Alguno de ustedes ya
habrá tenido el placer de leer el artículo que ayer publicó Diego
Serradilla en este mismo blog, en el que hablaba de la consciencia
cósmica y llegaba a una serie de conclusiones sobre la naturaleza
del hombre. Dio el casual de que la lectura de mi anterior artículo,
acerca del humanismo, despertó en él las mismas curiosidades que
precisamente en mí habían rebrotado a raíz de su escritura. Y poca
cosa hay más reconfortante que comprobar, de primera mano, que el
sentido que traté darle al artículo había sido captado por otro
lector y había sido desglosado y reinterpretado a partir de sus
códigos y sus experiencias. Este artículo recoge la senda marcada
por el anterior para versar acerca de la naturaleza del hombre.
Durante mucho tiempo me ha fascinado esta cuestión, porque creo que
en ella está la raíz del éxito o del fracaso de las sociedades.
Hay dos posturas básicas, forjadas en la época de la Ilustración
que son ampliamente conocidas y forman parte de nuestro imaginario
cultural. Por un lado, el británico Hobbes, con su homo homini lupus
-el hombre es malo por naturaleza-, y por otro lado la visión
opuesta de Rousseau, con el mito del buen salvaje.
Durante un buen tiempo
estuve, no convencido, pero sí acojonado de que Hobbes pudiese tener
razón. Al fin y al cabo, somos animales, y sólo hay que echar un
vistazo a la naturaleza para observar que los animales somos seres
crueles y despiadados, capaces de cualquier cosa por garantizar
nuestra propia subsistencia. No podía, sin embargo, comulgar con las
tesis autoritarias de Hobbes. Si el hombre es malo por naturaleza
¿qué sentido tiene poner el devenir de una sociedad a cargo de uno
solo? Ni siquiera la tecnocracia, que hubiese sido desde luego una
propuesta mucho más lógica, parecía la solución más adecuada al
problema. Mucho mejor tratar de encontrar, mediante el consenso,
posiciones que garantizasen nuestra cómoda supervivencia y
adoctrinasen nuestro instinto, conduciéndolo hacia necesidades
banales. Suena mejor, pero para mí no dejaba de ser una tragedia,
pues suponía que el ser humano era incapaz de cuidarse a sí mismo,
que toda nuestra concepción del arte estaba equivocada -pues veíamos
belleza donde sólo había caos y hostilidad- y que el consumismo
enfermizo que habíamos creado en el último siglo tenía su razón
de ser.
Rousseau (izquierda) y Hobbes (derecha)
Han sido tantos los
escritores que han tratado de abordar esta cuestión a través de sus
libros, que la naturaleza humana se ha convertido en todo un tópico
literario. Quienes defienden la perspectiva de Hobbes no dudan en
mencionar El señor de las moscas
como ejemplo y estandarte del homo homini lupus. La obra de Golding
no me es ajena, puesto que me he leído el libro, he visto la
película -nada desdeñable, por cierto- e incluso he trabajado una
versión teatral. Y he visto, por supuesto, la genial parodia de Los Simpsons. A simple vista, la
interpretación parece evidente: un grupo de niños perdidos en la
naturaleza, aislados de la sociedad, al margen de los
convencionalismos burgueses... que son incapaces de convivir en
armonía y acaban matándose entre ellos. En un momento de la obra,
uno de los niños menciona a Rousseau, ¿es una alusión clara de las
intenciones de la novela o una simple y cruel ironía? Será
empecinamiento mío, pero para mí el ilustrado francés está mucho más
presente que Hobbes en todo momento. Creo
que al leer la obra muchos confunden el fondo con el contexto.
Golding puso a un par de niños en una isla: eligió unos personajes
y un espacio de acción. ¿Cómo, a partir de un escenario imaginado,
podemos extraer conclusiones sociológicas? Lo verdaderamente
importante de la novela es lo que en ella se relata, las estructuras
del poder: liderazgos, jerarquías, símbolos, la cultura del miedo.
Los niños no se hicieron salvajes en esa isla, sólo se hicieron
adultos.
Jack y los niños rebeldes, en una escena de El señor de las moscas
¿De dónde procede, entonces, la confusión? Quizás en la
interpretación literal del mito, en la confusión de la naturaleza
humana con la naturaleza en su sentido espacial. Muchos sociólogos
tratan de desmentir el mito del buen salvaje a través de las tribus
aisladas. Efectivamente, las tribus del África o del Amazonas pueden llegar a ser
terriblemente atroces con sus semejantes, pero ¿en qué se
diferencian a nosotros? Las llamamos sociedades primitivas, pero no
dejan de ser sociedades forjadas a base del miedo y la superstición,
exactamente igual que las sociedades occidentales. Y el número de
víctimas que derivan de estas dos condiciones es sensiblemente
menor en el caso de las tribus. Somos naturaleza, nuestro verdadero yo aflora cuando vivimos
en libertad, pero vivir en libertad no es sinónimo de vivir con
taparrabos en medio de la fauna. Creo que ya hemos superado eso. Somos
seres únicos, el progreso es consustancial a nosotros. Pena que
algunos sigan sin darse cuenta, después de doscientos mil años de
existencia (y no me refiero precisamente a los que no han mantenido contacto nunca con el mundo occidental, sino más bien a los que están al frente de él).
Entonces, ¿a quién
creer? ¿Hobbes o Rousseau? ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina?
Probablemente ninguno de los dos tenga razón, pues los seres humanos
estamos compuestos de centenares o miles de naturalezas distintas. Es
una cuestión muy difícil de simplificar. Pero si no están ustedes
satisfechos, si quieren encontrar una prueba empírica que les
resuelva la cuestión, prueben a hablar con un niño de tres, cuatro
años y hacerle un par de cuestiones. ¿Odiarías a alguien por su
raza? ¿Por su sexo? ¿Por su religión? ¿Darías la espalda a tu
mejor amigo, lo traicionarías, dejarías de jugar con él por, no
se, un millón de chucherías?
El niño elegiría las
chucherías, no seas ingenuo, estará pensando alguno de ustedes.
¡Ay, pobre de mí! Todavía tengo fe en la raza humana. A lo mejor
no he madurado aún lo suficiente.
Joseph Merrick, interpretado por John Hunt en la película El hombre elefante
Hace poco vi El hombre elefante, una de esas películas
que fascinan y emocionan porque sabemos que está basada en un caso
real. De la película de David Lynch me fascinó, más allá
de la asombrosa historia que narra, la radiografía del alma humana
que realiza. En cuanto Joseph Merrick se pone a hablar, lo hace
directamente a través de su alma, sin filtro alguno. Como si recién
acabase de nacer, sus palabras son tan sinceras y tan libres de todo
atisbo de vileza o falsedad, que atraen de forma magnética a la alta
sociedad británica, y ya no es su físico, sino su interior, lo que
provocará asombro y estupefacción. ¿Y qué dice Joseph? Sus
primeras palabras van hacia el doctor que lo ha acogido y ha cuidado
de él y son de agradecimiento “Es [usted] muy amable”. Si un hijo que
acaba de nacer conociese la función del lenguaje y pudiese hacer uso
de él, probablemente dedicaría las mismas palabras a su madre.
Cuando este mismo hijo tiene dieciséis años y se encauza en la
búsqueda de sí mismo en medio de una sociedad caótica y enquistada
en un mar de doctrinas, prejuicios, ideologías, competencia,
segmentación ¿cuántas veces se dirigirá a sus padres en estos
términos?
Pero la película dice
más acerca de nosotros. Enumero:
-Joseph es un ser social:
sólo quiere ser aceptado y tener amigos. Los humanos somos los seres
más sociales que existen y esta gran capacidad debe ayudarnos a
crear lazos que nos ayuden a seguir creciendo a nivel social y a
nivel cultural.
-Joseph ama a las
mujeres. Siente una irreprimible atracción hacia ellas, es parte de
su naturaleza. Pero las admira por encima de todo, siente un enorme
respeto hacia ellas a pesar del rechazo al que se ha visto sometido a lo largo de su vida y su mayor anhelo es obtener algún día, más allá de la aceptación, el amor de una de ellas.
-Joseph es el humano
liberado de todo ego. No tiene prejuicios ni conoce el concepto, no
tiene deseo o aspiración que no sea otro que el ser feliz y sentirse
realizado.
-Joseph es humanista por
naturaleza. Las pasiones que en él se despiertan a partir de su
renacimiento están relacionadas con el mundo del arte, la
literatura. Ama el teatro, las novelas románticas. Su mayor proyecto
e ilusión es construir una maqueta de una iglesia con cartón, que
al final consigue y hoy todavía se conserva en el Royal London
Hospital Museum. ¿Qué ocurre cuando a un niño de unos cuantos
meses le das un par de lápices de colores y un papel? A lo mejor al
principio trata de comerse los lápices, pero después, se pondrá a
rallar el papel como un poseso, fascinado. Antes de que aprenda a
sumar y a restar, antes de saber leer y escribir, ya sabrá dibujar a
su padre, a su madre y la casa en que vive.
Maqueta auténtica de la iglesia construida por Joseph Merrick
El ego es el origen de
todos nuestros problemas. Necesitamos un sistema que elimine por
completo la competencia y nos ayude a avanzar a través de la
cooperación. Nunca había entendido eso de que “el capitalismo es
un sistema corrupto por naturaleza”. Yo decía que no, que los que
estamos corrompidos somos los hombres, que la teoría de Adam Smith
es perfecta: libre competencia y una mano invisible que regula el
mercado y que calcula con exactitud el precio perfecto de los bienes
en base a la ley de la oferta y la demanda. Siempre pensé que el
problema del fracaso de los sistemas eran las personas, egoístas por
naturaleza, que era imposible que el ser humano pudiese vivir en paz
y en civilización. Que la ética y la moral sólo eran dos
concepciones mentales ideadas por el hombre sin ninguna
representación lógica en el plano de la realidad. Me equivocaba. El
capitalismo no puede funcionar. Su éxito es sólo una ilusión,
nunca tuvo un momento de auge o apogeo, fue un sistema decadente
desde sus inicios y lo sigue siendo. No se en qué momento los humanos
nos conformamos con un sistema que basa su crecimiento en la creación
de desigualdades, no se cómo explotar el trabajo de los otros puede
considerarse un talento humano, no se cómo podemos aceptar como parte
lógica del proceso económico las crisis cíclicas que dejarán
hambre, muerte y situaciones dramáticas cada pocos años. Como una
especie de purgación que debemos sufrir para garantizar nuestro
bienestar los próximos cinco, diez años hasta la próxima bajada;
todo irá bien mientras no nos afecte a nosotros. ¿Qué clase de
pensamiento enfermizo es ese? ¿Cómo podemos permitir las
injusticias ajenas sin sentir resquemor ninguno por ello? En el
instante preciso en que esto ocurre, el sistema ha fracasado, porque ha
penetrado en nuestra alma y en nuestro cerebro y se ha ido propagando
como un cáncer de tal forma que ha dejado de hacernos ver la
realidad como humanos que somos y nos ha convertido en autómatas
programados, en piezas de ese enorme y macabro tablero que es el
sistema capitalista.
Por cierto, fue antes el
huevo. Está científicamente demostrado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario