Suena
el despertador. Me levanto y me estiro un poco. Así, para descargar
tensiones. Me preparo un café y un par de tostadas. Doy los buenos
días a Jorge, mi compañero de habitación, y nos sentamos el uno
frente al otro para desayunar. Por un momento, me siento tentado de
poner la radio y escuchar qué se cuece en las ondas. Pero es sábado,
casi la una de la tarde ya, y la programación en un día así me
produce un poco de tirria. Jorge y yo nos ponemos a hablar de algunas
de las noticias que han tenido lugar durante la semana. Sin duda, una
de las más comentadas en todas las comidillas públicas ha
sido el cara a cara entre Albert Rivera y Pablo Iglesias que emitirá
Salvados el próximo domingo. ''Empieza fuerte Évole'', dice mi
compañero. Asiento con la cabeza. Quizá este sea el cara a cara más
esperado del último año -¿he dicho quizá? Es. Es el cara a cara
más esperado-, aunque ver uno entre Rajoy e Iglesias sería también
para chuparse los dedos. Me parece muy bien eso de los cara a
cara, de las encuestas y de los mitines de partidos, pero un cosa
que quede clara: durante el verano, todos ellos, los políticos,
estaban calladitos, sin decir ni mu;
y ahora que las elecciones are coming, vuelven a
pronunciarse, a ser mediáticos, una y otra vez, una y otra vez, como una matraca que no cesa. Estuvieron en silencio durante un tiempo y ya están aquí de nuevo,
han vuelto. Es la lucha por la moqueta de despacho, por el machito,
como diría uno que yo me sé. Je, je.
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| Iglesias, Évole y Rivera en el 'cara a cara'. (Fuente: La Sexta) |
''Y
a ti, ¿un debate a cuatro qué te parecería?'', me pregunta
Jorge. Ya lo propuso Iglesias el otro día. Rivera
aceptó, Sánchez también, pero el que no lo hizo -una vez más- fue
el señor Rajoy. Parece que el presidente tiene miedo a las
apariciones públicas, a debatir con otros compañeros de profesión.
En fin, el PP se encierra en sí mismo. No sé cuál será su táctica
para ganar las elecciones, la verdad. A lo mejor se creen que
haciendo vídeos chorras todo vale, que todo está a salvo, y que la
gente les votará por el mero hecho de pintar la cara a una chica
con la bandera de nuestro país. ''Lo bueno sería que después del
cara a cara entre Iglesias y Rivera hicieran el tan ansiado debate
a cuatro'', le digo a mi compañero. Pero nada, el PP se niega a
ello. ''Ojalá cunda el ejemplo y no sea el único cara a cara''.
Todo esto sucede con el sonido de fondo de las encuestas situando a
PP, PSOE y Ciudadanos en la cúspide de la política española.
Podemos, según Metroscopia, da un bajón, o, como diría Risto
Mejide, se da una hostia, una buena hostia. Y oigan, qué entrevista
más cómplice le hizo el otro día Risto a Iglesias en su rincón, comparándola con la que le hizo en el Chester, claro.
Pero bueno, he de decir que me gustó bastante, la verdad. Hablando de
encuestas, por si no lo saben, Podemos también ha hecho una.
Se ve que se sintieron ofendidos por la situación en la que les había
puesto Metroscopia y decidieron hacer una ellos. Pues guay, ¿no? El
problema es que Pablo Iglesias ha calificado a
Metroscopia de ''retuerce sondeos''. Sin embargo, cuando hace un año
a Podemos se le ponía por las nubes, bien que Iglesias les tiró
besitos. Sí, como los de los emoticonos del WhatsApp. Y luego está
la encuesta de El Español. O, para definirla bien, la recopilación
de encuestas de El Español, que posiciona a PP (28%) y PSOE (24%)
por delante de los dos nuevos partidos emergentes (ambos con un 15%).
Yo también tiro más hacia esa opción. La veo más real. Pero,
creyéndonos lo que dice Metroscopia, en ese caso, Ciudadanos tendría
la llave para gobernar España. Me explico. Quizá el subidón del
partido de Rivera se deba a las recientes elecciones catalanas, ya
que Ciudadanos, dentro de los partidos no independentistas, se
posiciona en Cataluña como el primero; por tanto, puede tener la
tecla para rebajar los humos de la independencia catalana, y también
los humos de muchos españoles que, en vez de colaborar
moderadamente, solo saben echar bilis contra Cataluña.
Y
es que somos un país de etiquetas, y de bandos. La dictadura de lo
políticamente correctos y del A o B
-algún día encontraré una palabra para definirla- marcan nuestra vida. Somos de
derechas o de izquierdas, fachas o rojos, comunistas o capitalistas,
del Madrid o del Barça, del PP o del PSOE, monárquicos o
republicanos. No hay término medio. Aristóteles tiene que estar
bastante enfadado con nosotros. Somos gente a la que le gusta el
morbo y el mal rollo. Seamos sinceros. Le he contado tantas veces
esta parrafada a mi compañero Jorge que él ya debe estar cansado de
mí. Mientras hablo con él, se lo vuelvo a decir. Si es que no tengo
remedio. Y no lo tengo porque hasta yo utilizo etiquetas. Y somos un
país, un pueblo, que se vilipendia a sí mismo. No somos tan mal
país, ni tan mala gente. Muchas veces, por redes sociales, es donde
más se insulta, se difama, a España y a los españoles. Sentirse
español no es decir aquello de viva España.
Sentir algo por un país es saber apreciar su cultura, su
gastronomía, su geografía. Con el tema del 12 de octubre, volvimos
a ver la polaridad que sufre nuestro país: dos sentimientos se encontraron,
frente a frente, malmetiendo el uno contra el otro. Lo mismo de
siempre. La misma rabia acumulada durante años. La Guerra
Civil, los dos bandos, siguen presentes en este país. Es triste, y
doloroso.
También
es triste el sistema educativo que tenemos. Y, sobre todo, es triste
tratar de comer el coco a los niños con simbología, banderas o
ideologías para que sigan una línea u otra. Lo peor es que si encima lo criticas parece que está mal. Un niño de tres o cuatro años
no tiene que seguir una bandera. Tiene que jugar, divertirse y dejar
que su cerebro se expanda para aprender. Pero el sistema educativo,
infectado de profesores mediocres -no digo que todos lo sean-, se
empeña en encajonar, encasillar, a los pequeños. Parece un sistema
militarizado, corrupto. Parece que quieren que no pensemos. ''¿Nos privan de la filosofía para hacernos más borregos?'', pregunto a mi
compañero. Él me escucha atentamente, corroborando muchas de las
cosas que digo.
| (Fuente: @jordievole) |
El
sistema. Todo está movido por un sistema que se está desmoronando
poco a poco. Todo se mueve por la pasta. Un sistema donde Bruselas
quiere volver a apretar las tuercas a los españoles. Pero no pasa
nada, Rajoy sigue diciendo que todo está bien. Todo por el sistema.
Un sistema donde el cerrojo más casposo de la Iglesia atenta contra la llegada de los refugiados sirios. Pero tampoco pasa nada,
porque luego reculan y cambian sus palabras, piden por ellos, por sus
almas. No sé cómo el Papa Francisco sigue en su puesto.
¿Un Papa tan progresista en un nido de cuervos...? Ojalá limpie la
institución. Pero eso, como el tan ansiado debate a
cuatro, parece un sueño lejano.
Llaman
a la puerta. Es Blai. Viene con un plato de macarrones entre sus
brazos. Lo trae acunado, como si se tratara de un bebé. ''¡¿Todavía
estáis en pijama?!'', nos dice a Jorge y a mí. Los tres nos reímos.
Blai deja su plato encima de la mesa y se une a nosotros. Jorge se
levanta de la silla y se va a la pequeña cocina que tenemos en la
habitación. ''¿Qué te vas a hacer de comer?'', le pregunto.
''Macarrones'', sonríe. Luego, cuando acabe de cocinar, me toca a mí
hacerme la comida. Macarrones también. Je, je. ''¿De qué vas a
hacer el artículo para el blog?'', me dice Blai. Sonrío.
Mientras escucho Mike Oldfield, voy pensando unas últimas palabras
para esta historia. ''¿Y tú, Blai? ¿De qué lo vas a hacer?''.

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