La
política es una cosa complicada, amigos. Nada es nunca como parece, siempre
detrás de los hechos hay intereses ocultos y una serie de relación de causas y
consecuencias que se van dando a lo largo de la línea temporal hasta perpetrar
este hecho. La lucha por el poder es una lucha donde no existe la honradez ni
la moral, es una lucha para nada elegante, plagada de traiciones, enredos,
promesas incumplidas, injusticia, castigo y muerte. Se nos dice que la lucha
por el poder es la lucha entre los demócratas y los enemigos de la democracia, pero a veces esta
batalla poco tiene que ver con lo que debería ser e históricamente ha sido, que
es el enfrentamiento entre el pueblo oprimido y la clase opresora.
La
política es algo que nos incumbe a todos y por tanto debería ser
responsabilidad de todos tomar consciencia de en qué medida ésta nos afecta y
qué podemos hacer nosotros por mejorarla. La política se organiza en diversos
niveles y cada uno de ellos tiene también una importancia directa en nosotros
mismos. Yo hasta hace poco era un apolítico del Whatsapp. Vivía tranquilo en
mis grupos de Whatsapp, ajeno a lo que en ellos pasara, aferrado a mi posición
de comodidad y echando la vista a otro lado frente a las injusticias que en
estos se acometían. En uno de esos grupos, llamado Copichuelas, había un solo
administrador, llamemosle Señor G, que gobernaba de la forma más feroz y
autoritaria que os podáis imaginar. Son tales las atrocidades que cometió en el
ejercicio de su cargo que todavía me cuesta retener las lágrimas de rabia cada
vez que recuerdo alguno de los episodios acaecidos en aquella oscura etapa. Un
día, por tanto, el pueblo se levantó en contra del opresor y yo lideré la
insurrección con la creación de un nuevo grupo, con los mismos componentes, que
iba a sustituir al antiguo. El grupo pasó a llamarse República Copichueliana, y
lo administré junto con dos personas de mi confianza. La idea era crear un
nuevo grupo que creciera bajo los valores socialistas y democráticos. No
obstante, el anterior administrador no estuvo lógicamente conforme con la
revolución, e inició un proceso de boikot: la guerra había empezado.
Si en
algo debo coincidir plenamente con el revolucionario ruso León Trotski,
tristemente asesinado por las fuerzas de seguridad soviéticas, es en su
concepción de la revolución permanente, término de origen marxista. En un mundo
históricamente dominado por los intereses imperialistas y donde todos los
países tienen una altísima dependencia del capital financiero, es muy
complicado que una revolución aislada pueda sobrevivir. Es por ello que sentí
la imperiosa necesidad de llevar a cabo la revolución en otros grupos de
Whatsapp, y vi en este ambiente caldeado la oportunidad para expandirla. Toda
gran revolución comienza con un detonante, y los demás pueblos deben aprovechar
el efecto de la onda expansiva para fraguar su propio proceso de emancipación.
De no hacerlo, este efecto se irá reduciendo progresivamente hasta llegar a un
punto en que el proletariado se mimetizará de nuevo con el sistema vigente y
abandonará sus ideas de cambio. Así que inicié la estrategia para hacerme con
otro grupo que también estaba administrado por el Señor G: La Cantina.
Muy
pronto me puse a negociar con él. El que antes fue opresor ahora se tenía que
sentar a hablar con un antiguo proletario, en una posición claramente de
inferioridad. Fue como la visita de Castro a Eisenhower en 1959; no podía haber
sensación más gratificante.
El
pacto al que se llegó fue el siguiente: él me cedía la administración de La
Cantina y yo a cambio le cedía la República Copichueliana, ambos seríamos
coadministradores de ambos grupos. Firmamos, además, un pacto de no agresión
para asegurar que ninguno de los dos expulsaba al otro del grupo para quedarse
con el poder absoluto. Un acuerdo con el enemigo, pensarán algunos, pero
también Hitler y Stalin tuvieron su luna de miel en agosto de 1939, con la
firma del Pacto Ribbentrop-Mólotov. Una traición al pueblo en favor de las élites,
al más puro estilo Tsipras, pensarán otros, pero a veces los defensores de los
derechos del pueblo deben ceder en ciertos aspectos para asegurar otros.
Llámenme socialdemócrata, qué le vamos a hacer.
Pero
el terrible Señor G rompió el pacto de no agresión echándome de La República
Copichueliana a las primeras de cambio. Por suerte, los dos administradores que
había puesto reaccionaron rápidamente y le quitaron la administración del
grupo, volviéndo a dármela a mí. Pero yo me vi entonces legitimado para echar
al Señor G de La Cantina y quedarme yo sólo al frente del poder, puesto que él
había sido el primero en atacar. La estrategia del engaño acabó por tornarse en
su contra. Una gran lección democrática.
Proclamé
la República Cantinera, relaté una Constitución y abrí un proceso de elecciones
democráticas para elegir a dos nuevos administradores del grupo. Pero el tirano
Señor G, sediento de poder, no cesaba en sus intentos por recuperar el grupo, y
creó un grupo alternativo que rompía con la historia y el legado del grupo
original, vigente desde el año 2013. Unas malévolas intenciones de las que
trató de hacer partícipes a los otros miembros del grupo mediante su
sofisticada retórica. De sobra es sabido que la historia de la política es la
historia de la buena retórica: los grandes oradores son los que acaban
alzándose con el poder, más allá de sus intenciones políticas. Así, personajes
tan infames como Adolf Hitler, Ronald Reagan o Esperanza Aguirre llegaron al
poder a través de unas elecciones. A pesar de la inestabilidad, yo seguía
tratando de impulsar el proyecto democrático de la República y más del 70% de
los miembros del grupo presentaron su candidatura a administrador. No obstante,
un terrible e inesperado hecho estaba por acontecer.
Centrado
en combatir duramente a la oposición, obvié el crecimiento de otras fuerzas que
en un principio me parecieron apolíticas y, por tanto, carentes de amenaza.
Así, cometí el error de otorgar demasiado poder a una figura mediadora, el Señor
R, que aseguró estar de mi lado, pero que acabó por echarme del grupo, anular
el Proceso Constituyente y ponerse a gobernar junto con su aliado, el Señor P,
utilizando el terror como herramienta. Ocurrió del mismo modo que sucedió en la
Afganistan de los años 80, cuando yanquis y comunistas se peleaban por el
territorio obviando un problema que se estaba germinando y que hoy representa
una gran amenaza internacional: el yihadismo. Igual que los talibanes se
quedaron con Afganistan, el terrorismo de extrema derecha se quedaba con la
República. Yo había sido exiliado, pero se hacía absolutamente necesario un
Pacto de Estado para combatir el terrorismo. Como el que firmaron Rajoy y Pedro
Sánchez tras los atentados de Charlie Hebdo, pero en plan serio. En seguida me puse en contacto con
el Señor G para valorar qué acuerdo podíamos alcanzar. Paralelamente había
acordado una reunión con el líder de los terroristas, el Señor R. Cierto que no
es muy elegante lo de negociar con terroristas, pero a veces esta es la única
posibilidad de hacer política. Hay precedentes: Zapatero negoció con ETA
durante su segunda legislatura y todavía hoy continúan abiertos los diálogos
entre el gobierno colombiano de Juan Manuel Santos y las FARC.
Acordé
a corto plazo el fin de mi exilio, pero ¿cuál fue mi sorpresa al volver? El
líder terrorista había ejecutado a su aliado y ahora gobernaba junto con el
Señor G. Tal y como sospechaba, el poder y el terrorismo habían mantenido
conexiones desde el principio para echarme del poder. Al-Qaeda, Ansar al-Sharia, Daesh ¿Les suenan de algo los nombres? Efectivamente, lo
sucedido en mi hermosa república no es un ejemplo aislado y hasta en la propia
España el gobierno de Felipe González financió un grupo terrorista para
combatir a ETA, como bien ustedes recordarán.
La
nueva dictadura era un absoluto caos. Se había anulado la Constitución, se
canceló el proceso electoral y no había libertad de expresión: me expulsaron
sólo por haber tildado una medida de populista.
Pero
si algo me daba fuerza en estos momentos tan duros, es saber que yo no era el
único castigado por luchar por la paz, la libertad de expresión y el derecho de
autodeterminación de los pueblos. Antes estuvieron en la cárcel Mahatma Gandhi,
Nelson Mandela y Martin Luther King. Uno de los referentes políticos de nuestro
tiempo, José Mujica, también tuvo que pasar un tiempo por la cárcel para
finalmente acabar convirtiéndose en uno de los presidentes latinoamericanos que
más admiración han despertado y que ha conseguido poner de acuerdo tanto a la
derecha como a la izquierda mediática. Arnaldo Otegi pondrá fin a su estancia
en prisión en la primavera de 2016 y podría ser lehendakari antes de terminar
ese año.
Consciente
de que el Pacto de Estado no se iba a poder dar, reemprendí la estrategia de la
negociación. La vía que utilicé fue la de ayudar al Señor R a hacerse una
cuenta en Amazon a cambio de mi retorno al poder. Una cuenta que probablemente
utilizará para comprar plutonio y armamento nuclear. Algunos me acusarán de colaborar
con las actividades terroristas, quizás. Pero oigan, si España vende armas al
régimen saudí y no se le considera colaborador del yihadismo, uno se siente
legitimado para tomar cualquier medida que entre dentro de la legalidad
vigente. De este modo, volví a ser administrador y Líder Supremo de la
República.
Una
vez retomada mi posesión del cargo y visto el fracaso de la anterior
experiencia democrática decidí cambiar totalmente la estrategia de gobierno. No
he sido yo el primero en darme cuenta de que la democracia no funciona. Ya lo
dijo Platón allá por el S. IV a. C. y ahora estaba yo dispuesto a gobernar
siguiendo los postulados de la aristocracia platónica, o gobierno de los sabios, tal y como él la llamaba. Suspendí las
elecciones que estaban pendientes y puse como administrador a una persona de mi
confianza. Reimplanté la Constitución, pero declaré de inmediato el Estado de
Emergencia y quedaron suspendidas las garantías constitucionales. Era
consciente de que para mantener la estabilidad del grupo debía gobernar con
mano de hierro, del mismo modo que empleó Otto Von Bismarck para defender el II Reich o Robespierre para salvar el ideal revolucionario.
Y
hasta aquí llega la historia. Ahora reina la concordia en las dos Repúblicas y
se avecinan tiempos de paz y prosperidad. He aprendido muchas cosas de esta, mi
primera incursión política. Ustedes también, espero, hayan aprendido mucho de
este relato. Como que la lucha por el poder es una batalla turbia y repleta de
engaños, donde no existe la ética ni el honor, como que el relato que nos
transmite la clase política nunca coincide con la realidad que existe detrás.
Como que el pueblo que cree, convencido, tener la soberanía, no adquiere
significado ninguno en esta lucha. Pero ante todo y por sobre de todas las
cosas, tengan presente una lección: si alguna vez ven mi nombre impreso en una
papeleta electoral…
¡¡¡¡No cometan la locura de votarme!!!!
Dedicat a tots els membres de la República Cantinera y la República
Copichueliana




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