Durante
mucho tiempo me he preguntado qué era el humanismo, para qué
servía. He llegado a pensar, incluso, que no servía para nada, que
era un fracaso para el progreso el hecho de que alguien estuviese haciendo
una tesis doctoral sobre la civilización mesopotámica cuando podría
tratar de contribuir en la lucha contra el cáncer habiendo estudiado
medicina. He seguido caracoleando mucho tiempo alrededor de este
pensamiento, porque yo soy humanista por naturaleza, no soporto los
números, me aburren, me parecen rutinarios -aunque no lo son en
absoluto, hay algunos aspectos que encuentro fascinantes, pero nunca los he dado en la escuela-. No puedo, yo necesito tener mi pensamiento siempre a mil
revoluciones, caminar constantemente al borde del delirio. Necesito
cine, teatro, música, literatura, política, debate, conversación.
Pero hay también otra parte de mí que necesita devolver la
racionalidad al mundo, para evitar que me caiga en ese precipicio en
el que estoy constantemente haciendo equilibrios. Mis dos partes
batallan constantemente por llevar la iniciativa a cada instante en
que vivo, una batalla cruenta y feroz, como la que en El lobo
estepario mantienen la parte humana y la parte animal de Harry Haller. Me da
rabia, por ejemplo, tener tanta fe y no poder creer en Dios. Me da
rabia poder escribir lo que pienso con tanta facilidad y saber que
nunca voy a salvar una vida apretando las teclas de un ordenador. Me
da rabia, incluso, estar en medio de una discusión política,
defendiendo una posición concreta, y darme cuenta mientras hablo de
que en realidad no se nada. De que hay infinitas posibilidades de que
esté total y absolutamente equivocado.
Pero
soy humanista, por fin lo he aceptado. Cuando en cuarto de la ESO me
obligaron a elegir entre ciencias o letras y yo, basándome
únicamente en mi expediente y en la diferente reputación social que
tenía cada uno de esos dos caminos, elegí ciencias... desde luego
que entonces no tenía ni idea de lo que yo era. Y por supuesto que
era humanista, ya lo era desde hacía mucho tiempo, lo que pasa es
que no tenía ni idea de lo que eso significaba. Porque nadie me lo
había explicado nunca. Qué cojones, yo quería hacer latín y
biología, y cuando me dijeron que eso no podía ser no tenía ni
pajolera idea de por qué tenía que ser así. Pero así tenía
que ser.
El
caso es que, una vez que he aceptado mi humilde condición, mi cabeza
necesita encontrar una serie de respuestas a ciertas cuestiones que
mi mente ha ido aplazando justificándose en el hecho de que todavía
era demasiado joven como para encontrarme a mí mismo (de hecho,
nunca dejamos de serlo) o como para articular un pensamiento
concreto. Algunas preguntas siguen ondeando mi mente y por el momento
no pretendo encontrar las respuestas. Otras, como la que hoy formulo,
se me descifran por casualidad. Así como Juan Palomo, yo me lo
guiso, yo me lo como. Y luego lo escribo pa' que os lo comáis
vosotros.
Lo
más sorprendente de toda esta historia, o quizás lo más
previsible, es que no fue un profundo razonamiento, fruto de una
lectura concienzuda, lo que me dio la respuesta, sino que ésta vino
desde el propio delirio irracional, desde mi otra parte (ahora entiendo la dialéctica platónica), la que
aflora al cerrar los ojos -apagar el mundo- y escuchar una canción.
Ésta canción. No es una pieza de Bach ni unos versos de Víctor
Jara, es la banda sonora de una peli de Tarantino. En fin, cosas que
tiene la vida. Por favor, seguid leyendo mientras la escucháis de
fondo. A lo mejor todo esto es una tontería, una cavilación
pretenciosa y fantasiosa. Es probable, de hecho, hay una parte de mí
que no deja de repetírmelo, una y otra vez. Pero no la voy a
escuchar. Hoy, por lo menos, no.
La
canción habla de un grupo de músicos y un anciano. El anciano -el
fantástico músico Gheorghe Zamfir- toca una zampoña rumana, un
instrumento que encuentra sus orígenes en los altiplanos andinos, y
que los indígenas tocaban en sus rituales y en sus celebraciones.
Por detrás de él toda una orquesta de músicos con instrumentos de
viento y de cuerda, forman la masa de sonido que ejerce de base y
fondo. Una orquesta previamente pensada y diseñada instrumento por
instrumento, nota por nota, para alcanzar la exquisitez armónica.
Pero, y a pesar de la complejidad de la composición, sobresale por
encima de cualquier otro sonido la zampoña. Destaca porque denota
individualidad propia, identidad al margen del colectivo, autoestima
y personalidad. Y libertad. Sobretodo libertad. Ese instrumento se
diferencia del resto porque sus notas fluyen totalmente a través del
ambiente, como si fuesen un hilillo de humo ondulando, bailando con el viento.
La zampoña no ha necesitado un complejo proceso para crearse. Se ha
hecho a partir del tallo de las plantas, ha nacido y se ha germinado
en la propia naturaleza, y sólo ha necesitado unas manos desnudas
para su elaboración. No ha necesitado más, ni adornos, ni aderezos
formales, ni disfraces, ni siquiera un espejo donde mirarse y donde
compararse con otros instrumentos. El sonido
fluye por sí solo sin la ayuda de nadie. Y fluye porque es
auténtico, porque es cercano a la naturaleza, es sencillo. Y,
sobretodo, porque tiene unas manos extraordinarias que lo emplean.
Porque un maestro ha tallado el instrumento, lo ha domado con destreza y ha
perfeccionado su técnica a través de los años. Esa zampoña es la
que otorga belleza real a la composición. Es culpable de las
lágrimas del público: es portadora de los sentimientos, de los
arrebatos del alma, los anhelos que se desprenden de los ideales. Y
es culpable, y es el sentido propio de la vida. La esencia de la vida
sólo se puede captar a través de un viaje de las emociones. Un
viaje que nos permita volar alto y despojarnos de todo tipo de
imperativo o necesidad que no derive de nuestra propia voluntad. Un
viaje que nos permita quitarnos el peso de la armadura de esta
fatigosa sociedad que impide al individuo caminar y ser libre, y que
lo encierra dentro de una rutina, de una apariencia que “debemos
mantener”, de unos objetivos que “debemos cumplir”, pero que
nosotros no tenemos la potestad de decidir, porque hemos nacido en
este sistema y en él vamos a morir. No se puede encarar la vida
desde una perspectiva puramente científica y racional, porque
entonces nos estamos esclavizando totalmente, nos estamos programando
y mecanizando dentro de unos parámetros y unas leyes fijadas, nos
estamos cortando las alas, estamos poniéndonos barrotes a nosotros
mismos. Una sociedad que desprecia el humanismo y lo relega a una
categoría menor, lo asocia a un tipo de conocimiento “accesorio”,
pero realmente “innecesario”, puesto que no se adapta a los
parámetros de lo “económico”, de lo “productivo”... es una
sociedad que no tiene identidad ninguna, es una sociedad llamada a
morir desde el principio, es una sociedad decadente, sin esperanza,
sin perspectiva, condenada al fracaso desde el mismo momento en que
se ha forjado.
Todos
los animales saben optimizar sus recursos. El humano no es el ser
racional. Todos los animales son racionales. Ningún animal ve un
hondo precipicio y siente el brutal impulso de saltarlo, porque es
racional y sabe que saltar le conllevará la muerte. El humano sí
siente ese impulso. El humano, cuando se encuentra en una tesitura
que lo lleva al borde del irracionalidad, es capaz de saltar. Y no
estoy hablando de suicidio, que es una decisión que ha sido
analizada en base a parámetros racionales. Estoy hablando de ver
belleza donde otros ven rocas, de ver camino donde otros ven
distancia, de ver vida donde otros ven muerte. Estoy hablando de
locura...
Parte
de ese impulso que nos puede llevar a saltar un precipicio es el que
da al pintor el coraje para dar la primera pincelada al lienzo. O lo
que lleva al poeta a empuñar la pluma sobre el papiro y dar rienda
suelta a su pensamiento, dejándolo fluir. Pero es también el
impulso que lleva a los grandes filósofos a figurarse cuestiones
acerca del origen de nuestra existencia. Impulso que recogen los
científicos para tratar de resolver esas cuestiones a a través de
formulaciones teóricas. Impulso por el cual nos invaden los temores
en la soledad de una habitación vacía, sin ningún peligro que nos
aceche, cuando entendemos y nos maravillamos de lo profundamente
insignificante que es nuestra existencia a ojos del universo. Somos
seres artísticos, creativos, profundamente humanistas. El homínido
que se acercó a esa llamarada candente que prendía de un árbol
tras una intensa tormenta y decidió tomar una rama y contagiar esa
vehemencia corpórea a otro cuerpo no lo hacía preso de un
pensamiento racional, porque el pensamiento racional le hubiese
dictado huir, marcharse lejos del peligro. Algo inmerso dentro de lo
más profundo de su consciencia le decía que tenía que acercarse al
fuego, aunque no sabía todavía por qué, ni para qué, ni qué
sentido tenía hacerlo. No hubo una valoración previa de la
actuación, de sus posibles consecuencias, o del rédito económico
que le pudiese proporcionar. Es nuestra creatividad lo que nos
permite avanzar, y la creatividad no es más que dar luz a una pizca
dosificada de esa locura interior que nos azota constantemente. No
estoy diciendo no a la ciencia. No estoy diciendo no a la tecnología,
no estoy diciendo no a la economía. La ciencia, la tecnología y la
economía son mis amigas. Y son mis peores enemigas. Quienes hoy son
los dueños del mundo nos imponen un sistema educativo que separa el
humanismo de estas tres cosas, como si fuesen antagónicas, cuando en
realidad no son sino dos partes de una misma moneda, que se necesitan
la una a la otra para subsistir. Humanismo debe de ser el hilo que
teje nuestro entramado económico, científico-tecnológico y cultural. Debe
hacerlo, para no permitir que estos tres se alejen demasiado de
nosotros. Política es el resultado de esta ecuación, aunque la
política del siglo XXI tiene poco que ver con ésto que he descrito.
Humanismo es el arte de ser humanos. Cuando la economía se diseña
para hacernos perseguir el dinero, entonces nos está empujando a
perseguir algo que no es, por definición, parte de nosotros, algo
que no es naturaleza, algo que no es humano. También se aleja de
nuestros propios orígenes la tecnología que se diseña para matar,
o la cultura que justifica los principios ideados por los intereses
de unas élites, la cultura que aplasta y limita nuestra voluntad
colectiva, nuestro deseo de saltar. Nadie es dueño de nuestras
propias necesidades, nadie tiene legitimidad para dictarnos qué es
lo queremos y qué es lo que necesitamos, porque somos seres dotados
con el hermoso regalo de la consciencia. Hay que ser humanista para
entenderlo. Hay que atreverse a pensar, para empezar a vivir.
És del millor que t'he llegit Blai. Sincer i visceral.
ResponderEliminarCompletament d'acord.
Eliminarun artículo feliz y al mismo tiempo triste
ResponderEliminarBien hecho Blai!