9 de octubre de 2015

El primer amigo

- ¡Papá, hay una serpiente en el jardín!

Su padre oyó el grito de su hija mientras estaba inclinado sobre sus planos. No tardó ni un segundo en soltar el lápiz e incorporarse, listo para el rescate.
Echó un vistazo por la ventana y vio a Sara agazapada en el jardín, inmóvil.

- ¡No te acerques, cariño!

Daniel salió despedido de su despacho, bajando a gran velocidad las escaleras. Los nervios se apoderaban de él impidiéndole elegir con rapidez si armarse o apartar a su hija. Finalmente, se decantó por coger la escoba e ir. Salió por la puerta blanca que daba al jardín y se aproximó a Sara a grandes zancadas.
Una súbita e incomprensible rabia invadió a Daniel al ver que se trataba de la manguera

- Mira, papá. Se llama Dorothy y se ha perdido. Dice que está buscan-

No la dejó terminar la frase. Tiró con fuerza la escoba al suelo y cogió a la niña del brazo y la arrastró al interior de la casa.

- ¡Esto no puede seguir así, Sara! ¿Me oyes? ¡No puede ser! Acabarás por darme un disgusto. ¿Y si el día que sea cierto no voy porque creo que es un juego tuyo? - La riñó con severidad, sentándola

- P-papá.

- ¿Qué?

- Me haces daño... - Gimió Sara

- Lo siento – Se disculpó, soltándole el brazo. La marca de la mano volvió a recuperar el riego sanguíneo y el color. - Hablaremos con tu madre cuando vuelva.

Daniel esperó a que Marta volviera de la oficina para contarle lo sucedido, tras acostar a su hija en la cama. Discutieron en voz baja hasta que Marta cedió, dándole la razón y el número del marido de una amiga suya, que estaba en paro pero tenía conocimientos de psicología.

Una semana más tarde el incidente de la manguera, Daniel fue a recoger a su hija del colegio. Pero se desvió del camino de regreso a casa y Sara al ver que tardaban más en llegar, le preguntó a su padre.

- Lo hacemos por tu bien, cielo. Tardaremos poco, lo juro.

El hogar del susodicho era sencilla a la par que bien decorada. Se presentaron brevemente pero le urgía terminar con el tema cuanto antes.

- Verá, es que Sara tiende a modificar la realidad.

- ¿Oye voces?

-No, esa clase distorsión no. Cree que, por ejemplo, las botellas que tiramos a la basura son enormes edificios y si nos descuidamos, las vuelve a recoger y crea su “ciudad”.

-Pero el caso que me explica no es excepcional. Quiero decir, todos los niños desarrollan una gran imaginación cuando expresan curiosidad por su al rededor y le dan un punto de vista. Ya sea lúdico o racional. Al igual que los filósofos. Ambos hacen tantas preguntas... -Rió ante su propio chiste pero borró la sonrisa al observar la mueca seria de Daniel- Bueno, ¿Alguna otra anomalía? Quizás insomnio, mal comportamiento, hiperactividad...

-Lo único extraño a parte de su imaginación es que no tiene amigos en el colegio. - El psicólogo asintió con seguridad.

-Lo que necesita ella es leer. Teniendo seis años, no le voy a recomendar que se lea La historia interminable, pero cuentos clásicos, por ejemplo. E importante que sea sin ilustraciones.

-Pero...¿Eso no estimularía su mente?

-Sí, pero de una manera más interiorizada. En el caso de Sara, ella no tiene a nadie con quien compartir sus fantasías, por lo tanto habla sola. La función de un libro en ella sería el de cambiar su papel en el día a día y convertirse en receptor pero no emisor, que es lo que lleva haciendo desde entonces.

-Entonces está aplicando usted el dicho de....Quien tiene un libro, tiene un amigo. ¿No?

-Exactamente.

-¿Funcionará?

-Posiblemente, pruébelo y si falla, vuelva a la semana.

Se despidieron dándose la mano y enviando saludos a sus respectivas mujeres, antes de volver a sus quehaceres. Volviendo a casa, Daniel paró en una librería y compró dos libros de cuentos y una novela juvenil muy breve, sin ilustraciones y letra fácilmente entendible.

Al día siguiente, Sara llevó orgullosa sus libros y durante el recreo se sentó en el borde del arenero y comenzó a leer, apuntando con el dedo y recitando sílaba a sílaba hasta completar una palabra. Su lenta y laboriosa atrajo a una niña rubita que le preguntó:

-¿Qué estás haciendo?

-Estoy leyendo un cuento.-Dijo levantado los ojos, entusiasmada.

-¿Puedo oírlo? - Volvió a preguntar, con timidez.

-¡Claro! Si no, no lo habrían escrito. - Y comenzaron a reír sin saber realmente por qué, pero el interior de Sara comenzaba a brotar una nueva ilusión y fantasía.


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