Reconocí
su olor en la calle y deseé volver a tenerla entre mis brazos. Su
perfume venía de la nada. Me hizo estremecer, voltearme varias veces
y buscarla entre los balcones. El espejismo de su presencia me trajo
memorias que aún guardaba con ternura descuidada. Rescaté el
erotismo de su piel y una cascada de besos aparecieron en mi mente.
Labios que recorrían cuerpos distintos y fluían en un vaivén.
Me invadió
el capricho por conocer más lenguas y vivir la sabiduría con el
tacto. Deshacer las ideas, gozar del amor ajeno. Despertarme un día
junto a una desconocida en voz y mujer de toda la vida entre sábanas.
Desentenderme de las normas sociales establecidas y coleccionar
efímeros placeres.
Mi pasos
de iban ralentizando y mis sentidos aletargándose tras el frenesí
de anhelos.
“Que
vivan las cadenas” Me dije, leyendo entre líneas las tentaciones y
sacudiendo la cabeza. Primavera de mis amores, ¿Por qué una única?
Pero quién lo entenderá y quién se parará a entenderlo.
Erré
perdido, más desorientado que nunca, cabizbajo y con el ceño
fruncido, manteniendo una soliloquio conmigo mismo. Buscaba con
palabras internas un triste consuelo, un vago resquicio de
pensamientos ya meditados que me devolvieran las ganas de seguir la
corriente de los días, la rutina y la monotonía de una sola persona
entre mis brazos. Porque al fin y al cabo, para el resto del mundo
sólo existe una primavera.
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