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13 de diciembre de 2015

Estamos en campaña


Estamos en campaña electoral. Y se nota.

Se nota por la cantidad ingente de carteles con el rostro de Sánchez o Mariano pasados por el Photoshop. Alguno hay también de Soraya, cómo no.
Se nota por el gigantesco cartel de Ciudadanos desplegado en Atocha. Algunos ven la profecía de Orwell hecha realidad, yo veo una ridícula americanada.




Estamos en campaña y se nota. Se nota porque los políticos van a la televisión a echarse bailecitos, o al programa de Bertín Osborne a recibir una mamada. Rivera no ha ido, pero ya ha recibido la suya en el hormiguero (ese programa de humor cateto en el que de vez en cuando se hace política para catetos). Iglesias… a Iglesias nadie se la quiere chupar, pero él va siempre con la chorra fuera.
El que no recibe nada, ni felaciones, ni cariñitos, ni masajes en la espalda es Alberto Garzón. Al chaval lo marginan de todos los debates, es el pobre incomprendido de la política española. Lo peta en Twitter a cada debate, ese es su único consuelo. Un consuelo de mierda, vaya.


Estamos en campaña y se nota. Se nota porque la cocina del CIS trabaja a todo gas y el olor a refrito se expande por todas las comarcas. Aquí cada encuesta va a lo suyo. Ciudadanos segunda fuerza política. Porque así tiene que ser. Síganme, indecisos. Súbanse al carro ganador. Mayoría absoluta de la derecha. Síganme, indecisos. Súbanse al carro ganador.

Estamos en campaña y se nota. Se nota porque se habla de política en las calles. Se nota porque sabemos todos de economía, porque tenemos la solución al fracaso escolar. Se nota porque ahora nos preocupa la violencia machista, pero oigan, no hay problema compañeros, recuerden los ojos vidriosos de Soraya y su consejo de madre. Ya está todo solucionado. 51 víctimas mortales en lo que va de 2015.

Estamos en campaña y ya nadie habla de suicidios. 3870 personas muertas por suicidio en 2013 (último año del que existen datos en el INE), lo que supone un aumento del 22% desde el inicio de la legislatura. Estamos en campaña y ya nadie habla de pobreza. Un 29,2% de población en riesgo de pobreza o exclusión, las cifras más altas de nuestra democracia.

Estamos en campaña y no salen artículos hablando de la ley electoral. Informando a la población de cómo funciona el sistema de circunscripciones que emplearán el día 20, único indicio de la existencia de una democracia en este país. Ningún artículo explicando por qué miles de votos a Unidad Popular se irán directamente a la basura. Ningún artículo explicando al hombre de ciudad que su voto vale menos que el de las zonas rurales, que su voto pensado, analizado y consensuado desde su sentir racional, tendrá menos valor que el del anciano aislado de la estepa profunda que el día 20 introducirá la papeleta del Partido Popular, obedeciendo servilmente a los mandatos del Señor. España de zarzuela y castañuela, castiza, como el garrote que os atiza.

Estamos en campaña y nadie cuestiona a la Monarquía. Estamos en campaña y nadie cuestiona a la Iglesia. Estamos en campaña y nadie habla de brutalidad policial. Tenemos miedo y nadie quiere tocar el Ejército. Tenemos miedo y nadie quiere tocar el Estado. Tenemos miedo y la verdad nos da aún más miedo.

Pablo Iglesias sonríe. Albert Rivera cuenta contigo. Pedro Sánchez es la única opción de cambio. Mariano Rajoy ya tal.

Estamos en campaña y se nota, queridos lectores. A estas alturas, ya sólo les pido una cosa. No se dejen engañar.








29 de noviembre de 2015

De cómo me convertí en el líder de dos repúblicas


La política es una cosa complicada, amigos. Nada es nunca como parece, siempre detrás de los hechos hay intereses ocultos y una serie de relación de causas y consecuencias que se van dando a lo largo de la línea temporal hasta perpetrar este hecho. La lucha por el poder es una lucha donde no existe la honradez ni la moral, es una lucha para nada elegante, plagada de traiciones, enredos, promesas incumplidas, injusticia, castigo y muerte. Se nos dice que la lucha por el poder es la lucha entre los demócratas y los enemigos de la democracia, pero a veces esta batalla poco tiene que ver con lo que debería ser e históricamente ha sido, que es el enfrentamiento entre el pueblo oprimido y la clase opresora.

La política es algo que nos incumbe a todos y por tanto debería ser responsabilidad de todos tomar consciencia de en qué medida ésta nos afecta y qué podemos hacer nosotros por mejorarla. La política se organiza en diversos niveles y cada uno de ellos tiene también una importancia directa en nosotros mismos. Yo hasta hace poco era un apolítico del Whatsapp. Vivía tranquilo en mis grupos de Whatsapp, ajeno a lo que en ellos pasara, aferrado a mi posición de comodidad y echando la vista a otro lado frente a las injusticias que en estos se acometían. En uno de esos grupos, llamado Copichuelas, había un solo administrador, llamemosle Señor G, que gobernaba de la forma más feroz y autoritaria que os podáis imaginar. Son tales las atrocidades que cometió en el ejercicio de su cargo que todavía me cuesta retener las lágrimas de rabia cada vez que recuerdo alguno de los episodios acaecidos en aquella oscura etapa. Un día, por tanto, el pueblo se levantó en contra del opresor y yo lideré la insurrección con la creación de un nuevo grupo, con los mismos componentes, que iba a sustituir al antiguo. El grupo pasó a llamarse República Copichueliana, y lo administré junto con dos personas de mi confianza. La idea era crear un nuevo grupo que creciera bajo los valores socialistas y democráticos. No obstante, el anterior administrador no estuvo lógicamente conforme con la revolución, e inició un proceso de boikot: la guerra había empezado.



Si en algo debo coincidir plenamente con el revolucionario ruso León Trotski, tristemente asesinado por las fuerzas de seguridad soviéticas, es en su concepción de la revolución permanente, término de origen marxista. En un mundo históricamente dominado por los intereses imperialistas y donde todos los países tienen una altísima dependencia del capital financiero, es muy complicado que una revolución aislada pueda sobrevivir. Es por ello que sentí la imperiosa necesidad de llevar a cabo la revolución en otros grupos de Whatsapp, y vi en este ambiente caldeado la oportunidad para expandirla. Toda gran revolución comienza con un detonante, y los demás pueblos deben aprovechar el efecto de la onda expansiva para fraguar su propio proceso de emancipación. De no hacerlo, este efecto se irá reduciendo progresivamente hasta llegar a un punto en que el proletariado se mimetizará de nuevo con el sistema vigente y abandonará sus ideas de cambio. Así que inicié la estrategia para hacerme con otro grupo que también estaba administrado por el Señor G: La Cantina.
Muy pronto me puse a negociar con él. El que antes fue opresor ahora se tenía que sentar a hablar con un antiguo proletario, en una posición claramente de inferioridad. Fue como la visita de Castro a Eisenhower en 1959; no podía haber sensación más gratificante.

El pacto al que se llegó fue el siguiente: él me cedía la administración de La Cantina y yo a cambio le cedía la República Copichueliana, ambos seríamos coadministradores de ambos grupos. Firmamos, además, un pacto de no agresión para asegurar que ninguno de los dos expulsaba al otro del grupo para quedarse con el poder absoluto. Un acuerdo con el enemigo, pensarán algunos, pero también Hitler y Stalin tuvieron su luna de miel en agosto de 1939, con la firma del Pacto Ribbentrop-Mólotov. Una traición al pueblo en favor de las élites, al más puro estilo Tsipras, pensarán otros, pero a veces los defensores de los derechos del pueblo deben ceder en ciertos aspectos para asegurar otros. Llámenme socialdemócrata, qué le vamos a hacer.
Pero el terrible Señor G rompió el pacto de no agresión echándome de La República Copichueliana a las primeras de cambio. Por suerte, los dos administradores que había puesto reaccionaron rápidamente y le quitaron la administración del grupo, volviéndo a dármela a mí. Pero yo me vi entonces legitimado para echar al Señor G de La Cantina y quedarme yo sólo al frente del poder, puesto que él había sido el primero en atacar. La estrategia del engaño acabó por tornarse en su contra. Una gran lección democrática.





Proclamé la República Cantinera, relaté una Constitución y abrí un proceso de elecciones democráticas para elegir a dos nuevos administradores del grupo. Pero el tirano Señor G, sediento de poder, no cesaba en sus intentos por recuperar el grupo, y creó un grupo alternativo que rompía con la historia y el legado del grupo original, vigente desde el año 2013. Unas malévolas intenciones de las que trató de hacer partícipes a los otros miembros del grupo mediante su sofisticada retórica. De sobra es sabido que la historia de la política es la historia de la buena retórica: los grandes oradores son los que acaban alzándose con el poder, más allá de sus intenciones políticas. Así, personajes tan infames como Adolf Hitler, Ronald Reagan o Esperanza Aguirre llegaron al poder a través de unas elecciones. A pesar de la inestabilidad, yo seguía tratando de impulsar el proyecto democrático de la República y más del 70% de los miembros del grupo presentaron su candidatura a administrador. No obstante, un terrible e inesperado hecho estaba por acontecer.
Centrado en combatir duramente a la oposición, obvié el crecimiento de otras fuerzas que en un principio me parecieron apolíticas y, por tanto, carentes de amenaza. Así, cometí el error de otorgar demasiado poder a una figura mediadora, el Señor R, que aseguró estar de mi lado, pero que acabó por echarme del grupo, anular el Proceso Constituyente y ponerse a gobernar junto con su aliado, el Señor P, utilizando el terror como herramienta. Ocurrió del mismo modo que sucedió en la Afganistan de los años 80, cuando yanquis y comunistas se peleaban por el territorio obviando un problema que se estaba germinando y que hoy representa una gran amenaza internacional: el yihadismo. Igual que los talibanes se quedaron con Afganistan, el terrorismo de extrema derecha se quedaba con la República. Yo había sido exiliado, pero se hacía absolutamente necesario un Pacto de Estado para combatir el terrorismo. Como el que firmaron Rajoy y Pedro Sánchez tras los atentados de Charlie Hebdo, pero en plan serio. En seguida me puse en contacto con el Señor G para valorar qué acuerdo podíamos alcanzar. Paralelamente había acordado una reunión con el líder de los terroristas, el Señor R. Cierto que no es muy elegante lo de negociar con terroristas, pero a veces esta es la única posibilidad de hacer política. Hay precedentes: Zapatero negoció con ETA durante su segunda legislatura y todavía hoy continúan abiertos los diálogos entre el gobierno colombiano de Juan Manuel Santos y las FARC.
Acordé a corto plazo el fin de mi exilio, pero ¿cuál fue mi sorpresa al volver? El líder terrorista había ejecutado a su aliado y ahora gobernaba junto con el Señor G. Tal y como sospechaba, el poder y el terrorismo habían mantenido conexiones desde el principio para echarme del poder. Al-Qaeda, Ansar al-Sharia, Daesh ¿Les suenan de algo los nombres? Efectivamente, lo sucedido en mi hermosa república no es un ejemplo aislado y hasta en la propia España el gobierno de Felipe González financió un grupo terrorista para combatir a ETA, como bien ustedes recordarán.
La nueva dictadura era un absoluto caos. Se había anulado la Constitución, se canceló el proceso electoral y no había libertad de expresión: me expulsaron sólo por haber tildado una medida de populista.



Pero si algo me daba fuerza en estos momentos tan duros, es saber que yo no era el único castigado por luchar por la paz, la libertad de expresión y el derecho de autodeterminación de los pueblos. Antes estuvieron en la cárcel Mahatma Gandhi, Nelson Mandela y Martin Luther King. Uno de los referentes políticos de nuestro tiempo, José Mujica, también tuvo que pasar un tiempo por la cárcel para finalmente acabar convirtiéndose en uno de los presidentes latinoamericanos que más admiración han despertado y que ha conseguido poner de acuerdo tanto a la derecha como a la izquierda mediática. Arnaldo Otegi pondrá fin a su estancia en prisión en la primavera de 2016 y podría ser lehendakari antes de terminar ese año.
Consciente de que el Pacto de Estado no se iba a poder dar, reemprendí la estrategia de la negociación. La vía que utilicé fue la de ayudar al Señor R a hacerse una cuenta en Amazon a cambio de mi retorno al poder. Una cuenta que probablemente utilizará para comprar plutonio y armamento nuclear. Algunos me acusarán de colaborar con las actividades terroristas, quizás. Pero oigan, si España vende armas al régimen saudí y no se le considera colaborador del yihadismo, uno se siente legitimado para tomar cualquier medida que entre dentro de la legalidad vigente. De este modo, volví a ser administrador y Líder Supremo de la República.

Una vez retomada mi posesión del cargo y visto el fracaso de la anterior experiencia democrática decidí cambiar totalmente la estrategia de gobierno. No he sido yo el primero en darme cuenta de que la democracia no funciona. Ya lo dijo Platón allá por el S. IV a. C. y ahora estaba yo dispuesto a gobernar siguiendo los postulados de la aristocracia platónica, o gobierno de los sabios, tal y como él la llamaba. Suspendí las elecciones que estaban pendientes y puse como administrador a una persona de mi confianza. Reimplanté la Constitución, pero declaré de inmediato el Estado de Emergencia y quedaron suspendidas las garantías constitucionales. Era consciente de que para mantener la estabilidad del grupo debía gobernar con mano de hierro, del mismo modo que empleó Otto Von Bismarck para defender el II Reich o Robespierre para salvar el ideal revolucionario.

Y hasta aquí llega la historia. Ahora reina la concordia en las dos Repúblicas y se avecinan tiempos de paz y prosperidad. He aprendido muchas cosas de esta, mi primera incursión política. Ustedes también, espero, hayan aprendido mucho de este relato. Como que la lucha por el poder es una batalla turbia y repleta de engaños, donde no existe la ética ni el honor, como que el relato que nos transmite la clase política nunca coincide con la realidad que existe detrás. Como que el pueblo que cree, convencido, tener la soberanía, no adquiere significado ninguno en esta lucha. Pero ante todo y por sobre de todas las cosas, tengan presente una lección: si alguna vez ven mi nombre impreso en una papeleta electoral…

¡¡¡¡No cometan la locura de votarme!!!!





Dedicat a tots els membres de la República Cantinera y la República Copichueliana


22 de noviembre de 2015

Tópicos, desarraigo y libertad

Cuando me vine a estudiar a Madrid, hace poco menos de año y medio, lo cierto es que yo no tenía mucha idea acerca del conflicto catalán. Entendía lo que era y conocía las dos posturas, porque me había tocado vivirlas muy de cerca. Crecí en una zona muy particular dentro de lo que es el territorio valenciano, que de algún modo sobrevivió al yugo anticatalanista y a la destrucción de los valores culturales que han supuesto 20 años de gobierno popular en mi comunidad. He conocido a gente que ha defendido esto de la independencia desde mucho antes de que Mas se envolviera con la estelada y también he conocido a aquellos colmados del odio –más bien fobia– a lo catalán y a todo lo que se le pareciera. Yo me mantenía un poco al margen de este debate; si surgía, asentía con la cabeza y me ponía a pensar en otras cosas. Y, no obstante, parte de mí iba arraigándose cada vez más a esa tierra que me envolvía, cultivando la pasión por una lengua y una cultura que poco a poco han ido conformando mi pensamiento y mi identidad. Entonces no daba mucha cuenta del enorme valor que la cultura propia suponía para el individuo. Es cuando llego a la capital cuando, en cierto modo, me doy cuenta de lo mucho que tengo en común con los catalanes. Y no sólo con ellos, sino también con los vascos y los gallegos, como pueblos periféricos históricamente oprimidos y despreciados en pos de unos valores elitistas y conservadores que imperaron en la construcción de nuestro Estado y concibieron el patriotismo como sinónimo inequívoco de centralismo.
En medio de mi desarraigo, que fue también fascinación por un nuevo ritmo de vida, por sendas culturales que se me fueron abriendo la mente y que fueron conformando mi proceso de aprendizaje, fui también testigo directo de aquello que considero (y aunque fuese doloroso es inevitablemente cierto), es la raíz del problema que hoy nos atañe a todos: la gente habla sin saber.
No he dejado de escuchar opiniones y debates acerca del asunto catalán y no ha dejado de dolerme como si fuesen puñaladas cada uno de los tópicos y las trivialidades lanzados gratuitamente sobre Cataluña. Es dramático que en una institución como la universidad, que debería ser un rincón ilustrado y aislado de este tipo de interpretaciones, los debates surgidos en torno al tema no sean más que una retahíla de argumentos manidos y mal contextualizados eternamente repetidos por la prensa y las televisiones. Alumnos y profesores han sido componentes de estas discusiones, con sus diferencias en cuanto al uso de la terminología pero defendiendo, en esencia, el mismo discurso. No es el de Cataluña un tema excepcional; hace tiempo que me estoy dando cuenta de la falta de lucidez de una institución cada vez más absorbida por los avatares del sistema. Ya no quedan intelectuales en el siglo XXI.




No hay peor error que atacar a quien defiende con vehemencia unos motivos. Esta estrategia no hará sino alimentar la necesidad de afianzar la defensa hacia estos mismos motivos. Queridos y bienaventurados amigos españoles,
1.      
        1. En Cataluña no hay adoctrinamiento lingüístico.
En Cataluña lo que hay es una sociedad bilingüe, donde conviven dos idiomas con absoluta naturalidad. Donde hay una lengua con más de doce siglos de historia que forma parte intrínseca de una cultura y de una forma de vida muy particular. Amar esta lengua y querer preservarla no es adoctrinamiento, no es querer renegar del castellano ni nada parecido. Eso es una gilipollez. No hay nadie que sepa catalán y no sepa castellano. Los niños tienen derecho a dar clase en la lengua que quieran, pero no todos tienen presupuesto suficiente para ofrecer una linea en catalán y otra en castellano. Si usted no sabe catalán y se quiere comunicar con alguien, se comunicarán en la lengua común que es el español, que todo el mundo conoce las funciones del lenguaje, pero no se mosquee por dar un paseo por Las Ramblas y escuchar a la gente hablando catalán en los bares. La vida es demasiado corta para estar siempre cabreado.
Donde sí hay adoctrinamiento es en la Comunidad Valenciana, donde el castellano es casi siempre el idioma utilizado en el parlamento, en los juzgados y en la televisión pública (hasta su desaparición), donde el castellano es siempre la primera opción en los rótulos indicativos cuando no es la única, donde en 2001 se creó la Academia Valenciana de la Llengua, un organismo regulador para una lengua que ya estaba regulada, y cuya creación atiende a motivos puramente políticos. Todavía hay un gran porcentaje de personas que se creen que el valenciano y el catalán son lenguas distintas, y para mi sorpresa he podido comprobar que esta es una quimera también muy extendida en el resto de España, es una cuestión que no se deja del todo clara en las escuelas. En mi comunidad ha habido un partido que ha vehiculado el odio hacia todo lo catalán como estrategia electoral y que es curiosamente el mismo partido que más ha contribuido al auge del independentismo.

2.       2. No podéis saber si Cataluña sobrevivirá económicamente o no a la independencia.
Voy a objetar el hecho de que Cataluña tiene algunos de los puertos más importantes de la Unión Europea y de que su relación entre PIB y población es asombrosamente similar a uno de esos países que están tan de moda ahora como es Dinamarca. Por muy instruido que uno sea y por muchos conocimientos económicos que uno tenga –aquí he de reconocer que yo tengo muy pocos–, siempre va a haber alguien que te va a rebatir tu exposición sobre la supervivencia de una Cataluña independiente con una serie de argumentos igual de convincentes. Así son los debates económicos, y por eso siempre trato de rehuir de ellos y tratar de encontrar otro tipo de perspectivas. Pero es que aquí el debate no es ese. No importa si Cataluña sobrevivirá o no. No importa que te gastes todos tus ahorros en alcohol y apuestas deportivas, mientras seas mayor de edad eres libre de hacerlo y nadie tiene derecho a impedírtelo. Cataluña quiere gestionar su dinero, simple y llanamente, y lo podrá hacer con mayor o menor acierto, con muchas o pocas dificultades, lo que piden es tener esa oportunidad y por tanto abrir el debate en esta dirección no sólo no ayuda a combatir el independentismo sino que es una total y absoluta pérdida de tiempo.

3.      3. El futuro del pueblo catalán lo decidirá el pueblo catalán.
Esto es algo que puede resultar más o menos frustrante, pero que es irrefutable y no admite lugar a discusión. Todo pueblo es soberano para decidir su propio futuro, así queda reflejado en la Carta de Derechos Humanos. Comprendo que haya quien pueda negar el derecho a la autodeterminación de los pueblos y sea partidario de la no celebración del referéndum y del uso del imperio de la ley como maquinaria para combatir el independentismo. Pero lo de celebrar un referéndum donde voten todos los españoles no es más que una manera de salir al paso asegurándose que no hay riesgo alguno de ver afectados los intereses propios. Pero no cuela. Nosotros somos responsables del devenir de un solo pueblo, que es el pueblo español. Si Cataluña quiere formar parte de ese pueblo, estupendo. Pero si su voluntad es la de alzar su bandera al viento y enderezar su navío hacia otros mares, nuestro deber consiste en apartarnos y dejarlos navegar en paz.


Una última cosa que creo que debo dejar clara, porque de no hacerlo sé que más de uno se ceñirá todavía más a su propio discurso tras la lectura de este artículo.
Yo no soy independentista. No lo era antes de venir a Madrid y tampoco lo soy ahora. De hecho, los que hayan seguido mis artículos tendrán más o menos claro cuál es mi idea sobre los nacionalismos. No puedo refrendar un proceso que ha sido históricamente liderado y dirigido por la burguesía catalana, a lo sumo, peor o igual que la burguesía española (sin por ello obviar que la razón de sus intereses les ha originado una mentalidad mucho más progresista). Celebro, en cambio, la presencia clave en el parlamento de ese grupo “radical antisistema” “extremista” y “pseudo-terrorista” que es la CUP que, además de todo eso, es probablemente el partido político más coherente y democrático que ha habido nunca en el parlamento catalán. Un partido capaz de desafiar al statu quo catalán y encaminar el proceso hacia una senda verdaderamente transformadora. La independencia de poco servirá si únicamente consiste en añadir otra frontera a este cada vez más globalizado mundo. En ese sentido, me preocupa la vacuidad del discurso independentista que ha movilizado a la población, un discurso carente de sentido crítico, de una simpleza (“España nos roba”) demasiado preocupante de cara a una decisión tan sumamente importante.
Creo firmemente que la independencia no puede ser un fin. Ha de ser una herramienta de cambio, es decir, una revolución democrática. Sólo en este caso yo podría apoyarla, pero no por fervor nacionalista ni por odio a España, sino por solidaridad y empatía hacia un proceso de cambio. La bandera de la independencia tiene que se la estelada vermella. La tradicional, pese a su carácter apolítico, me recuerda demasiado a la blavera. Nosotros los valencianos, pese a que ese sentimiento de emancipación permanece todavía sin aflorar, ya nos hemos liberado de la franja azul tras las últimas autonómicas y municipales. Espero que los catalanes sean capaces de seguir esa senda, decidan o no marcharse. Y que sean capaces de identificar al enemigo cuando estén solos, cuando no puedan acusar a España de todos sus males.




Un pueblo libre es un pueblo soberano. La dictadura del capital financiero mantiene a todos los países esclavos de los grandes imperios y de los intereses burgueses. Sonará romántico y trasnochado, pero sigue siendo así casi dos siglos después del nacimiento de Marx. El TTIP, La reforma del artículo 135, el fracaso del gobierno de Tsipras, día tras día nuevos ejemplos que demuestran la poca independencia económica de la que gozan los países. Podemos seguir aferrándonos a nuestras banderas, pero iluso aquel que crea abrazar a su pueblo cuando abraza a su patria. Las fronteras ya sólo sirven para crear odio y para alimentar el racismo y la xenofobia. Ya no sirven para resguardar ninguna identidad, ni histórica, ni económica, ni cultural. Sólo son mera distracción, el nuevo “opio” del pueblo, el método más sencillo que tiene hoy el poder para ejercer y legitimar sus medidas de dominación. Cataluña será independiente, pero mi mayor deseo es que algún día consiga ser libre. Mientras que ese día no llegue, seguiré diciendo cuando viaje a otros países que soy español, que en mi país siempre hace buen tiempo, que vivo en la costa, en un sitio donde la gente sabe hablar dos idiomas, donde los jóvenes escuchan música combativa y donde se hacen unes arroces exquisitos. Si el día acaba por llegar, entonces cuando sea extranjero y me pregunten de dónde soy, sonreiré de forma nostálgica y soñadora, desviaré la mirada dos segundos, cavilando, y entonces fijaré mis ojos en los de mi interlocutor y le diré, con orgullo y firmeza, que soy hermano del pueblo catalán.




La sombra del ISIS

''...prescribimos a los Hijos de Israel que quien matara a una persona que no hubiera matado a nadie ni corrompido en la tierra, fuera como si hubiera matado a toda la Humanidad'', (Sura 5, vérsiculo 32).

El Corán, el libro sagrado de los musulmanes, recoge este mandato en una de sus suras o capítulos. Si uno lee el Corán, puede ver, conforme va avanzando en su lectura, que es un libro contradictorio, con una doble moral. El 60% de sus textos habla sobre la guerra, mientras que el otro tanto por cierto se centra en las buenas enseñanzas del islam. Con los atentados de París de la semana pasada, la sociedad occidental se ha visto inmersa en una oleada de terror. El ISIS se ha convertido en el enemigo público a batir por Estados Unidos, Europa e incluso Rusia. Con una difusión de puro marketing, y con una realización de vídeos al estilo hollywoodiense, el Daesh ha sembrado la semilla del miedo en el viejo continente. La idea principal del islam más radical es la implantación de un califato. Sin embargo, no toda la umma -los creyentes musulmanes- sigue las ideas impulsadas por el radicalismo.

''¡Creyentes! ¿Qué os pasa? ¿Por qué cuando se os dice: id a la guerra por causa de Dios, permanecéis clavados en tierra? ¿Preferís la vida de acá a la otra? Y ¿qué es el breve disfrute de la vida de acá comparado con la otra, sino bien poco...?'', (Sura 9, versículo 38). ''Si no vais a la guerra, [Dios] os infringirá un doloroso castigo. Hará que otro pueblo os sustituya sin que podáis causarle ningún daño. Dios es omnipotente'', (Sura 9, versículo 39). Parece que el Corán incita a los creyentes a hacer la guerra santa, a luchar contra los infieles. Todo por el nombre de su dios: Alá.

Lo que tristemente pudimos ver la semana pasada en París es consecuencia de esos mandatos más radicales y bárbaros del Corán y, evidentemente, del ISIS, el nuevo Al-Qaeda. Los atentados del 13-N, la suspensión del partido de fútbol que enfrentaba a Alemania contra Holanda en Hannover o el asalto policial en Saint-Denis son algunos de los acontecimientos que nos ha dejado la última semana y que han calado en el imaginario colectivo de Occidente. Al-Qaeda ha quedado atrás, ahora se alza ante nosotros un nuevo grupo terrorista, mejor preparado, que tiene como base algo imparable: el terror.


Plaza de la República (París). Flores en honor a las víctimas del atentado.


El radicalismo islámico viene de lejos. Desde la separación de la umma en dos: chiíes y suníes, y revisando el pasado más cercado (la Guerra de Irak), podemos llegar a comprender, en parte, todo lo que está sucediendo estos días. El ISIS nace de Al-Qaeda y, tras destronar al grupo terrorista liderado por Osama Bin Laden, comienza a hacerse conocido al participar, por ejemplo, en la guerra de Siria. La idea principal del nuevo grupo yihadista es restablecer el califato de la Edad Media. En Occidente consideramos esta etapa como algo oscuro, pero en el mundo musulmán, la Edad Media es la edad de oro. Actualmente, el ISIS controla gran parte del territorio de Siria e Irak. Ya allí, desde que se inició la guerra siria, imponen su mandato a base del derramamiento de sangre; a ello se debe la llegada a Europa en este último año de muchos refugiados sirios, que huyen de esta barbarie. Siria es un país destruido, no solo por los escombros de edificios que podemos ver en imágenes, sino también porque, a pesar de que sigue habiendo un gobierno, es el ISIS quien controla parte del país.

Lo que hay que preguntarse es de dónde saca el grupo terrorista su fuente de ingresos. El ISIS, al estar asentado en Siria e Irak, tiene a su disposición una rica fuente de financiación natural. El Estado Islámico controla yacimientos de petróleo que utiliza para financiarse, vendiendo el crudo en un mercado negro. A pesar de esto, se estima que gran parte de sus ingresos los consigue a través de donaciones públicas y privadas provenientes de países del Golfo Pérsico e, incluso, de Occidente. Pero la cosa no queda ahí. En Siria e Irak, se cree que el ISIS controla unos 24 bancos de la zona; bancos, además, que están en activo y que el grupo terrorista utiliza para financiarse, pues la comunidad económica internacional no ha puesto de momento ninguna sanción para impedir esto. De esta forma el grupo yihadista consigue un presupuesto de más de dos millones de dólares para seguir con su guerra santa.

El ISIS avanza conforme pasan los días, sintiéndose más fuerte y viéndose capaz de restablecer su ansiado califato islámico. Tras los atentados de París, al ISIS ahora se le llama Daesh. Ambos términos son lo mismo. ISIS supone tomarse a este grupo de asalvajados como un Estado en sí, y Daesh como la unión de varios grupos yihadistas que quieren crear un Estado islámico. Da igual llamarlos de una forma u otra, ya que en Siria el ISIS actúa como un Estado, imponiendo sus leyes religiosas a los pueblos que va conquistando, cobrando impuestos que ayudan a su financiación y reclutando gente para sus filas yihadistas.

Según los datos que se conocen, el ISIS cuenta con un ejército de unos treinta mil hombres. Debemos entender que es una organización mucho más preparada que Al-Qaeda, empezando por su líder, Al Baghdadi, y terminando por esos yihadistas que se inmolan. El ISIS tiene un ejército de hombres que hace la guerra a través de las armas y, por otro lado, un ejército de yihadistas suicidas. Viendo algunos de sus vídeos, podemos observar que cuidan hasta el más mínimo detalle. Los miembros del ISIS son gente con recursos, que saben idiomas y tienen estudios. Los cabecillas que preparan atentados o ataques son personas inteligentes y, dentro de la organización, tienen una mayor esperanza de vida; no corren la misma suerte los que se inmolan. Para la captación de adeptos, el ISIS utiliza sobre todo las redes sociales. A través de Internet promueven sus ideas y su marketing. De esta forma consiguen reclutar miembros en Europa.

En España también tenemos este problema. En zonas cercanas, como Tánger o Castillejos, e incluso en Ceuta (en el famoso barrio de El Príncipe) o Melilla, el ISIS se infiltra entre la población tratando de reclutar nuevos miembros. Así, en Ceuta, por ejemplo, muchos jóvenes se han marchado a hacer la guerra santa, incentivados por miembros yihadistas ocultos en la sombra. Las personas que unen al ISIS lo hacen, o bien por el fanatismo religioso que sienten, o porque están en paro y necesitan dinero. La mayoría de españoles y marroquíes que son captados por la célula terrorista son utilizados como suicidas. El Estado Islámico les promete unos 3.000 euros por inmolares, y que ese dinero irá destinado a sus familias. Al final, cuando el suicida se hace explotar a sí mismo y mata a un número de personas, el ISIS no cumple su promesa.


Barrio de El Príncipe (Ceuta).


Marruecos es una zona cero para el ISIS, un nido de cuervos del que nace el terror que los terroristas quieren expandir en Occidente. La cercanía del país con Europa -en concreto, con España- facilita la llegada de yihadistas al viejo continente; el tráfico de drogas que se da en Tánger, Ceuta o Castillejos favorece no solo al reclutamiento de nuevos miembros, sino también la entrada de yihadistas a través del estrecho de Gibraltar.

Con la globalización, la llegada de inmigrantes a los países occidentales es un mantra que se repite durante años, algo a lo que estamos acostumbrados, a pesar de que en Occidente sigan existiendo focos racistas. El gran problema que debemos considerar en Europa, a raíz del 13-N, es que pueden existir grupos yihadistas inmersos en nuestra sociedad. Es más, los cabecillas de los atentados de París habían nacido en el viejo continente. A diferencia del caso de Marruecos, donde los reclutados suelen ser personales marginales, muchas de los que que se unen al ISIS en Europa tienen estudios y vienen de familias medias. La clave para entender su inmersión en el radicalismo islámico la encontramos, quizá, en la inadaptación social, lo que les hace, por tanto, más susceptibles de unirse al ISIS. El racismo sigue existiendo, es cierto, pero al igual que ni todos los musulmanes son yihadistas, no todos los europeos son racistas. La integración de los inmigrantes en una sociedad empieza por aceptar su cultura, cosa que se hace -en parte-, pero también debe conseguirse por medio de la colaboración de los propios extranjeros.

El problema que supone el yihadismo es que este se asocie con los refugiados sirios, tal y como está sucediendo. La xenofobia, el odio hacia el inmigrante, solo trae consigo la victoria del ISIS, la separación de dos culturas, que es lo que los yihadistas quieren. La cultura es conocimiento. Hay diferentes modos de expresión de la cultura, es cierto, pero conocer las bases que sigue otra sociedad es algo muy enriquecedor. Si seguimos una línea racista y de odio, estamos consiguiendo que el ISIS nos desestabilice. Ahora más que nunca, todas las culturas del mundo, pero sobre todo la occidental y la islámica, deben estar unidas.


''El islam es paz'', dice la pancarta en una manifestación en Milán.


''Los verdaderos creyentes son aquellos cuyos corazones están penetrados de terror cuando se pronuncia el nombre de Dios, aquellos cuya fe aumenta a cada lectura de sus enseñanzas, aquellos que no ponen su confianza más que en su Señor'', (Sura 8, versículo 2). Matar en nombre de Dios, provocando terror, no es cosa de valientes. El ISIS es una nueva forma de terrorismo, pero, más bien, es una forma de terror. Y eso es lo que debemos evitar. A partir de ahora tendremos que acostumbrarnos a vivir con avisos de atentados casi todas las semanas. Las cosas no van a ser igual ya. La sociedad occidental se ha sumido durante años en el buenismo, en creer que nada malo nos iba a pasar, y con los atentados de París nos hemos dado cuenta de que estamos en el punto de mira. Siria lleva viviendo esta realidad desde hace cuatro años. Ellos huelen la sangre cada día. Los yihadistas no tienen miedo a morir, y nosotros -la amplia mayoría- quiere seguir viviendo en el confort. En vez de hablar de una Tercera Guerra Mundial, deberíamos pensar más en la sociedad occidental, en su debacle, en la crisis de valores a la que nos enfrentamos. El terror propagado por el ISIS nos los está mostrando más que nunca. La sombra del ISIS se cierne sobre Occidente, quizá es hora de despertar de una vez, de dar más importancia a la vida, de educar a los jóvenes en espíritu crítico, de tener más cariño por nuestro planeta, de ser más humanos. Y de combatir el terror. Grecia, Roma, Egipto. Esas, entre otras civilizaciones antiguas, ya cayeron, en parte, por la decadencia interna de sus sociedades. No permitamos que a nosotros nos ocurra lo mismo. Que el 11-S, el 11-M, el 13-N, la guerra de Siria y los atentados que se producen aquí y allá sirvan para hacernos cambiar, para que no se produzca nuestra caída.

15 de noviembre de 2015

Todo es vanidad

Navegaba por las mansas aguas de Internet cuando descubrí este anuncio en un blog cualquiera ¡Qué delirio de la anatomía! Desde ya confirmo que el blog no contenía pornografía ni sucedáneos. De hecho, el blog advierte en una de las columnas, “contenido no aceptado: cualquier imagen, gif o vídeo con contenido erótico, primeros planos de escotes, nalgas o genitales, scat gore, y cualquier cosa que pueda escandalizar a tu sobrinita”.


¿Quién puñetas coloca anuncios así a la vista de una target cualquiera? No mentiré; lo que más me llamó la atención son las quimeras de mano derecha. Nos sobra experiencia con destrucciones faciales, pero ¿qué diablos son esos gusanos? Si los penes con fimosis tuvieran vida propia, no me cabe duda de que serían así ¿Qué mujer deseosa de eliminar arrugas los usaría? Lejos de pasar por una broma, alguien ha pagado por colocar este anuncio.

Pues qué penita y qué dolor.

14 de noviembre de 2015

Viernes negro en París


La noche del viernes 13 París ha vivido uno de los episodios más terribles de su historia. Hasta ahora se han confirmado 127 muertos y más de 90 heridos graves en un baile de cifras que no ha dejado de aumentar en la pasada madrugada. El Estado Islámico ya ha confirmado su autoría en lo que viene a ser el mayor atentado yihadista producido en la Europa occidental.





Los hechos comenzaron en los alrededores del Stade de France, donde se estaba disputando el partido amistoso entre las selecciones de fútbol de Francia y Alemania. Tres explosiones producidas por kamikazes se escucharon y fueron captadas por las cámaras que retransmitían el partido en directo: la primera a los 16 minutos, la segunda a los 45 minutos y la tercera al inicio de la segunda parte. Estas explosiones no produjeron víctimas a parte de los propios kamikazes: eran la señal de guerra. A pesar de ello, el partido no fue suspendido para no provocar el pánico de los 78000 espectadores, que tuvieron que ser aislados en el interior de estadio por motivos de seguridad y no fueron desalojados hasta pasadas la una de la noche. Ya conscientes del drama vivido, los aficionados entonaron 'la marsellesa' a la salida del estadio.

El presidente François Hollande estaba presente en el estadio y fue inmediatamente desalojado tras la primera explosión. Poco después se producían una serie de tiroteos en el este de París: en la calle Charonne, en la Fontaine au roi, en la calle Alibert y en el bulevar Voltaire. Estos tiroteos se llevaron un total de, al menos, 49 muertos, entre ellos uno de los atacantes. Sobre las 21:45 se produjo el ataque en la sala de fiestas Batacan, donde se celebraba un concierto de música del grupo Eagles of Death Metal. Cuatro asaltantes de entre 15 y 18 años irrumpieron a cara descubierta en la sala, con capacidad para 1500 personas, armados con fusiles de asalto kalashnikov, y vaciaron tres cargadores sobre los presentes en un tiroteo que duró más de 10 minutos. Después tomaron al resto de personas que no habían conseguido huir como rehenes durante más de tres horas, hasta que las fuerzas especiales consiguieron entrar el teatro y recluir a los terroristas en la segunda planta. Tres de ellos activaron sus cinturones explosivos, el cuarto fue abatido a tiros.

Para entonces, el horror estaba servido. Quedaban por contar los cadáveres de Bataclán, que en medio de la madrugada elevaron el número de víctimas hasta las 127 que, de momento, hay confirmadas. Hollande había declarado el estado de Emergencia y anunciado el cierre de fronteras. El 13-N ya era parte viva de nuestra historia.



Estos han sido los sucesos. No tenía previsto tener que hablar sobre algo tan terrible. Había preparado un artículo sobre el proceso catalán que subiré el domingo que viene. No me alegra haber tenido que cambiar de planes. Pero quiero dejar constancia de dos cosas sobre las cuales debemos reflexionar muy seriamente tras este trágico episodio:






Primero. Me ha parecido absolutamente deplorable y vergonzosa la actitud de las televisiones españolas frente al suceso. Una vez se conocieron los hechos, ninguna televisión se dignó a cortar su hedionda mierda de programación para informar en directo sobre lo que estaba ocurriendo. ¿Qué era aquello tan importante que estaban retransmitiendo, que no se podía interrumpir bajo concepto ninguno? En TVE, cine; En Antena 3, Tu cara me suena; en Telecinco, Sálvame deluxe; en Cuatro, Hermano mayor y en La Sexta, Equipo de investigación. Nuevamente la radio e Internet fueron los mejores aliados para quienes quisimos estar informados. Antena 3 sólo cortó Tu cara me suena ya casi a las 12 de la noche debido a la presión de las redes sociales y ofreció un breve de 8 minutos, para luego seguir con el programa musical. El Canal 24 horas (junto con 13 TV) fue el único que dedicó una cobertura en directo, pero cabe destacar que este canal tiene una audiencia media que no llega al 1% de share. Un dato que anoche multiplicaron por ocho para alcanzar una cifra de 7,7%, por lo que los directivos no pueden escudarse en la audiencia para justificar el hecho de que no cortaran la conexión. Los ciudadanos no somos tan ignorantes ni tan desinteresados como algunos pretenden hacernos creer.

Aquí vengo a elogiar, eso sí, el trabajo del equipo de TVE 24h que realizaron una excelente cobertura del suceso conectando frecuentemente con diversos corresponsales y manteniéndonos al tanto de las reacciones internacionales. No he de decir lo mismo de la calidad del debate que se llevó a cabo en el plató, comandado por periodistas rancios y de la derecha más casposa, pero poco más podíamos esperar de TVE. Por lo menos me mantuvieron informado, eso sí, siempre un paso por detrás de los medios digitales y tres pasos por detrás de Twitter.









Segundo. Que esta tragedia no sirva para alimentar el odio a los refugiados y la islamofobia. Ya lo dije tras los atentados de Charlie Hebdo, y hoy lo vuelvo a reivindicar. No debemos culpar al Islam por estos crímenes. Mucho cuidado con confundir las causas del problema con sus consecuencias. Los refugiados que están llegando a todas partes de Europa huyen de los mismos asesinos que ayer perpetraron el ataque a la capital francesa. Allí en Siria hay miles de musulmanes que están luchando por liberar a su país de las garras del ISIS. Este tipo de atentado que tanto nos escandaliza es el pan de cada día para los países en que el Estado Islámico tiene instauradas sus bases. El jueves mismo, tuvo lugar un ataque terrorista en Lebanon (Líbano) que dejó decenas de muertos y no he visto un solo medio de comunicación que se haya hecho eco de ello. Os dejo una imagen del hecho:





Y para los que defienden el cierre de fronteras, con tal de asegurarnos de que ningún ISIS se infiltre en los refugiados, cabe recordarles una cosa. La Guerra de Siria la hemos provocado nosotros. El ISIS ha sido un grupo armado, entrenado y financiado por los países de la OTAN, con Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia a la cabeza. El presidente Hollande admitió hace unos meses haber entregado armas letales a los rebeldes sirios. Los motivos, una vez más, los intereses petrolíferos. Ahora es, por tanto, nuestra responsabilidad acoger a los refugiados. De todos modos, dudo mucho que los miembros del ISIS, la mayoría, por cierto, mercenarios reclutados a través de Internet, necesiten esconderse entre los refugiados para acceder a los países de Europa. La mayoría ya están instalados, o pueden viajar a través de otros métodos más cómodos.




El presidente Hollande con Salmán bin Abdulaziz, dictador de Arabia Saudita, uno de los países que han financiado el ISIS


Cría cuervos y te sacarán los ojos. El ISIS es producto de las políticas imperialistas llevadas a cabo por los países occidentales, que ahora no saben como reaccionar frente a un problema que se les ha ido de las manos. Pasó con Al-Qaeda y vuelve a ocurrir ahora. No aprendemos de nuestros errores. Y mientras tanto, las televisiones callan y se llenan la boca de palabras vacuas y políticamente correctas. Ocultando a la gente la raíz del problema lo único que consiguen es seguir fomentando un odio injustificado que cada vez está más asentado en nuestra sociedad. Hoy Europa llora lágrimas rojas, blancas y azules. Por la noche en Oriente Medio las estrellas verdes gritarán con angustia y dolor, testigos una jornada más de las masacres que el hombre acomete en nombre de un dios que no nos acogerá. Este es el mundo que entre todos hemos provocado. Hoy yo lloro nuestra desgracia.



La misma cantinela de siempre

''Antonio Machado fue elegido miembro de la Real Academia. Pasados unos años fue a Francia con su familia y allí vivió hasta su muerte''. Evidentemente, Machado fue a Francia porque no tuvo otro remedio: tras el fin de la Guerra Civil, y dada su condición de republicano, tuvo que huir, se exilió. Esas palabras sobre Machado están recogidas en un libro de texto destinado a los estudiantes. Este es un ejemplo del penoso sistema educativo que existe en nuestro país. Tras casi cuarenta años de democracia, los distintos partidos políticos que han pasado por el Gobierno no se han dignado ni una sola vez a crear un sistema educativo definitivo, cuya única finalidad fuera enseñar a los estudiantes y no destrozar sus mentes llenándolas de ideologías. Cada vez que un gobierno nuevo entra en el círculo de poder, el sistema vuelve a cambiarse, y así hasta la actualidad, donde prevalece una educación deteriorada, en la que la cultura ha pasado a ser el último mono. Es triste, y vergonzoso.

De esta indignación surge el nuevo libro de Arturo Pérez-Reverte, La Guerra Civil contada a los jóvenes, con ilustraciones de Fernando Vicente. Un libro destinado a chicos de entre 11 y 16 años. Pero un libro que los adultos pueden leer también, pues nada ni nadie se lo impide. Reverte ha concebido este libro como una pincelada de nuestra historia más reciente, como un refuerzo a los libros de Historia. Es una obra que se lee con facilidad y que explica, brevemente y con puntuales detalles, los principales hechos que ocurrieron durante la Guerra Civil, así como las consecuencias de esta. Desde que tengo uso de memoria, y desde que soy lector, sobre todo de artículos, de Pérez-Reverte, he podido observar su preocupación por la educación que se imparte en España, y por cómo se traslada la Historia a los estudiantes. Reverte es un defensor del espíritu crítico. Cree que en una sociedad en la que existan ciudadanos críticos, el progreso del hombre se conseguirá de una forma más sencilla, más eficaz. Para Reverte, esos ciudadanos críticos se forman por medio de la educación; enseñando, por ejemplo, la Historia de un país. ''No hay que dejar a los jóvenes huérfanos de memoria'', dice el escritor.



Pérez-Reverte presentando su nuevo libro (EFE)


Esa preocupación por la educación la vimos ya el año pasado, cuando Reverte publicó una edición de El Quijote adaptada a los escolares. Este año, el académico vuelve a hablarle a los más jóvenes en su libro sobre la Guerra Civil, planteando el conflicto desde los hechos, sin entrar en política. Pero claro -¿cómo no iba a pasar en nuestra España querida?-, los asiduos al sistema establecido han saltado por ello, y lo han hecho de la mejor forma que saben: echando bilis.

En un artículo reciente, un tal David Becerra zarandea a Pérez-Reverte como si fuera un objeto inerte, alegando contra él y contra su libro todo tipo de argumentos que llevan a equívocos. Becerra afirma que Reverte ''despolitiza la Guerra Civil convirtiéndola en un absurdo, como si el pueblo español, en guerra constante contra sí mismo, hubiera iniciado una guerra por su vocación sempiterna de no saber convivir en paz''. Ante estas palabras, me planteo dos cuestiones. Una, si Becerra realmente se ha leído el nuevo libro de Reverte; y dos, si es lo sobradamente tonto como para sacar unas conclusiones tan nefastas. Siento mucho decirlo, pero ante la imbecilidad de ciertos individuos solo cabe hacer dos cosas: o te callas como una rata y dejas pasar la gilipollez dicha, o rebates el hecho. Pues bien, yo al autor de ese artículo que crítica a Reverte por contar, de forma sencilla -ya que su público objetivo, en este caso, son los jóvenes-, unos hechos como los de la Guerra Civil, le recomendaría leerse el libro si no se lo ha leído -ya que, por lo que dice en su texto, parece que no lo ha hecho- o, en caso de que sí lo haya leído, que lo vuelva a hacer, pero esta vez sin dejarse llevar por su ideología.


La Guerra Civil contada a los jóvenes (Fernando Vicente)


''Este es un libro que no va a gustar a los extremos'', decía Pérez-Reverte cuando lo presentó. Qué bien lo sabía. De verdad, no entiendo cómo la imbecilidad y la idiotez de algunas personas puede llegar a extremos tan rastreros como los que acabo de comentar en el anterior párrafo. ''¿Por qué no se habla de las causas políticas, que fueron las que en verdad desencadenaron la guerra?''. Esa es la pregunta que se hace Becerra en su artículo. Pues le voy a contestar, porque parece que él, Becerra, no ha entendido nada. ''La Guerra Civil enfrenta al amigo con el amigo, al vecino con el vecino, al hermano con el hermano''. Pérez-Reverte quiere dejar atrás, de una vez por toda, el aberrante sistema del A o B, de la derecha o la izquierda. El atroz sistema de las etiquetas, que no son sino consecuencia de la Guerra Civil, y que llega hasta nuestros días. Algunos iluminados parece que aún no entienden eso y se empeñan en seguir metiendo cizalla para intentar callar a las pocas voces lúcidas que quedan en nuestro país.

¿Quién hay mejor que Arturo Pérez-Reverte para hablarnos sobre una guerra civil? Él fue durante veinticinco años corresponsal de guerra y vio y vivió desde fuera lo que era que hombres o mujeres del mismo país lucharan entre ellos por defender las absurdas ideologías que, al final, solo traen problemas. Parece que algunos, en España, siguen buscando un culpable de la Guerra Civil, siguen diferenciando entre buenos y malos, rojos y fachas. Es absurdo, pero pasa, porque las consecuencias ideológicas de la Guerra Civil continúan existiendo. Aquellos que critican a Pérez-Reverte por este nuevo libro son los que, aunque no lo crean, siguen con esa mentalidad errónea del que no quiere ver: la de diferenciar entre tu bando y el mío, entre A o B. Yo no soy nadie, pero me parece sucio que unos tipos de poca monta que quieren dárselas de intelectuales manchen la notable figura de un señor como Arturo Pérez-Reverte. Y, ni mucho menos, voy a permitir que semejantes individuos continúen con la misma cantinela de siempre: etiquetas, bandos... Pérez-Reverte no publica un libro de Historia. Publica un ensayo histórico, por así definirlo; una obra que trata de enganchar al lector de once, quince, veinte o cincuenta años para que este, una vez tenga esas pinceladas en su cabeza sobre lo que ocurrió en la Guerra Civil, se convierta en autodidacta, en investigador, e indague sobre el tema.


La Guerra Civil contada a los jóvenes (Fernando Vicente)


Parece que en este país si no te posicionas no eres nadie. Arturo Pérez-Reverte no quiere vender humo a los jóvenes con esta nueva obra, quiere mostrarles una serie de hechos históricos para que luego ellos abran su mente y averigüen, por su propio pie, qué pasó en la Guerra Civil. Reverte será un cabrón de mucho cuidado, un tipo con un par de cojones, capaz de llamarnos gilipollas, gandules o hijos de puta. Será un chulo de la hostia, un faltón o un creído. Pero ni mucho menos es un mentiroso o un falso, porque él, más que nadie en este país, será de los pocos que se preocupa de verdad por la educación y por la juventud, y La Guerra Civil contada a los jóvenes es un ejemplo más de ello.

8 de noviembre de 2015

¿Por qué todo el mundo odia a Ana Pastor?


He empezado mi andadura en The Newsblog en medio de una amalgama mental que ha dado lugar a dos artículos en los que, torpemente, divagaba acerca de cuestiones tan existenciales como el humanismo o la naturaleza del ser humano. Tras una semana de descanso me he relajado un poco y he vuelto con otra cuestión, pero esta vez mucho más terrenal y enfocada al mundo del periodismo. Es una de esas preguntas que vienen a mi cabeza semanalmente, concretamente los domingos por la noche, tras echar una ojeada a esa caldera en ebullición que es Twitter mientras veo El objetivo. Luego se me va de la cabeza, pero esta vez he tratado de recogerla para intentar responderla en este artículo. Y bien, la pregunta es:


¿Por qué todo el mundo odia a Ana Pastor? (Vale, sí, la pregunta es el título, pero había que mantener un poco el suspense)


No, en serio, a ver. Cierto que tiene tantos detractores como defensores, sobretodo desde su llegada a La Sexta, pero lo cierto es que no deja indiferente a nadie. Lo que fundamentalmente se critica de ella es su forma de hacer entrevistas, que causa recelo tanto en la derecha como en la izquierda. De la derecha se puede entender este odio, debido a la cadena para la que trabaja y por su pensamiento ideológico. Pero hay un amplio sector de la izquierda al que también les resulta insoportable, y no pueden aguantar más de diez minutos de entrevista sin ponerse histéricos. Estoy seguro de que muchos de los lectores, cualquiera que sea su perfil ideológico, se van a sentir identificados con esto que estoy diciendo.
¿Por qué una simple periodista causa tanto debate por el simple hecho de hacer su trabajo? Veamos cuales son las principales críticas que recibe.




De Ana se dice que interrumpe constantemente a los invitados y no les deja hablar, que quiere ser protagonista en todas sus entrevistas. ¿Es eso malo? En absoluto. Hace bien. Hay dos tipos de entrevistas. Están las entrevistas atemporales, de tipo artístico, cultural o bien a figuras de autoridad que, más allá del interés general, tienen una serie de valores de carácter constructivo y productivo que aportar a través de su testimonio. En este tipo de entrevistas, el protagonismo del entrevistado debe ser total. Ahora bien, en las entrevistas de tipo político que tienen una demanda temporal, el periodista debe intervenir constantemente para mediar el tono discursivo y evitar que la entrevista se convierta en un mitin o en un alegato, por mucho que los designios del entrevistado sean más o menos legítimos. Ana Pastor es una especialista en el segundo tipo de entrevistas —mucho más difíciles—, pero también es capaz de cambiar el tono y darle las riendas al entrevistado cuando la situación lo requiere (como ocurre en el último programa con la entrevista a Malala).

De Ana Pastor también se dice que da la sensación de que las preguntas que transmite no corresponden a su pensamiento, sino que lo que trata es de trasladar cuestiones que 'se supone' la gente se pregunta. Esto hace que muchas personas se alarmen ante ciertas cuestiones que se atreve a realizar y que, dicen, “la dejan en evidencia”. Ejemplo reciente de ello lo tenemos en la última entrevista a Ada Colau, donde al hablar de la desobediencia civil comparó el dejar de pagar el IVI con la lucha por derechos fundamentales como la vivienda o la autodeterminación de los pueblos. El planteamiento de Ana Pastor es, efectivamente, bastante pobre, pero no deja de ser uno de los argumentos usualmente utilizados por una amplia mayoría de la población cuando se pone este debate sobre la mesa. El periodista, en tanto que ejerce como portavoz del ciudadano, tiene la obligación de trasladar ese tipo de cuestiones si están presentes en la calle. Esto es, de hecho, más que un ataque, una oportunidad para el entrevistado, que a través de su argumentación va a poder desmentir ciertos tópicos arraigados al ideario popular. Ana no queda como una estúpida, Ana pregunta, allá cada cual que se identifique con el discurso que quiera.


Ana Pastor con Manuela Carmena, en una de sus entrevistas más criticadas en la red



Lo que en realidad ocurre es que para el ciudadano de izquierdas resulta muy frustrante ver como una periodista que, supone, tiene una idea de sociedad similar a la suya, construya una entrevista capaz de atentar contra esa idea de sociedad. Es decir, si una periodista etiquetada como de izquierdas —ya no Ana Pastor, sino cualquiera— consigue dejar en evidencia a Pablo Iglesias o a Alberto Garzón en una entrevista, esto le genera una frustración porque piensa que esa entrevista va a tener una repercusión real que afecta negativamente a su idea de sociedad. Que eso lo haga un periodista de derechas, fastidia, pero al menos podrá recurrir a la excusa de la manipulación informativa que surge de la injerencia de los poderes fácticos en los grupos mediáticos. Que lo haga una periodista de izquierdas, sin embargo, le romperá los moldes completamente.

¿Cuál es la raíz del problema? Nada más ni nada menos que una concepción absolutamente equivocada del periodismo. Periodismo NO ES una herramienta de cambio social. Periodismo ES un instrumento de control de los poderes públicos. A mí también me atrae pensar en el hecho de que el periodismo actúe de un modo tal que consiga cambiar el pensamiento de la gente y llevar un gobierno de izquierdas al frente de nuestro país. Pero ese es un pensamiento peligrosamente interesado y que linda demasiado cerca de la propaganda política característica de los regímenes autoritarios. Los periodistas, aún en una situación de crisis del sistema dramática como la que estamos viviendo, no deben olvidar nunca su función, ni aunque sea momentáneamente. El cambio social lo deben mover otros agentes.



Prefiero pensar que si todos los periodistas fueran como Ana Pastor, si el periodismo estuviera poblado realmente por periodistas y no por conductores de la opinión pública, la sociedad tendría la madurez suficiente para despertar, y al pensar por sí misma, los resultados electorales se acercarían más a aquellos que corresponden con el interés general de la población. Pero el panorama mediático español está hoy controlado por esos mediadores de la opinión pública que son los bancos y las grandes empresas, y que tienen en sus lacayos portavoces a los periodistas. Mientras eso no cambie, y mientras que los españoles no seamos capaces de adquirir nuevos hábitos de consumo informativo que se alejen todo lo posible de los medios tradicionales, el cambio político no llegará nunca. No el 20-D, a tenor de las encuestas. De eso no me cabe ninguna duda.