29 de noviembre de 2015

De cómo me convertí en el líder de dos repúblicas


La política es una cosa complicada, amigos. Nada es nunca como parece, siempre detrás de los hechos hay intereses ocultos y una serie de relación de causas y consecuencias que se van dando a lo largo de la línea temporal hasta perpetrar este hecho. La lucha por el poder es una lucha donde no existe la honradez ni la moral, es una lucha para nada elegante, plagada de traiciones, enredos, promesas incumplidas, injusticia, castigo y muerte. Se nos dice que la lucha por el poder es la lucha entre los demócratas y los enemigos de la democracia, pero a veces esta batalla poco tiene que ver con lo que debería ser e históricamente ha sido, que es el enfrentamiento entre el pueblo oprimido y la clase opresora.

La política es algo que nos incumbe a todos y por tanto debería ser responsabilidad de todos tomar consciencia de en qué medida ésta nos afecta y qué podemos hacer nosotros por mejorarla. La política se organiza en diversos niveles y cada uno de ellos tiene también una importancia directa en nosotros mismos. Yo hasta hace poco era un apolítico del Whatsapp. Vivía tranquilo en mis grupos de Whatsapp, ajeno a lo que en ellos pasara, aferrado a mi posición de comodidad y echando la vista a otro lado frente a las injusticias que en estos se acometían. En uno de esos grupos, llamado Copichuelas, había un solo administrador, llamemosle Señor G, que gobernaba de la forma más feroz y autoritaria que os podáis imaginar. Son tales las atrocidades que cometió en el ejercicio de su cargo que todavía me cuesta retener las lágrimas de rabia cada vez que recuerdo alguno de los episodios acaecidos en aquella oscura etapa. Un día, por tanto, el pueblo se levantó en contra del opresor y yo lideré la insurrección con la creación de un nuevo grupo, con los mismos componentes, que iba a sustituir al antiguo. El grupo pasó a llamarse República Copichueliana, y lo administré junto con dos personas de mi confianza. La idea era crear un nuevo grupo que creciera bajo los valores socialistas y democráticos. No obstante, el anterior administrador no estuvo lógicamente conforme con la revolución, e inició un proceso de boikot: la guerra había empezado.



Si en algo debo coincidir plenamente con el revolucionario ruso León Trotski, tristemente asesinado por las fuerzas de seguridad soviéticas, es en su concepción de la revolución permanente, término de origen marxista. En un mundo históricamente dominado por los intereses imperialistas y donde todos los países tienen una altísima dependencia del capital financiero, es muy complicado que una revolución aislada pueda sobrevivir. Es por ello que sentí la imperiosa necesidad de llevar a cabo la revolución en otros grupos de Whatsapp, y vi en este ambiente caldeado la oportunidad para expandirla. Toda gran revolución comienza con un detonante, y los demás pueblos deben aprovechar el efecto de la onda expansiva para fraguar su propio proceso de emancipación. De no hacerlo, este efecto se irá reduciendo progresivamente hasta llegar a un punto en que el proletariado se mimetizará de nuevo con el sistema vigente y abandonará sus ideas de cambio. Así que inicié la estrategia para hacerme con otro grupo que también estaba administrado por el Señor G: La Cantina.
Muy pronto me puse a negociar con él. El que antes fue opresor ahora se tenía que sentar a hablar con un antiguo proletario, en una posición claramente de inferioridad. Fue como la visita de Castro a Eisenhower en 1959; no podía haber sensación más gratificante.

El pacto al que se llegó fue el siguiente: él me cedía la administración de La Cantina y yo a cambio le cedía la República Copichueliana, ambos seríamos coadministradores de ambos grupos. Firmamos, además, un pacto de no agresión para asegurar que ninguno de los dos expulsaba al otro del grupo para quedarse con el poder absoluto. Un acuerdo con el enemigo, pensarán algunos, pero también Hitler y Stalin tuvieron su luna de miel en agosto de 1939, con la firma del Pacto Ribbentrop-Mólotov. Una traición al pueblo en favor de las élites, al más puro estilo Tsipras, pensarán otros, pero a veces los defensores de los derechos del pueblo deben ceder en ciertos aspectos para asegurar otros. Llámenme socialdemócrata, qué le vamos a hacer.
Pero el terrible Señor G rompió el pacto de no agresión echándome de La República Copichueliana a las primeras de cambio. Por suerte, los dos administradores que había puesto reaccionaron rápidamente y le quitaron la administración del grupo, volviéndo a dármela a mí. Pero yo me vi entonces legitimado para echar al Señor G de La Cantina y quedarme yo sólo al frente del poder, puesto que él había sido el primero en atacar. La estrategia del engaño acabó por tornarse en su contra. Una gran lección democrática.





Proclamé la República Cantinera, relaté una Constitución y abrí un proceso de elecciones democráticas para elegir a dos nuevos administradores del grupo. Pero el tirano Señor G, sediento de poder, no cesaba en sus intentos por recuperar el grupo, y creó un grupo alternativo que rompía con la historia y el legado del grupo original, vigente desde el año 2013. Unas malévolas intenciones de las que trató de hacer partícipes a los otros miembros del grupo mediante su sofisticada retórica. De sobra es sabido que la historia de la política es la historia de la buena retórica: los grandes oradores son los que acaban alzándose con el poder, más allá de sus intenciones políticas. Así, personajes tan infames como Adolf Hitler, Ronald Reagan o Esperanza Aguirre llegaron al poder a través de unas elecciones. A pesar de la inestabilidad, yo seguía tratando de impulsar el proyecto democrático de la República y más del 70% de los miembros del grupo presentaron su candidatura a administrador. No obstante, un terrible e inesperado hecho estaba por acontecer.
Centrado en combatir duramente a la oposición, obvié el crecimiento de otras fuerzas que en un principio me parecieron apolíticas y, por tanto, carentes de amenaza. Así, cometí el error de otorgar demasiado poder a una figura mediadora, el Señor R, que aseguró estar de mi lado, pero que acabó por echarme del grupo, anular el Proceso Constituyente y ponerse a gobernar junto con su aliado, el Señor P, utilizando el terror como herramienta. Ocurrió del mismo modo que sucedió en la Afganistan de los años 80, cuando yanquis y comunistas se peleaban por el territorio obviando un problema que se estaba germinando y que hoy representa una gran amenaza internacional: el yihadismo. Igual que los talibanes se quedaron con Afganistan, el terrorismo de extrema derecha se quedaba con la República. Yo había sido exiliado, pero se hacía absolutamente necesario un Pacto de Estado para combatir el terrorismo. Como el que firmaron Rajoy y Pedro Sánchez tras los atentados de Charlie Hebdo, pero en plan serio. En seguida me puse en contacto con el Señor G para valorar qué acuerdo podíamos alcanzar. Paralelamente había acordado una reunión con el líder de los terroristas, el Señor R. Cierto que no es muy elegante lo de negociar con terroristas, pero a veces esta es la única posibilidad de hacer política. Hay precedentes: Zapatero negoció con ETA durante su segunda legislatura y todavía hoy continúan abiertos los diálogos entre el gobierno colombiano de Juan Manuel Santos y las FARC.
Acordé a corto plazo el fin de mi exilio, pero ¿cuál fue mi sorpresa al volver? El líder terrorista había ejecutado a su aliado y ahora gobernaba junto con el Señor G. Tal y como sospechaba, el poder y el terrorismo habían mantenido conexiones desde el principio para echarme del poder. Al-Qaeda, Ansar al-Sharia, Daesh ¿Les suenan de algo los nombres? Efectivamente, lo sucedido en mi hermosa república no es un ejemplo aislado y hasta en la propia España el gobierno de Felipe González financió un grupo terrorista para combatir a ETA, como bien ustedes recordarán.
La nueva dictadura era un absoluto caos. Se había anulado la Constitución, se canceló el proceso electoral y no había libertad de expresión: me expulsaron sólo por haber tildado una medida de populista.



Pero si algo me daba fuerza en estos momentos tan duros, es saber que yo no era el único castigado por luchar por la paz, la libertad de expresión y el derecho de autodeterminación de los pueblos. Antes estuvieron en la cárcel Mahatma Gandhi, Nelson Mandela y Martin Luther King. Uno de los referentes políticos de nuestro tiempo, José Mujica, también tuvo que pasar un tiempo por la cárcel para finalmente acabar convirtiéndose en uno de los presidentes latinoamericanos que más admiración han despertado y que ha conseguido poner de acuerdo tanto a la derecha como a la izquierda mediática. Arnaldo Otegi pondrá fin a su estancia en prisión en la primavera de 2016 y podría ser lehendakari antes de terminar ese año.
Consciente de que el Pacto de Estado no se iba a poder dar, reemprendí la estrategia de la negociación. La vía que utilicé fue la de ayudar al Señor R a hacerse una cuenta en Amazon a cambio de mi retorno al poder. Una cuenta que probablemente utilizará para comprar plutonio y armamento nuclear. Algunos me acusarán de colaborar con las actividades terroristas, quizás. Pero oigan, si España vende armas al régimen saudí y no se le considera colaborador del yihadismo, uno se siente legitimado para tomar cualquier medida que entre dentro de la legalidad vigente. De este modo, volví a ser administrador y Líder Supremo de la República.

Una vez retomada mi posesión del cargo y visto el fracaso de la anterior experiencia democrática decidí cambiar totalmente la estrategia de gobierno. No he sido yo el primero en darme cuenta de que la democracia no funciona. Ya lo dijo Platón allá por el S. IV a. C. y ahora estaba yo dispuesto a gobernar siguiendo los postulados de la aristocracia platónica, o gobierno de los sabios, tal y como él la llamaba. Suspendí las elecciones que estaban pendientes y puse como administrador a una persona de mi confianza. Reimplanté la Constitución, pero declaré de inmediato el Estado de Emergencia y quedaron suspendidas las garantías constitucionales. Era consciente de que para mantener la estabilidad del grupo debía gobernar con mano de hierro, del mismo modo que empleó Otto Von Bismarck para defender el II Reich o Robespierre para salvar el ideal revolucionario.

Y hasta aquí llega la historia. Ahora reina la concordia en las dos Repúblicas y se avecinan tiempos de paz y prosperidad. He aprendido muchas cosas de esta, mi primera incursión política. Ustedes también, espero, hayan aprendido mucho de este relato. Como que la lucha por el poder es una batalla turbia y repleta de engaños, donde no existe la ética ni el honor, como que el relato que nos transmite la clase política nunca coincide con la realidad que existe detrás. Como que el pueblo que cree, convencido, tener la soberanía, no adquiere significado ninguno en esta lucha. Pero ante todo y por sobre de todas las cosas, tengan presente una lección: si alguna vez ven mi nombre impreso en una papeleta electoral…

¡¡¡¡No cometan la locura de votarme!!!!





Dedicat a tots els membres de la República Cantinera y la República Copichueliana


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