- ¡Papá,
hay una serpiente en el jardín!
Su padre
oyó el grito de su hija mientras estaba inclinado sobre sus planos.
No tardó ni un segundo en soltar el lápiz e incorporarse, listo
para el rescate.
Echó un
vistazo por la ventana y vio a Sara agazapada en el jardín, inmóvil.
- ¡No te
acerques, cariño!
Daniel
salió despedido de su despacho, bajando a gran velocidad las
escaleras. Los nervios se apoderaban de él impidiéndole elegir con
rapidez si armarse o apartar a su hija. Finalmente, se decantó por
coger la escoba e ir. Salió por la puerta blanca que daba al jardín
y se aproximó a Sara a grandes zancadas.
Una súbita
e incomprensible rabia invadió a Daniel al ver que se trataba de la
manguera
- Mira,
papá. Se llama Dorothy y se ha perdido. Dice que está buscan-
No la dejó
terminar la frase. Tiró con fuerza la escoba al suelo y cogió a la
niña del brazo y la arrastró al interior de la casa.
- ¡Esto
no puede seguir así, Sara! ¿Me oyes? ¡No puede ser! Acabarás por
darme un disgusto. ¿Y si el día que sea cierto no voy porque creo
que es un juego tuyo? - La riñó con severidad, sentándola
- P-papá.
- ¿Qué?
- Me haces
daño... - Gimió Sara
- Lo
siento – Se disculpó, soltándole el brazo. La marca de la mano
volvió a recuperar el riego sanguíneo y el color. - Hablaremos con
tu madre cuando vuelva.
Daniel
esperó a que Marta volviera de la oficina para contarle lo sucedido, tras acostar a su hija en la cama. Discutieron en voz baja hasta que
Marta cedió, dándole la razón y el número del marido de una amiga
suya, que estaba en paro pero tenía conocimientos de psicología.
Una semana
más tarde el incidente de la manguera, Daniel fue a recoger a su
hija del colegio. Pero se desvió del camino de regreso a casa y Sara
al ver que tardaban más en llegar, le preguntó a su padre.
- Lo
hacemos por tu bien, cielo. Tardaremos poco, lo juro.
El hogar
del susodicho era sencilla a la par que bien decorada. Se presentaron
brevemente pero le urgía terminar con el tema cuanto antes.
- Verá,
es que Sara tiende a modificar la realidad.
- ¿Oye
voces?
-No, esa
clase distorsión no. Cree que, por ejemplo, las botellas que tiramos
a la basura son enormes edificios y si nos descuidamos, las vuelve a
recoger y crea su “ciudad”.
-Pero el
caso que me explica no es excepcional. Quiero decir, todos los niños
desarrollan una gran imaginación cuando expresan curiosidad por su
al rededor y le dan un punto de vista. Ya sea lúdico o racional. Al
igual que los filósofos. Ambos hacen tantas preguntas... -Rió ante
su propio chiste pero borró la sonrisa al observar la mueca seria de
Daniel- Bueno, ¿Alguna otra anomalía? Quizás insomnio, mal
comportamiento, hiperactividad...
-Lo único
extraño a parte de su imaginación es que no tiene amigos en el
colegio. - El psicólogo asintió con seguridad.
-Lo que
necesita ella es leer. Teniendo seis años, no le voy a recomendar
que se lea La historia interminable, pero cuentos clásicos, por
ejemplo. E importante que sea sin ilustraciones.
-Pero...¿Eso
no estimularía su mente?
-Sí,
pero de una manera más interiorizada. En el caso de Sara, ella no
tiene a nadie con quien compartir sus fantasías, por lo tanto habla
sola. La función de un libro en ella sería el de cambiar su papel
en el día a día y convertirse en receptor pero no emisor, que es lo
que lleva haciendo desde entonces.
-Entonces
está aplicando usted el dicho de....Quien tiene un libro, tiene un
amigo. ¿No?
-Exactamente.
-¿Funcionará?
-Posiblemente,
pruébelo y si falla, vuelva a la semana.
Se
despidieron dándose la mano y enviando saludos a sus respectivas
mujeres, antes de volver a sus quehaceres. Volviendo a casa, Daniel
paró en una librería y compró dos libros de cuentos y una novela
juvenil muy breve, sin ilustraciones y letra fácilmente entendible.
Al
día siguiente, Sara llevó orgullosa sus libros y durante el recreo
se sentó en el borde del arenero y comenzó a leer, apuntando con el
dedo y recitando sílaba a sílaba hasta completar una palabra. Su
lenta y laboriosa atrajo a una niña rubita que le preguntó:
-¿Qué
estás haciendo?
-Estoy
leyendo un cuento.-Dijo levantado los ojos, entusiasmada.
-¿Puedo
oírlo? - Volvió a preguntar, con timidez.
-¡Claro!
Si no, no lo habrían escrito. - Y comenzaron a reír sin saber
realmente por qué, pero el interior de Sara comenzaba a brotar una
nueva ilusión y fantasía.
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