El
pasado veinte de septiembre, Grecia volvió a hacer frente a unas
elecciones. Las segundas en un mismo año. Volvió a ganar Syriza, y con ello, Tsipras. Estas elecciones fueron las que más baja
participación de la historia tuvieron. Syriza, que se fraccionó en
dos, recuperó el mando de poder y unió sus fuerzas en el gobierno
con el partido de los Griegos Independientes (ANEL). Tsipras, tras
jurar su puesto como primer ministro griego, fijó como prioridad aliviar la deuda que tanto asfixia
al país heleno. Para el exministro de finanzas Yanis Varoufakis, la
victoria del ala conservadora de Syriza ha supuesto el éxito de la
troika; un triunfo, al fin y al cabo, de los poderosos que manejan
Europa. Varoufakis, el hombre indomable, recomendó a sus
compatriotas que votaran a Unidad Popular -los disidentes de Syriza-,
pero dados los resultados de las últimas elecciones, donde Unidad
Popular no consiguió ni siquiera entrar en el Parlamento, uno se da
cuenta de que o los griegos no hicieron caso a su exministro o de que,
quizá, el pueblo heleno ya no le tiene en tan alta estima.
Los griegos no quieren salir del euro. Para ellos, volver al dracma
sería un error, y lo saben mejor que cualquier otro europeo. Con la
nueva victoria de Syriza, Tsipras tiene ahora que hacer frente a una
serie de duros ajustes propuestos por los miembros de la troika si
quiere que su país siga formando parte de Europa. Sin embargo, el
primer ministro griego confía en que Grecia reflote a los mercados en 2017. Otra cosa es que lo consiga.
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| Tsipras celebrando la victoria de Syriza (Fuente: La Vanguardia) |
Volviendo
la vista atrás, a ese mes de septiembre, me vienen muchas cosas a la
cabeza. Un avión sobrevolando Atenas en la madrugada y, a mis pies,
las luces de una ciudad que guarda muchos misterios y que se
encontraba, en aquel momento, en el centro del huracán mediático.
Hace ya más de un mes que tuve la oportunidad de viajar a Grecia, y
lo hice en un momento perfecto, histórico.
Faltaban
un par de semanas para que fuesen las elecciones griegas. La
propaganda política recorría las calles de forma moderada, no como
aquí, en España, que inundan nuestras cabezas con los colores de
cada partido. En Atenas no vi mucha publicidad política. Aún
quedaban vestigios de carteles a favor del OXI. Incluso, en un parada
de metro, unas pancartas mostraban su gusto por el KKE, el Partido
Comunista de Grecia. Con la ilusión de unas elecciones a la vuelta
de la esquina, Atenas se mostraba majestuosa. Llegué a imaginar cómo
habría sido aquella ciudad en tiempos de Sócrates. Atenas, la cuna
de la democracia.
Entre
el revuelo de las elecciones griegas, paralelamente en los medios de
comunicación se hablaba de otro tema: la crisis de los refugiados
sirios. Fue en el Pireo, el puerto marítimo de la capital griega,
donde tuve la suerte o desgracia de toparme de bruces con esa
realidad. Un grupo de sirios descansaba, sentado, cerca de los
muelles del puerto. Hombres, mujeres, niños, ancianos. Ingenieros,
maestros, estudiantes, jubilados. Al fin y al cabo, personas. Gente
que estaba allí huyendo de una guerra civil. Gente con ilusiones que
se gastaban los ahorros de su vida en comprar ese billete que los
llevara al viejo continente. Gente que perdía la vida cruzando los
mares o andando durante horas sin llevarse nada a la boca. Los
autobuses públicos llegaban al Pireo cada dos por tres para recoger
a los refugiados. Seguramente, el Gobierno griego había habilitado a
los sirios un medio de transporte para llevarlos al norte del país y
soltarlos en la frontera. Ese era el mantra de los refugiados.
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| Refugiados sirios en el Pireo (Atenas) |
Pasé
una semana en Grecia, y para nada me pareció un país al borde de la
destrucción, como a veces se nos dice en los medios españoles. Vi una
doble realidad que quizá esté más presente allí que en otros
países donde existe una crisis. Zonas como Kifisia, con sus grandes
avenidas y su gran número de tiendas lujosas, muestran la cara
bonita de Atenas. Pero el contraste es singular. Vas caminando por la
ciudad y, al pasar de una calle a otra, el ambiente se modifica
radicalmente. Ahora ya no ves ese consumismo puro y duro que se
respira en Kifisia. Ahora ves a gente tirada en el suelo, pidiendo
algo de comer -aunque muchos de ellos seguro que trabajan para mafiosos en la
sombra-. Ves a niños pequeños tocando el acordeón, mendigando unas
monedas para poder llevarse algo a la boca. Ves a gente buscando en cubos de basura, algo que también pasa en España. Y ves
pintadas por todas partes, grafitis que apoyan el OXI y que
van contra la troika; edificios que ya no son lujosos, sino que
tienen un cierto color negruzco, cercano a la suciedad, que parece
que se van a caer en cualquier momento. El contraste social es
característico, cuanto menos.
También me llamó la atención las calles vacías por la noche. Y los furgones de
policía, armados hasta las trancas, que se paseaban por una Atenas
tranquila y silenciosa en medio de la oscuridad. Y esos viejos
perros de la Plaza Sintagma. ¿Qué hacen
allí? A todas horas, siendo mañana, tarde o noche, una infinidad de
perros callejeros, en manada, recorría la plaza más famosa de la
ciudad de la democracia, con sus collares a cuesta. Eran perros entrados en años, con una cierta edad. Muchos de ellos, sobre todo cuando hacía calor, se tumbaban
en medio de la plaza, en algún lugar con sombra, a descansar.
Parecía que esperaban algo. El tan ansiado rescate o la salida
de la crisis, ¿quizá? O imagínense que esos perros son la reencarnación de
antiguos filósofos griegos que maldicen ahora la mala situación de
su país. A lo mejor esos canes, filósofos de espíritu, rememoran
los tiempos de la Escuela de Atenas, de la filosofía que formó las
bases de Occidente. Incluso, por ir poniendo fin a estas líneas,
esos perros pueden ser hasta los portadores de la rebeldía griega
frente a los todopoderoso señores de la Europa actual.
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| Perro frente al Parlamento griego |
Una
parte de mi alma se quedó allí, en la capital griega. Atenas es una
ciudad que hay que patearse. Su espíritu batallador tiene que
entrarte por los poros de la piel para saber exactamente lo que se
siente al pisar una ciudad con tanta historia. Grecia es un país indescriptible; rebelde pero indescriptible. A lo mejor en su
rebeldía reside su magia. Y los griegos son gente cercana, amable y
que te abre la puerta de su casa para ayudarte.
En
este viaje aprendí a no fiarme tanto de los medios de comunicación.
La información es necesaria, evidentemente, pero no todo lo que nos
dicen es verídico tal cual, o al menos hasta cierto punto. Me he
dado cuenta de la constante exageración a la que los españoles estamos sometidos cuando en los
medios se habla de otros países. No hay nada más puro y creíble
para una persona que tener la ocasión de viajar a un país y ver con
tus propios ojos la realidad que allí se respira. No obstante, estoy
seguro de que, cuando España pasó por su peor momento durante esta
crisis, también desde fuera, a nosotros, se nos veía como un país
al borde de la debacle.
Alexis
Tsipras, en su primer mandato, quiso enfrentarse a la troika con
ciertos aires de prepotencia. En un mundo globalizado donde el dinero
es lo que prima, la troika es más fuerte que un pueblo rebelde cansado de aguantar a tantos poderosos. Tsipras se dio cuenta de
ello, Varoufakis también, y ambos recularon. El primero volvió a
convocar elecciones y renunció a su puesto de primer ministro, y lo
hizo con honradez, cierto. El segundo, pasó a ser exministro,
pero manteniendo su prepotencia y sus aires de chulería. Así le ha
ido a Varoufakis. Con la victoria en estas elecciones, Tsipras ha
rebajado su discurso, admitiendo el poder de la troika y centrando su
estrategia política en la deuda griega. Sin embargo, los acreedores,
ante el miedo de que el primer ministro griego vuelva a levantar el
puño en señal de rebeldía, llevan presionándole desde hace un mes
para que pague la deuda, para que haga ajustes antisociales.
Es
cierto que la troika es uno de los centros de poder del mundo, pero
también es verdad que en el poder no siempre reside la dignidad, y
la troika es un ejemplo de ello, junto con sus amigos de la eurozona
y los poderosos que manejan el viejo continente. Viendo a aquellos
refugiados en los muelles del Pireo me di cuenta de que la troika nos
engaña cada año a todos los europeos. Creemos que somos libres para
decidir qué queremos hacer con nuestras vidas; creemos que tenemos
el dinero suficiente para vivir en eso que se llaman sociedad del
bienestar. Lo cierto es que solo una minoría puede pagarse una suite presidencial en un hotel en Punta Cana. Creemos que con tener una semana de vacaciones al año ya somos felices, que la gran sociedad
capitalista en la que vivimos es el paraíso perdido. Nos creemos Mozarts. Creemos que cada uno de nosotros vale millones. A la troika, y a los grandes poderes, no les importamos. No somos más que un producto barato de la naturaleza, los destructores del mundo que encima luego ponen la zancadilla a personas que huyen de una guerra.
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| Reportera golpeando a un sirio (Fuente: La Vanguardia) |
Que
no nos engañen, ni nos engañemos a nosotros mismos. Por suerte,
vivimos en una sociedad donde tenemos muchas comodidades, sí. Pero
creo que sigue sin ser del todo igualitaria, justa, pues todavía hay
algunos que mantienen su limbo de poder y sus privilegios. Nos dan
una semana de vacaciones, esa es la golosina que nos tiran los
poderosos para que nos callemos, para que no nos quejemos de la
pirámide social en la que nos encontramos. Los de arriba quieren hacerse los buenos, y quieren parecer los buenos de cara al pueblo europeo, con eso de acoger a cierto número de refugiados sirios en un país. En el fondo, les volverían a poner la zancadilla si pudieran. El telón de la mentira
sigue existiendo. Algunas personas continúan viviendo en la caverna
platónica, atados de pies y manos, con la cabeza sujeta, bien fija,
viendo cómo unas sombras se proyectan en una pared, y creyendo que
esa es su realidad, cuando lo cierto es que la troika y otros
organismos de poder son los que dominan nuestra vida más de lo que pensamos. De alguna forma, la rebeldía de Grecia debería servirnos
para luchar contra esa gran obra de teatro protagonizada por los
europeos y dirigida por la troika y sus amigos. Obra cuyo argumento trata de dar todo
a los poderosos, una semana de vacaciones a los que no lo son y un autobus para llevar a la frontera a gente que huye de una guerra. Si
esos viejos perros de la Plaza Sintagma son el espíritu de la
revolución griega, de la rebeldía, yo también quiero que esos canes vengan a
nuestro país o a donde haga falta para acabar de una vez por todas
con las dictaduras encubiertas de los que dominan el mundo.




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