11 de octubre de 2015

Vientos de pueblo

Bueno, pues aquí estoy otra vez escribiendo, debutando en el nuevo blog que continúa la aventura iniciada en la Red-Acción y en el que nuevamente, me siento enormemente agradecido por poder participar. A lo mejor no es el mejor día para estrenarme, puesto que considero un alto porcentaje de nuestros lectores afines deben estar disfrutando de esta pequeña dosis de libertad que en este puente se nos ofrece. Y es que estos días la gente se ha vuelto a sus pueblos o se han ido de vacaciones para celebrar y para aprovechar las múltiples actividades lúdico-festivas que los ciudadanos de esta nación han puesto en marcha para celebrar por todo lo alto su hispanidad. Sí, mañana es 12 de octubre. Mañana es la Fiesta Nacional. La gente se lanzará a las calles ondeando la bandera en una potente expresión de orgullo y amor por la patria. Que dices sí, bueno. Vale. Pero yo me he puesto a pensar, a divagar, cómo suelo hacer, y me he dicho ¿qué coño se conmemora exactamente el 12 de Octubre?
Según argumenta la Ley 18/1987 “la fecha elegida, el 12 de octubre, simboliza la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los reinos de España en una misma monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos”. Pues nada, sí, a celebrarlo, que estamos a punto ¿eh? Pero yo me digo ¿cuándo vamos a terminar el proceso? A no ser que se refiera a eso de “la integración de los reinos de España en una misma monarquía”, ya, sí, ese proceso si que terminó hace ya muuuucho tiempo.


No, venga, que no me lo trago, yo quiero saber qué vamos a celebrar mañana, qué es realmente la hispanidad, cómo se respira su esencia. Y para eso yo creo que nos tenemos que remontar muy atrás, hacia los tiempos en que el tatara-tatara-tataranieto del celebérrimo creador de la marca de detergentes Colón tropieza con un cacho de tierra desconocida y sus descendientes empiezan a frecuentarla para quemar bosques, construir iglesias y violar a las indígenas. Yo creo que más o menos por ahí empezó todo. Cuando la inminente nueva clase social burguesa empieza a enviar barcos vacíos al otro continente y un reducido pero suficientemente notable bultito empieza a asomarse en la entrepierna de nuestros monarcas cada vez que un nuevo territorio es consquistado. Eran tiempos felices, de carpe diem, tempestad bucólica y narices superlativas. Y eso al principio estaba guay, pero luego eso del carpe diem y el antropocentrismo se desmadró demasiado, llegó la ilustración y los gabachos empezaron a cortar las cabezas de los reyes. Y claro eso ya no molaba. De todos modos en la estepa castellana el wifi siempre ha ido un poco lento y también estaba la gente demasiado ocupada luchando contra molinos gigantes, así que para cuando llegaron esas ideas modernas ya nos daba mucha pereza ir a cortar cabezas, además que los plebeyos no tenían guillotina y la azada bastante mierda tenía que arrastrar ya todo el día como para ponerse a partir cervicales. Y como El espíritu de las leyes era demasiado largo nos leímos el Leviathan así, salteado, e ideamos una especie de despotismo ilustrado que luego derivó en un turnismo de palo en el Siglo XIX, digo de palo porque muy de acuerdo no se ponían los señores burgueses que acababan siempre utilizando el ejército y encima se les coló una república ahí por el medio. Y luego llegó 1898, los yanquis nos mearon en la cara y finalmente, en el imperio español, se puso el Sol.

Pues así fue más o menos al principio. El concepto de hispanidad como redención absoluta al monarca y a la religión, como conducta megalómana junto con un total y absoluto desconocimiento de la realidad global. ¿Y la europea? Sí bueno, a eso me refiero. Hispanidad como símbolo de pobreza de los pueblos y del retraso económico, tecnológico e industrial en relación con las otras naciones. Pero también es cierto eso que se dice de que “en este país hay de todo”. Llega el siglo XX y la cosa se empieza a caldear, tiemblan los cimientos de la Restauración, ladra un perro andaluz y Gasset publica La rebelión de las masas. Y el hombre-masa queda en evidencia tras el Jueves Negro, y se tiene que enfrentar a los ávidos lectores de Marx, Engels y Bakunin, al espejo candente de la Revolución de Octubre que llega a nuestra nación tras el escepticismo que flota en el ambiente a la muerte de Miguel Primo de Rivera. Y llega la Segunda, llega el Frente Popular, y España deja de ser católica.
Y aquí también hay algo de hispanidad. Aquí en la herencia que nos dejan cinco años de República, y tres más de Guerra Civil. En la confrontación de dos ideales opuestos incapaces de coexistir, por pura lógica y definición, igual que no pueden coexistir el odio con la solidaridad, la tradición con el progreso, la muerte con la vida. Y Picasso pinta el Guernica. Y quiero creer que en ese grito de angustia que emana de una de las obras de arte más maravillosas del siglo pasado, hay, por lo menos, una pizca de hispanidad. Que la hispanidad fue lo que movió a miles de españoles a los campos de batalla, pero también a miles de franceses, alemanes, italianos y obreros de todos los países que llegaron a Madrid a defender con los fusiles la victoria del socialismo y de la democracia. Que hispanidad llenó de caligrafía borrosa las libretas de Miguel Hernández en el frente de Jaén y lo siguió haciendo en sus últimos años, metido en un angosto calabozo, a pesar del dolor, a pesar de la derrota.
Porque hay que reivindicarlo, hispanidad también era todo aquello. Y el hecho de reivindicarlo es, más que un convencimiento, una responsabilidad. Porque no hacerlo sería robustecer el discurso dictatorial que en este país arrebató el concepto de hispanidad a unos para otorgárselo a otros, a partir de sus propios criterios, basados en el odio y la discriminación. Un discurso que todavía algunos mantienen. Un discurso fascista, conservador, autoritario. De algún modo, eso también es hispanidad, también hubo gente que murió por ello, y también mañana ondearan banderas sobre el convencimiento de estas ideas. Es lamentable, pero no debemos olvidarlo.



Llegó la dictadura y la Guerra Mundial, Berlanga se marchó a jugar con los nazis, Manuel pasó a ser el Machado bueno, Mercader mató a Trotsky de un pioletazo, Hitler se pegó un tiro, Berlanga volvió y rodó Bienvenido Mister Marshall. Nos hicimos amigos de los yanquis, les perdonamos lo de 1898 y dejamos de lado a nuestros hermanos cubanos que fraguaban la revolución por ellos mismos e hicieron de una isla de 7 millones de habitantes un ejemplo de emancipación y uno de los símbolos de la Guerra Fría. Y mientras tanto en nuestras ciudades, curas y cachetazos, leche en polvo y queso americano; en nuestras montañas guerrilleros supervivientes, nostalgia, lucha y esperanza. Y a pesar de que nuestro país se sumía en las sombras de una dictadura que parecía no tener fin, que el mundo se congelaba en medio de una guerra ideológica comandada por líderes psicópatas y codiciosos que aprovecharon la creciente tensión política para corromper e institucionalizar sus regímenes, todavía había fuego y luz en una generación que salió a la calle a hacer historia en mayo del 68. Victor Jara cantaba su Manifiesto, y con Vientos de pueblo evocaba los versos que Miguel Hernández había escrito unas décadas atrás. Y hermandad e hispanidad se fusionaron a través del vehículo cultural: lengua, arte y costumbres que nos vinculan con un continente que hoy todavía sigue buscando su identidad, y a pesar de todas las dificultades, sigue degustando con pasión el fruto de su recién lograda libertad.


Aquí, mientras tanto, l'avi siset estiraba la estaca, y con él todos hacíamos un pequeño esfuerzo, y al final, de tanto estirar, la estaca se rompió. Llegó la democracia y la Constitución del 78, e hispanidad fue por primera vez consenso, fue por primera vez entendimiento entre iguales. Y nuestra democracia creció en el contexto de la lucha por los derechos humanos, Mandela y Martin Luther King se convirtieron en los nuevos referentes y dejaron atrás la polarización causada por los viejos anhelos. Cayó el muro, triunfó el capitalismo, y el sistema que -como el comunismo- dejó llantos, muertes y decadencia en todos los rincones del mundo, se instaló y se mimetizó en nuestra democracia y se convirtió en la insignia y baluarte de la por fin lograda libertad. Y un poco de eso será también lo que celebraremos mañana. Celebraremos que el hombre, a veces, olvida con demasiada facilidad su pasado, su historia, su lucha. Que crecemos y, muy a menudo, dejamos de ser jóvenes, de ser inconformistas. De ver una injusticia donde antes podemos ver una oportunidad, un beneficio. En eso consiste madurar, al menos en este país.
El presente muy pronto se convertirá en pasado, y las lágrimas derramadas se las llevará la marea y se confundirán en la amplitud del océano. Celebraremos con orgullo nuestro día, sin saber qué es el orgullo. Hablaremos del coraje de nuestros antepasados, y olvidaremos el coraje que no tendremos. No sabremos quiénes son nuestros hermanos y, en nombre de la democracia, elegiremos como padres a los mismos que nos reprimieron y nos asesinaron unos años atrás. Pero habrá quienes, insatisfechos, alzarán su voz y pelearán. Se levantarán y expresarán su descontento, tendrán anhelos, ideales, ilusiones, lucharan por una sociedad mejor y, finalmente, serán derrotados. Vacuos, ingenuos, ignorantes. Sus ojos dejarán de brillar, morirán, y las olas seguirán pacientes su curso por el vasto mar. Pero estos pobres perdedores, serán memoria, serán generación. Escribirán un capítulo en nuestro libro que será por siempre recordado. Un capítulo que será narrado, estudiado, analizado, rememorado, debatido, mitificado y desmitificado. Serán parte de esa experiencia colectiva que conforma la auténtica e imprescindible hispanidad. Y lo mejor, es que no serán españoles, ni catalanes, ni hablarán castellano, argentino o mejicano. Hablarán todas las lenguas, tendrán infinitas nacionalidades, porque estarán en todos los rincones del mundo creando nuevas experiencias y escribiendo juntos. Mañana es 12 de Octubre, queridos lectores. Que pasen un feliz día.










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