18 de octubre de 2015

¿Qué es el humanismo?


Durante mucho tiempo me he preguntado qué era el humanismo, para qué servía. He llegado a pensar, incluso, que no servía para nada, que era un fracaso para el progreso el hecho de que alguien estuviese haciendo una tesis doctoral sobre la civilización mesopotámica cuando podría tratar de contribuir en la lucha contra el cáncer habiendo estudiado medicina. He seguido caracoleando mucho tiempo alrededor de este pensamiento, porque yo soy humanista por naturaleza, no soporto los números, me aburren, me parecen rutinarios -aunque no lo son en absoluto, hay algunos aspectos que encuentro fascinantes, pero nunca los he dado en la escuela-. No puedo, yo necesito tener mi pensamiento siempre a mil revoluciones, caminar constantemente al borde del delirio. Necesito cine, teatro, música, literatura, política, debate, conversación. Pero hay también otra parte de mí que necesita devolver la racionalidad al mundo, para evitar que me caiga en ese precipicio en el que estoy constantemente haciendo equilibrios. Mis dos partes batallan constantemente por llevar la iniciativa a cada instante en que vivo, una batalla cruenta y feroz, como la que en El lobo estepario mantienen la parte humana y la parte animal de Harry Haller. Me da rabia, por ejemplo, tener tanta fe y no poder creer en Dios. Me da rabia poder escribir lo que pienso con tanta facilidad y saber que nunca voy a salvar una vida apretando las teclas de un ordenador. Me da rabia, incluso, estar en medio de una discusión política, defendiendo una posición concreta, y darme cuenta mientras hablo de que en realidad no se nada. De que hay infinitas posibilidades de que esté total y absolutamente equivocado.

Pero soy humanista, por fin lo he aceptado. Cuando en cuarto de la ESO me obligaron a elegir entre ciencias o letras y yo, basándome únicamente en mi expediente y en la diferente reputación social que tenía cada uno de esos dos caminos, elegí ciencias... desde luego que entonces no tenía ni idea de lo que yo era. Y por supuesto que era humanista, ya lo era desde hacía mucho tiempo, lo que pasa es que no tenía ni idea de lo que eso significaba. Porque nadie me lo había explicado nunca. Qué cojones, yo quería hacer latín y biología, y cuando me dijeron que eso no podía ser no tenía ni pajolera idea de por qué tenía que ser así. Pero así tenía que ser.

El caso es que, una vez que he aceptado mi humilde condición, mi cabeza necesita encontrar una serie de respuestas a ciertas cuestiones que mi mente ha ido aplazando justificándose en el hecho de que todavía era demasiado joven como para encontrarme a mí mismo (de hecho, nunca dejamos de serlo) o como para articular un pensamiento concreto. Algunas preguntas siguen ondeando mi mente y por el momento no pretendo encontrar las respuestas. Otras, como la que hoy formulo, se me descifran por casualidad. Así como Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como. Y luego lo escribo pa' que os lo comáis vosotros.

Lo más sorprendente de toda esta historia, o quizás lo más previsible, es que no fue un profundo razonamiento, fruto de una lectura concienzuda, lo que me dio la respuesta, sino que ésta vino desde el propio delirio irracional, desde mi otra parte (ahora entiendo la dialéctica platónica), la que aflora al cerrar los ojos -apagar el mundo- y escuchar una canción. Ésta canción. No es una pieza de Bach ni unos versos de Víctor Jara, es la banda sonora de una peli de Tarantino. En fin, cosas que tiene la vida. Por favor, seguid leyendo mientras la escucháis de fondo. A lo mejor todo esto es una tontería, una cavilación pretenciosa y fantasiosa. Es probable, de hecho, hay una parte de mí que no deja de repetírmelo, una y otra vez. Pero no la voy a escuchar. Hoy, por lo menos, no.






La canción habla de un grupo de músicos y un anciano. El anciano -el fantástico músico Gheorghe Zamfir- toca una zampoña rumana, un instrumento que encuentra sus orígenes en los altiplanos andinos, y que los indígenas tocaban en sus rituales y en sus celebraciones. Por detrás de él toda una orquesta de músicos con instrumentos de viento y de cuerda, forman la masa de sonido que ejerce de base y fondo. Una orquesta previamente pensada y diseñada instrumento por instrumento, nota por nota, para alcanzar la exquisitez armónica. Pero, y a pesar de la complejidad de la composición, sobresale por encima de cualquier otro sonido la zampoña. Destaca porque denota individualidad propia, identidad al margen del colectivo, autoestima y personalidad. Y libertad. Sobretodo libertad. Ese instrumento se diferencia del resto porque sus notas fluyen totalmente a través del ambiente, como si fuesen un hilillo de humo ondulando, bailando con el viento. La zampoña no ha necesitado un complejo proceso para crearse. Se ha hecho a partir del tallo de las plantas, ha nacido y se ha germinado en la propia naturaleza, y sólo ha necesitado unas manos desnudas para su elaboración. No ha necesitado más, ni adornos, ni aderezos formales, ni disfraces, ni siquiera un espejo donde mirarse y donde compararse con otros instrumentos. El sonido fluye por sí solo sin la ayuda de nadie. Y fluye porque es auténtico, porque es cercano a la naturaleza, es sencillo. Y, sobretodo, porque tiene unas manos extraordinarias que lo emplean. Porque un maestro ha tallado el instrumento, lo ha domado con destreza y ha perfeccionado su técnica a través de los años. Esa zampoña es la que otorga belleza real a la composición. Es culpable de las lágrimas del público: es portadora de los sentimientos, de los arrebatos del alma, los anhelos que se desprenden de los ideales. Y es culpable, y es el sentido propio de la vida. La esencia de la vida sólo se puede captar a través de un viaje de las emociones. Un viaje que nos permita volar alto y despojarnos de todo tipo de imperativo o necesidad que no derive de nuestra propia voluntad. Un viaje que nos permita quitarnos el peso de la armadura de esta fatigosa sociedad que impide al individuo caminar y ser libre, y que lo encierra dentro de una rutina, de una apariencia que “debemos mantener”, de unos objetivos que “debemos cumplir”, pero que nosotros no tenemos la potestad de decidir, porque hemos nacido en este sistema y en él vamos a morir. No se puede encarar la vida desde una perspectiva puramente científica y racional, porque entonces nos estamos esclavizando totalmente, nos estamos programando y mecanizando dentro de unos parámetros y unas leyes fijadas, nos estamos cortando las alas, estamos poniéndonos barrotes a nosotros mismos. Una sociedad que desprecia el humanismo y lo relega a una categoría menor, lo asocia a un tipo de conocimiento “accesorio”, pero realmente “innecesario”, puesto que no se adapta a los parámetros de lo “económico”, de lo “productivo”... es una sociedad que no tiene identidad ninguna, es una sociedad llamada a morir desde el principio, es una sociedad decadente, sin esperanza, sin perspectiva, condenada al fracaso desde el mismo momento en que se ha forjado.





Todos los animales saben optimizar sus recursos. El humano no es el ser racional. Todos los animales son racionales. Ningún animal ve un hondo precipicio y siente el brutal impulso de saltarlo, porque es racional y sabe que saltar le conllevará la muerte. El humano sí siente ese impulso. El humano, cuando se encuentra en una tesitura que lo lleva al borde del irracionalidad, es capaz de saltar. Y no estoy hablando de suicidio, que es una decisión que ha sido analizada en base a parámetros racionales. Estoy hablando de ver belleza donde otros ven rocas, de ver camino donde otros ven distancia, de ver vida donde otros ven muerte. Estoy hablando de locura...

Parte de ese impulso que nos puede llevar a saltar un precipicio es el que da al pintor el coraje para dar la primera pincelada al lienzo. O lo que lleva al poeta a empuñar la pluma sobre el papiro y dar rienda suelta a su pensamiento, dejándolo fluir. Pero es también el impulso que lleva a los grandes filósofos a figurarse cuestiones acerca del origen de nuestra existencia. Impulso que recogen los científicos para tratar de resolver esas cuestiones a a través de formulaciones teóricas. Impulso por el cual nos invaden los temores en la soledad de una habitación vacía, sin ningún peligro que nos aceche, cuando entendemos y nos maravillamos de lo profundamente insignificante que es nuestra existencia a ojos del universo. Somos seres artísticos, creativos, profundamente humanistas. El homínido que se acercó a esa llamarada candente que prendía de un árbol tras una intensa tormenta y decidió tomar una rama y contagiar esa vehemencia corpórea a otro cuerpo no lo hacía preso de un pensamiento racional, porque el pensamiento racional le hubiese dictado huir, marcharse lejos del peligro. Algo inmerso dentro de lo más profundo de su consciencia le decía que tenía que acercarse al fuego, aunque no sabía todavía por qué, ni para qué, ni qué sentido tenía hacerlo. No hubo una valoración previa de la actuación, de sus posibles consecuencias, o del rédito económico que le pudiese proporcionar. Es nuestra creatividad lo que nos permite avanzar, y la creatividad no es más que dar luz a una pizca dosificada de esa locura interior que nos azota constantemente. No estoy diciendo no a la ciencia. No estoy diciendo no a la tecnología, no estoy diciendo no a la economía. La ciencia, la tecnología y la economía son mis amigas. Y son mis peores enemigas. Quienes hoy son los dueños del mundo nos imponen un sistema educativo que separa el humanismo de estas tres cosas, como si fuesen antagónicas, cuando en realidad no son sino dos partes de una misma moneda, que se necesitan la una a la otra para subsistir. Humanismo debe de ser el hilo que teje nuestro entramado económico, científico-tecnológico y cultural. Debe hacerlo, para no permitir que estos tres se alejen demasiado de nosotros. Política es el resultado de esta ecuación, aunque la política del siglo XXI tiene poco que ver con ésto que he descrito. Humanismo es el arte de ser humanos. Cuando la economía se diseña para hacernos perseguir el dinero, entonces nos está empujando a perseguir algo que no es, por definición, parte de nosotros, algo que no es naturaleza, algo que no es humano. También se aleja de nuestros propios orígenes la tecnología que se diseña para matar, o la cultura que justifica los principios ideados por los intereses de unas élites, la cultura que aplasta y limita nuestra voluntad colectiva, nuestro deseo de saltar. Nadie es dueño de nuestras propias necesidades, nadie tiene legitimidad para dictarnos qué es lo queremos y qué es lo que necesitamos, porque somos seres dotados con el hermoso regalo de la consciencia. Hay que ser humanista para entenderlo. Hay que atreverse a pensar, para empezar a vivir.





3 comentarios:

  1. És del millor que t'he llegit Blai. Sincer i visceral.

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  2. un artículo feliz y al mismo tiempo triste

    Bien hecho Blai!

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