en nuestras montañas guerrilleros supervivientes, nostalgia, lucha y esperanza. Y a pesar de que nuestro país se sumía en las sombras de una dictadura que parecía no tener fin, que el mundo se congelaba en medio de una guerra ideológica comandada por líderes psicópatas y codiciosos que aprovecharon la creciente tensión política para corromper e institucionalizar sus regímenes, todavía había fuego y luz en una generación que salió a la calle a hacer historia en mayo del 68. Victor Jara cantaba su Manifiesto, y con Vientos de pueblo evocaba los versos que Miguel Hernández había escrito unas décadas atrás. Y hermandad e hispanidad se fusionaron a través del vehículo cultural: lengua, arte y costumbres que nos vinculan con un continente que hoy todavía sigue buscando su identidad, y a pesar de todas las dificultades, sigue degustando con pasión el fruto de su recién lograda libertad.


Aquí, mientras tanto, l'avi siset estiraba la estaca, y con él todos hacíamos un pequeño esfuerzo, y al final, de tanto estirar, la estaca se rompió. Llegó la democracia y la Constitución del 78, e hispanidad fue por primera vez consenso, fue por primera vez entendimiento entre iguales. Y nuestra democracia creció en el contexto de la lucha por los derechos humanos, Mandela y Martin Luther King se convirtieron en los nuevos referentes y dejaron atrás la polarización causada por los viejos anhelos. Cayó el muro, triunfó el capitalismo, y el sistema que -como el comunismo- dejó llantos, muertes y decadencia en todos los rincones del mundo, se instaló y se mimetizó en nuestra democracia y se convirtió en la insignia y baluarte de la por fin lograda libertad. Y un poco de eso será también lo que celebraremos mañana. Celebraremos que el hombre, a veces, olvida con demasiada facilidad su pasado, su historia, su lucha. Que crecemos y, muy a menudo, dejamos de ser jóvenes, de ser inconformistas. De ver una injusticia donde antes podemos ver una oportunidad, un beneficio. En eso consiste madurar, al menos en este país.
El presente muy pronto se convertirá en pasado, y las lágrimas derramadas se las llevará la marea y se confundirán en la amplitud del océano. Celebraremos con orgullo nuestro día, sin saber qué es el orgullo. Hablaremos del coraje de nuestros antepasados, y olvidaremos el coraje que no tendremos. No sabremos quiénes son nuestros hermanos y, en nombre de la democracia, elegiremos como padres a los mismos que nos reprimieron y nos asesinaron unos años atrás. Pero habrá quienes, insatisfechos, alzarán su voz y pelearán. Se levantarán y expresarán su descontento, tendrán anhelos, ideales, ilusiones, lucharan por una sociedad mejor y, finalmente, serán derrotados. Vacuos, ingenuos, ignorantes. Sus ojos dejarán de brillar, morirán, y las olas seguirán pacientes su curso por el vasto mar. Pero estos pobres perdedores, serán memoria, serán generación. Escribirán un capítulo en nuestro libro que será por siempre recordado. Un capítulo que será narrado, estudiado, analizado, rememorado, debatido, mitificado y desmitificado. Serán parte de esa experiencia colectiva que conforma la auténtica e imprescindible hispanidad. Y lo mejor, es que no serán españoles, ni catalanes, ni hablarán castellano, argentino o mejicano. Hablarán todas las lenguas, tendrán infinitas nacionalidades, porque estarán en todos los rincones del mundo creando nuevas experiencias y escribiendo juntos. Mañana es 12 de Octubre, queridos lectores. Que pasen un feliz día.