25 de octubre de 2015

Rousseau tenía razón

Alguno de ustedes ya habrá tenido el placer de leer el artículo que ayer publicó Diego Serradilla en este mismo blog, en el que hablaba de la consciencia cósmica y llegaba a una serie de conclusiones sobre la naturaleza del hombre. Dio el casual de que la lectura de mi anterior artículo, acerca del humanismo, despertó en él las mismas curiosidades que precisamente en mí habían rebrotado a raíz de su escritura. Y poca cosa hay más reconfortante que comprobar, de primera mano, que el sentido que traté darle al artículo había sido captado por otro lector y había sido desglosado y reinterpretado a partir de sus códigos y sus experiencias. Este artículo recoge la senda marcada por el anterior para versar acerca de la naturaleza del hombre. Durante mucho tiempo me ha fascinado esta cuestión, porque creo que en ella está la raíz del éxito o del fracaso de las sociedades. Hay dos posturas básicas, forjadas en la época de la Ilustración que son ampliamente conocidas y forman parte de nuestro imaginario cultural. Por un lado, el británico Hobbes, con su homo homini lupus -el hombre es malo por naturaleza-, y por otro lado la visión opuesta de Rousseau, con el mito del buen salvaje.
 
Durante un buen tiempo estuve, no convencido, pero sí acojonado de que Hobbes pudiese tener razón. Al fin y al cabo, somos animales, y sólo hay que echar un vistazo a la naturaleza para observar que los animales somos seres crueles y despiadados, capaces de cualquier cosa por garantizar nuestra propia subsistencia. No podía, sin embargo, comulgar con las tesis autoritarias de Hobbes. Si el hombre es malo por naturaleza ¿qué sentido tiene poner el devenir de una sociedad a cargo de uno solo? Ni siquiera la tecnocracia, que hubiese sido desde luego una propuesta mucho más lógica, parecía la solución más adecuada al problema. Mucho mejor tratar de encontrar, mediante el consenso, posiciones que garantizasen nuestra cómoda supervivencia y adoctrinasen nuestro instinto, conduciéndolo hacia necesidades banales. Suena mejor, pero para mí no dejaba de ser una tragedia, pues suponía que el ser humano era incapaz de cuidarse a sí mismo, que toda nuestra concepción del arte estaba equivocada -pues veíamos belleza donde sólo había caos y hostilidad- y que el consumismo enfermizo que habíamos creado en el último siglo tenía su razón de ser.


Rousseau (izquierda) y Hobbes (derecha)

 
Han sido tantos los escritores que han tratado de abordar esta cuestión a través de sus libros, que la naturaleza humana se ha convertido en todo un tópico literario. Quienes defienden la perspectiva de Hobbes no dudan en mencionar El señor de las moscas como ejemplo y estandarte del homo homini lupus. La obra de Golding no me es ajena, puesto que me he leído el libro, he visto la película -nada desdeñable, por cierto- e incluso he trabajado una versión teatral. Y he visto, por supuesto, la genial parodia de Los Simpsons. A simple vista, la interpretación parece evidente: un grupo de niños perdidos en la naturaleza, aislados de la sociedad, al margen de los convencionalismos burgueses... que son incapaces de convivir en armonía y acaban matándose entre ellos. En un momento de la obra, uno de los niños menciona a Rousseau, ¿es una alusión clara de las intenciones de la novela o una simple y cruel ironía? Será empecinamiento mío, pero para mí el ilustrado francés está mucho más presente que Hobbes en todo momento. Creo que al leer la obra muchos confunden el fondo con el contexto. Golding puso a un par de niños en una isla: eligió unos personajes y un espacio de acción. ¿Cómo, a partir de un escenario imaginado, podemos extraer conclusiones sociológicas? Lo verdaderamente importante de la novela es lo que en ella se relata, las estructuras del poder: liderazgos, jerarquías, símbolos, la cultura del miedo. Los niños no se hicieron salvajes en esa isla, sólo se hicieron adultos.

Jack y los niños rebeldes, en una escena de El señor de las moscas



¿De dónde procede, entonces, la confusión? Quizás en la interpretación literal del mito, en la confusión de la naturaleza humana con la naturaleza en su sentido espacial. Muchos sociólogos tratan de desmentir el mito del buen salvaje a través de las tribus aisladas. Efectivamente, las tribus del África o del Amazonas pueden llegar a ser terriblemente atroces con sus semejantes, pero ¿en qué se diferencian a nosotros? Las llamamos sociedades primitivas, pero no dejan de ser sociedades forjadas a base del miedo y la superstición, exactamente igual que las sociedades occidentales. Y el número de víctimas que derivan de estas dos condiciones es sensiblemente menor en el caso de las tribus. Somos naturaleza, nuestro verdadero yo aflora cuando vivimos en libertad, pero vivir en libertad no es sinónimo de vivir con taparrabos en medio de la fauna. Creo que ya hemos superado eso. Somos seres únicos, el progreso es consustancial a nosotros. Pena que algunos sigan sin darse cuenta, después de doscientos mil años de existencia (y no me refiero precisamente a los que no han mantenido contacto nunca con el mundo occidental, sino más bien a los que están al frente de él).
Entonces, ¿a quién creer? ¿Hobbes o Rousseau? ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Probablemente ninguno de los dos tenga razón, pues los seres humanos estamos compuestos de centenares o miles de naturalezas distintas. Es una cuestión muy difícil de simplificar. Pero si no están ustedes satisfechos, si quieren encontrar una prueba empírica que les resuelva la cuestión, prueben a hablar con un niño de tres, cuatro años y hacerle un par de cuestiones. ¿Odiarías a alguien por su raza? ¿Por su sexo? ¿Por su religión? ¿Darías la espalda a tu mejor amigo, lo traicionarías, dejarías de jugar con él por, no se, un millón de chucherías?
El niño elegiría las chucherías, no seas ingenuo, estará pensando alguno de ustedes. ¡Ay, pobre de mí! Todavía tengo fe en la raza humana. A lo mejor no he madurado aún lo suficiente.

Joseph Merrick, interpretado por John Hunt en la película El hombre elefante

 
 
Hace poco vi El hombre elefante, una de esas películas que fascinan y emocionan porque sabemos que está basada en un caso real. De la película de David Lynch me fascinó, más allá de la asombrosa historia que narra, la radiografía del alma humana que realiza. En cuanto Joseph Merrick se pone a hablar, lo hace directamente a través de su alma, sin filtro alguno. Como si recién acabase de nacer, sus palabras son tan sinceras y tan libres de todo atisbo de vileza o falsedad, que atraen de forma magnética a la alta sociedad británica, y ya no es su físico, sino su interior, lo que provocará asombro y estupefacción. ¿Y qué dice Joseph? Sus primeras palabras van hacia el doctor que lo ha acogido y ha cuidado de él y son de agradecimiento “Es [usted] muy amable”. Si un hijo que acaba de nacer conociese la función del lenguaje y pudiese hacer uso de él, probablemente dedicaría las mismas palabras a su madre. Cuando este mismo hijo tiene dieciséis años y se encauza en la búsqueda de sí mismo en medio de una sociedad caótica y enquistada en un mar de doctrinas, prejuicios, ideologías, competencia, segmentación ¿cuántas veces se dirigirá a sus padres en estos términos?
Pero la película dice más acerca de nosotros. Enumero: 
 
-Joseph es un ser social: sólo quiere ser aceptado y tener amigos. Los humanos somos los seres más sociales que existen y esta gran capacidad debe ayudarnos a crear lazos que nos ayuden a seguir creciendo a nivel social y a nivel cultural.

 
-Joseph ama a las mujeres. Siente una irreprimible atracción hacia ellas, es parte de su naturaleza. Pero las admira por encima de todo, siente un enorme respeto hacia ellas a pesar del rechazo al que se ha visto sometido a lo largo de su vida y su mayor anhelo es obtener algún día, más allá de la aceptación, el amor de una de ellas. 
 
-Joseph es el humano liberado de todo ego. No tiene prejuicios ni conoce el concepto, no tiene deseo o aspiración que no sea otro que el ser feliz y sentirse realizado.
 
-Joseph es humanista por naturaleza. Las pasiones que en él se despiertan a partir de su renacimiento están relacionadas con el mundo del arte, la literatura. Ama el teatro, las novelas románticas. Su mayor proyecto e ilusión es construir una maqueta de una iglesia con cartón, que al final consigue y hoy todavía se conserva en el Royal London Hospital Museum. ¿Qué ocurre cuando a un niño de unos cuantos meses le das un par de lápices de colores y un papel? A lo mejor al principio trata de comerse los lápices, pero después, se pondrá a rallar el papel como un poseso, fascinado. Antes de que aprenda a sumar y a restar, antes de saber leer y escribir, ya sabrá dibujar a su padre, a su madre y la casa en que vive.




Maqueta auténtica de la iglesia construida por Joseph Merrick




El ego es el origen de todos nuestros problemas. Necesitamos un sistema que elimine por completo la competencia y nos ayude a avanzar a través de la cooperación. Nunca había entendido eso de que “el capitalismo es un sistema corrupto por naturaleza”. Yo decía que no, que los que estamos corrompidos somos los hombres, que la teoría de Adam Smith es perfecta: libre competencia y una mano invisible que regula el mercado y que calcula con exactitud el precio perfecto de los bienes en base a la ley de la oferta y la demanda. Siempre pensé que el problema del fracaso de los sistemas eran las personas, egoístas por naturaleza, que era imposible que el ser humano pudiese vivir en paz y en civilización. Que la ética y la moral sólo eran dos concepciones mentales ideadas por el hombre sin ninguna representación lógica en el plano de la realidad. Me equivocaba. El capitalismo no puede funcionar. Su éxito es sólo una ilusión, nunca tuvo un momento de auge o apogeo, fue un sistema decadente desde sus inicios y lo sigue siendo. No se en qué momento los humanos nos conformamos con un sistema que basa su crecimiento en la creación de desigualdades, no se cómo explotar el trabajo de los otros puede considerarse un talento humano, no se cómo podemos aceptar como parte lógica del proceso económico las crisis cíclicas que dejarán hambre, muerte y situaciones dramáticas cada pocos años. Como una especie de purgación que debemos sufrir para garantizar nuestro bienestar los próximos cinco, diez años hasta la próxima bajada; todo irá bien mientras no nos afecte a nosotros. ¿Qué clase de pensamiento enfermizo es ese? ¿Cómo podemos permitir las injusticias ajenas sin sentir resquemor ninguno por ello? En el instante preciso en que esto ocurre, el sistema ha fracasado, porque ha penetrado en nuestra alma y en nuestro cerebro y se ha ido propagando como un cáncer de tal forma que ha dejado de hacernos ver la realidad como humanos que somos y nos ha convertido en autómatas programados, en piezas de ese enorme y macabro tablero que es el sistema capitalista.







 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Por cierto, fue antes el huevo. Está científicamente demostrado.


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