He empezado mi andadura
en The Newsblog en medio de una amalgama mental que ha dado lugar a
dos artículos en los que, torpemente, divagaba acerca de cuestiones
tan existenciales como el humanismo o la naturaleza del ser humano.
Tras una semana de descanso me he relajado un poco y he vuelto con
otra cuestión, pero esta vez mucho más terrenal y enfocada al mundo
del periodismo. Es una de esas preguntas que vienen a mi cabeza
semanalmente, concretamente los domingos por la noche, tras echar una
ojeada a esa caldera en ebullición que es Twitter mientras veo El objetivo. Luego
se me va de la cabeza, pero esta vez he tratado de recogerla para
intentar responderla en este artículo. Y bien, la pregunta es:
¿Por
qué todo el mundo odia a Ana Pastor? (Vale, sí, la pregunta es el título, pero había que mantener un poco el suspense)
No,
en serio, a ver. Cierto que tiene tantos detractores como defensores,
sobretodo desde su llegada a La Sexta, pero lo cierto es que no deja
indiferente a nadie. Lo que fundamentalmente se critica de ella es su
forma de hacer entrevistas, que causa recelo tanto en la derecha como
en la izquierda. De la derecha se puede entender este odio, debido a
la cadena para la que trabaja y por su pensamiento ideológico. Pero
hay un amplio sector de la izquierda al que también les resulta
insoportable, y no pueden aguantar más de diez minutos de entrevista
sin ponerse histéricos. Estoy seguro de que muchos de los lectores,
cualquiera que sea su perfil ideológico, se van a sentir
identificados con esto que estoy diciendo.
¿Por
qué una simple periodista causa tanto debate por el simple hecho de
hacer su trabajo? Veamos cuales son las principales críticas que
recibe.
De Ana se dice que interrumpe constantemente a los invitados y no les deja hablar, que quiere ser protagonista en todas sus entrevistas. ¿Es eso malo? En absoluto. Hace bien. Hay dos tipos de entrevistas. Están las entrevistas atemporales, de tipo artístico, cultural o bien a figuras de autoridad que, más allá del interés general, tienen una serie de valores de carácter constructivo y productivo que aportar a través de su testimonio. En este tipo de entrevistas, el protagonismo del entrevistado debe ser total. Ahora bien, en las entrevistas de tipo político que tienen una demanda temporal, el periodista debe intervenir constantemente para mediar el tono discursivo y evitar que la entrevista se convierta en un mitin o en un alegato, por mucho que los designios del entrevistado sean más o menos legítimos. Ana Pastor es una especialista en el segundo tipo de entrevistas —mucho más difíciles—, pero también es capaz de cambiar el tono y darle las riendas al entrevistado cuando la situación lo requiere (como ocurre en el último programa con la entrevista a Malala).
De
Ana Pastor también se dice que da la sensación de que las preguntas
que transmite no corresponden a su pensamiento, sino que lo que trata
es de trasladar cuestiones que 'se supone' la gente se pregunta. Esto
hace que muchas personas se alarmen ante ciertas cuestiones que se
atreve a realizar y que, dicen, “la dejan en evidencia”. Ejemplo
reciente de ello lo tenemos en la última entrevista a Ada Colau,
donde al hablar de la desobediencia civil comparó el dejar de pagar
el IVI con la lucha por derechos fundamentales como la vivienda o la
autodeterminación de los pueblos. El
planteamiento de Ana Pastor es, efectivamente, bastante pobre, pero
no deja de ser uno de los argumentos usualmente utilizados por una
amplia mayoría de la población cuando se pone este debate sobre la
mesa. El periodista, en tanto que ejerce como portavoz del ciudadano,
tiene la obligación de trasladar ese tipo de cuestiones si están
presentes en la calle. Esto es, de hecho, más que un ataque, una
oportunidad para el entrevistado, que a través de su argumentación
va a poder desmentir ciertos tópicos arraigados al ideario popular.
Ana no queda como una estúpida, Ana pregunta, allá cada cual que se
identifique con el discurso que quiera.
Lo
que en realidad ocurre es que para el ciudadano de izquierdas
resulta muy frustrante ver como una periodista que, supone, tiene una
idea de sociedad similar a la suya, construya una entrevista capaz de
atentar contra esa idea de sociedad. Es decir, si una periodista
etiquetada como de izquierdas —ya no Ana Pastor, sino cualquiera— consigue dejar en evidencia a Pablo Iglesias o a Alberto Garzón en
una entrevista, esto le genera una frustración porque piensa que esa
entrevista va a tener una repercusión real que afecta negativamente
a su idea de sociedad. Que eso lo haga un periodista de derechas,
fastidia, pero al menos podrá recurrir a la excusa de la
manipulación informativa que surge de la injerencia de los poderes
fácticos en los grupos mediáticos. Que lo haga una periodista de
izquierdas, sin embargo, le romperá los moldes completamente.
¿Cuál
es la raíz del problema? Nada más ni nada menos que una concepción
absolutamente equivocada del periodismo. Periodismo NO ES una
herramienta de cambio social. Periodismo ES un instrumento de control
de los poderes públicos. A mí también me atrae pensar en el hecho
de que el periodismo actúe de un modo tal que consiga cambiar el
pensamiento de la gente y llevar un gobierno de izquierdas al frente
de nuestro país. Pero ese es un pensamiento peligrosamente
interesado y que linda demasiado cerca de la propaganda política
característica de los regímenes autoritarios. Los periodistas, aún
en una situación de crisis del sistema dramática como la que
estamos viviendo, no deben olvidar nunca su función, ni aunque sea
momentáneamente. El cambio social lo deben mover otros agentes.
Prefiero pensar que si
todos los periodistas fueran como Ana Pastor, si el periodismo
estuviera poblado realmente por periodistas y no por conductores de
la opinión pública, la sociedad tendría la madurez suficiente para
despertar, y al pensar por sí misma, los resultados electorales se
acercarían más a aquellos que corresponden con el interés general
de la población. Pero el panorama mediático español está hoy
controlado por esos mediadores de la opinión pública que son los
bancos y las grandes empresas, y que tienen en sus lacayos portavoces
a los periodistas. Mientras eso no cambie, y mientras que los
españoles no seamos capaces de adquirir nuevos hábitos de consumo
informativo que se alejen todo lo posible de los medios
tradicionales, el cambio político no llegará nunca. No el 20-D, a
tenor de las encuestas. De eso no me cabe ninguna duda.
Blai eres un genio.
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