El
pasado lunes no podía parar de dar vueltas a una idea. No pude
dormir bien porque en mi cabeza empezaron a surgir varias preguntas. ¿Qué
significado tiene el ser humano? ¿Y la vida? ¿Y el universo? En
parte, la culpa de esto la tuvo Blai Peris, debido a su último artículo. Comenzaron a llegar a mi cerebro nombres de autores,
recuerdos que había tenido de mi corta existencia, hasta que, al final,
di con la clave de la cuestión. Una vez esa idea se hubo agarrado profundamente a
mi mente, no tuve más remedio que levantarme en medio de la
madrugada a apuntar todo aquello, todas aquellas palabras, nombres,
conceptos. Ideas, al fin y al cabo.
Este
artículo podría ir ligado perfectamente con el que hizo Blai la
semana pasada, como si fuera hermano suyo, una segunda parte o
incluso un refuerzo a esa idea primigenia de la que habló Blai: el
humanismo. Pero creo que hay un concepto que está estrechamente
unido a ese, y que resuena en mi cabeza desde hace algunos años: la
consciencia cósmica; una especie de iluminación, una epifanía, un
momento de paz interior con uno mismo y con el planeta, con la
naturaleza, con el universo. Se trata de un estado en el que el ser
humano es consciente -esa es la mejor palabra para definirlo- de la
vida, de lo que esta significa. Algunas personas a lo largo de la
Historia han tenido la ocasión de experimentar esos momentos de
consciencia. Son como una especie de catársis: de muerte y de
nacimiento a la vez. Cualquier ser humano puede experimentarlo viendo
cómo cae una hoja, mirando al cielo, al mar, u observando el
movimiento de las ramas de los árboles. Nunca sabes cuándo la
consciencia cósmica puede llegar a ti, hasta que lo estás viviendo,
claro. En ese instante eres plenamente consciente del significado de
la vida, de la naturaleza, del universo, del cosmos. Es un concepto
difícil de explicar, y también de entender. Pero creo que es una
idea que el ser humano, más alienado, materializado, que nunca, debe
conocer.
Volviendo a leer durante estos días el artículo de Blai, creo que él experimentó esa consciencia cósmica por cómo se expresó en su artículo, por cómo rehuyó de lo material y dio importancia a la naturaleza del ser humano, a la vida. Hay un momento a lo largo de la noche, sobre las doce -más o menos-, que para mí resulta casi inexplicable. A esa hora salgo a la terraza de mi habitación y me pongo a observar, embobado, atraído por no sé qué exactamente, el parque que hay frente a la residencia universitaria en la que vivo. Este momento se torna un misterio. Es el único momento del día en el que no se escucha nada. Un instante en el que el silencio lo inunda todo. Se respira una paz, una tranquilidad, que no puedo explicar con palabras, como si todo lo que veo con mis ojos pasara frente a mí a cámara lenta. No creo que yo, cada vez que salgo a la terraza, experimente la consciencia cósmica, sino, más bien, es un momento de reflexión conmigo mismo y con el mundo.
Sin
embargo, el otro día volví a salir a la terraza a eso de las doce
de la noche. Pero esta vez no lo hice solo. Me acompañaba una
canción de fondo. En su artículo, Blai proponía al lector una
canción y que leyera lo que él había escrito con esa música de
fondo. Me pareció muy buen experimento y una enriquecedora
experiencia. Pero yo no os voy a pedir eso, lectores. Simplemente
quiero que, después de leer este artículo, escuchen esta canción.
Primero, con los ojos cerrados, y después, en un lugar en el que os
encontréis cómodos.
Let
there be light
de Mike Oldfield no es una canción cualquiera, sino una que conecta
con algo más, con algo que no llegamos a comprender. La primera vez
que la oí imaginé que ante mí se mostraba el universo en su
plenitud. Esa fue mi primera experiencia con la canción, pero luego,
escuchándola más veces, vuelvo a teletransportarme, casi por
completo, a un mundo interior y desconocido que me sirve de vía de
escape al mundo real, al sistema decadente y materialista. Let
there be light,
hágase la luz, como una chispa que recorre lo más natural y puro
del ser humano, de nuestra esencia primitiva. Edgar Mitchell, uno de
los doce astronautas que han pisado la Luna, pasó por un momento de
consciencia cósmica estando allí, en nuestro satélite. Mitchell,
antes de viajar a la Luna, era una persona escéptica. No creía en
energías o fuerzas que controlaran los hilos del universo. Ni
siquiera creía en un dios. Pero al ver la Tierra desde la Luna, una
sensación extraña, profunda, inundó su mente. Era la
consciencia cósmica. Desde ese momento, la vida de Edgar Mitchell no
volvió a ser la misma. Ahora tenía una mente abierta a todo tipo de
conocimiento. Ahora sabía el secreto que guardaba la existencia
humana, el secreto del universo.
Siempre
he reflexionado mucho sobre la sociedad en la que vivimos. Hubo un
tiempo en el que creía que la sociedad, el conjunto de personas que
la forman, era mala por naturaleza. Ahora sé que eso no es cierto, que estaba equivocado, que la sociedad es equitativa al progreso. El ser humano es un ser
social por naturaleza, desde su origen. Un ser social que no solo se
relaciona con otros seres de su misma especie, sino también con los
animales, e incluso con la naturaleza. El problema surge al hablar
del sistema en el que vivimos. El sistema consumista ha rebajado
nuestras capacidades mentales hasta el punto de no pensar, de dar
paso a una comodidad analfabeta, de ser, incluso, borregos de
nuestros propios inventos e ideas. En la actualidad, el consumismo
rige nuestro nivel de vida. Nos importa el trabajo, el éxito, el
pasar por encima de los demás, el comprar por comprar y gastar por
gastar, el poder, la imagen. Hemos olvidado por completo nuestra
naturaleza, nuestra espiritualidad. El arte, la literatura, los
sentimientos, la libertad de pensamiento, la capacidad de
equivocarnos. Cultura. Estamos perdiendo totalmente nuestra conexión
con lo natural, con nuestra esencia. Si la sociedad sigue a este
paso, viviendo en un sistema así, antihumano, antinatural, creo que nuestro
fin no tardará en llegar. Ya cayeron grandes civilizaciones:
griegos, egipcios, romanos... La corrupción del propio ser humano
las llevó a ese fin: su final. Ahora, en el siglo XXI, parece que todo gira entorno a
tres factores: sexo, dinero y poder. Y eso da como resultado la
vileza, la envidia, la incultura -en términos de conocimiento-, las
etiquetas, lo políticamente correcto. Dice Pérez-Reverte que la
cultura es el único antídoto para todo esto. Yo también lo creo. O
al menos lo quiero creer. Tengo fe en ello.
El
ser humano pertenece a la naturaleza por esencia. Estamos destrozando
esa parte de nosotros, y todo gracias a un proceso, un sistema, que
se inició hace tiempo y que, como vemos, va perdiendo estabilidad con cuenta gotas. Tampoco es que vivamos en un sistema horrible. No
digo eso. Simplemente creo que debemos volver a valorar lo
importante: la vida. Decía José Luis Sampedro que el sistema es muy
listo, que deja que ciertas personas lo critiquen para hacer
creer a los ciudadanos que son libres, que tienen libertad de
pensamiento. Igual los tiros van por ahí. Nos hace falta valorar más la vida, saber disfrutarla. Quizá la consciencia cósmica nos sirva
para aprender eso, para dejar atrás tanto materialismo y aprender a
valorar lo que realmente importa. El hombre primitivo estaba en
contacto con la naturaleza, con la vida. En sus cavernas representaba
la realidad de lo que veía, su día a día. El arte rupestre expresaba sentimientos, conocimiento. Tenían rituales para conectarse con algo
que ellos sentían, con algo que los rodeaba. No estoy hablando de un dios. Estoy hablando de la
naturaleza, de la fuerza del universo, del cosmos. En tiempos del
pintor Rafael, la pintura servía para algo más que un objeto de
decoración. El arte se veía con el espíritu, se sentía, más
bien. En muchos lienzos, por ejemplo, se representaba a los niños
mirando fuera del cuadro, como en La Perla, obra del propio Rafael.
Era arte espiritual, que buscaba algo más. El Bosco también
pintaba para llegar al alma, ya que pertenecía a una orden secreta
-los adamitas- que creía en la naturalidad del cuerpo humano como un
sentido de conexión espiritual. Incluso, Carlos V, tras haberse
saciado de poder, decidió ir a retirarse a Cuacos de Yuste, un
pequeño pueblo situado al norte de Extremadura. Y quiso ir allí
para estar alejado del poder, de la corrupción, para limpiar su
espíritu, su consciencia. En La Gloria de Tiziano está recogido
ese hecho, entre comillas. En esa obra aparece Carlos V vestido con
una sábana blanca, despojado de todo poder, de todo objeto material,
clamando al cielo. Esa obra representa la muerte del emperador, y fue
pintada siete años antes de que eso sucediera. Carlos V sentía que
ese cuadro le conectaba con Dios. Por ello, decidió vivir los
últimos instantes de su vida observándolo. Eso también fue un
momento de consciencia cósmica, de pura catársis. El emperador vio
los lienzos del cuadro, vio su imagen retratada ahí momentos antes
de expulsar su última bocanada de aire, y se sintió cerca de Dios.
¿Y quién soy yo para decir todo esto? Parece obra de un loco. A lo mejor lo soy. Pero esa es la cuestión, que en la sociedad actual, por hablar del espíritu, de la naturaleza del hombre, no se acepta que alguien lo diga, que alguien diga algo contrario a lo ya establecido. A veces necesitamos mirar más con la mirada de niño, con esa mirada de querer aprender y sorprenderse con lo que le cuentan. Es casi como una especie de consciencia cósmica, un mantra que los niños repiten constantemente. La mirada cósmica, podríamos llamarlo. Tenemos que abrir nuestra mente y no quedarnos siempre en A o B, estancados. Creemos que lo sabemos todo, que somos mejores que los demás, pero no es así. Siempre queda camino por recorrer, siempre quedan cosas por aprender, y nunca viene mal aprender de alguien o que alguien nos muestre un nuevo horizonte. Deberíamos aprender de la Historia y de nuestra Historia presente, la que está aún por hacer, de la que estamos haciendo; esta será la que realmente marque nuestro futuro. Por eso, la consciencia cósmica nos puede ayudar a despertar del embobamiento de un sistema que se creó mal, ya que desde su inicio chocaba con la esencia del hombre. Escapemos de lo establecido, abramos más nuestra mente y disfrutemos de la vida; gastémosla siendo conscientes de que la hemos disfrutado.
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| La Gloria, de Tiziano |
¿Y quién soy yo para decir todo esto? Parece obra de un loco. A lo mejor lo soy. Pero esa es la cuestión, que en la sociedad actual, por hablar del espíritu, de la naturaleza del hombre, no se acepta que alguien lo diga, que alguien diga algo contrario a lo ya establecido. A veces necesitamos mirar más con la mirada de niño, con esa mirada de querer aprender y sorprenderse con lo que le cuentan. Es casi como una especie de consciencia cósmica, un mantra que los niños repiten constantemente. La mirada cósmica, podríamos llamarlo. Tenemos que abrir nuestra mente y no quedarnos siempre en A o B, estancados. Creemos que lo sabemos todo, que somos mejores que los demás, pero no es así. Siempre queda camino por recorrer, siempre quedan cosas por aprender, y nunca viene mal aprender de alguien o que alguien nos muestre un nuevo horizonte. Deberíamos aprender de la Historia y de nuestra Historia presente, la que está aún por hacer, de la que estamos haciendo; esta será la que realmente marque nuestro futuro. Por eso, la consciencia cósmica nos puede ayudar a despertar del embobamiento de un sistema que se creó mal, ya que desde su inicio chocaba con la esencia del hombre. Escapemos de lo establecido, abramos más nuestra mente y disfrutemos de la vida; gastémosla siendo conscientes de que la hemos disfrutado.



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